Historia de un anarquista

Primera parte: El hombreEl anarquista

Nací en 1888 en Barcelona, en una de esas casas de pisos donde se hacinaban varias familias obreras para malvivir conjuntamente. Mi padre era un obrero textil de tendencias socialistas y mi madre era costurera, católica hasta la médula. No éramos pobres de los de pedir pero si de los que apenas pueden vivir. O sea, de la clase media baja, baja.

Teniendo en cuenta estas circunstancias aún ahora me sorprende que se preocuparan por mi educación, pero el caso es que lo hicieron. A los doce años saltaba a la vista que era un chico despierto, aunque algo despistado, siempre enfrascado en sus pensamientos y fantasías. Mi padre decidió que yo podía intentar salir de la miseria en la que vivían y se puso en contacto con el señor Ferrer y Guardia, el fundador de la escuela moderna, para ver que se podía hacer. Éste me puso a su servicio para limpiar y barrer la escuela, como chico de los recados, ayudante, etc. A cambio me enseñaba las cuatro reglas con severidad y abnegación pero también con algo de cariño que se adivinaba más que demostraba. Fue él quien me enseño las bases teóricas del anarquismo, él quien me quitó la venda de los ojos para que viera las injusticias sociales que nos rodeaban y lo que podría ser en realidad.

Ferrer i GuàrdiaPasó el tiempo, cumplí los 15 años y el señor Ferrer y Guardia decidió que estaba lo suficientemente capacitado para ingresar en los escolapios y adquirir una educación superior. Mi elección fue la química, la ciencia para manipular, transformar, sintetizar... aunque, bueno, supongo que al principio pensaba en ella más como algo alquímico que como la verdadera ciencia que es, pero eso nos ha pasado a todos. Así que pasé de mezclar potingues para ver que salía a calcular, ponderar, sistematizar, deducir, sintetizar y, en definitiva, formar un espíritu lógico, deductivo e inductivo al servicio de la ciencia.

Sí, la ciencia, en ella no caben los egoísmos y las mezquindades burguesas. Las ideas solas son puras pero absurdamente irrelevantes sin el apoyo del método experimental, del criterio científico. Aquí no valen las trampas, no tiene sentido falsear los resultados porque la finalidad última de toda investigación es la verdad, el conocimiento puro y duro. Cuando salí de los escolapios a los 18 años estaba lleno de ideales. Quería ser un científico de verdad, de los que sólo se dedican a la búsqueda del conocimiento. Y claro, me estrellé contra la cruda realidad material de mi falta absoluta de recursos.

Afortunadamente, mi dedicación y espíritu de trabajo habían impresionado favorablemente a mis maestros, que si bien eran curas y eclesiásticos no por ello eran menos científicos. Y es que hay que distinguir a un científico de un filósofo. Al menos el científico es sincero y lógico, consecuente por tanto con sus convicciones de una forma abierta y razonada. Muy distinto por tanto del clérigo de ideas cerradas y mente estrecha, incapaz de razonar, simple repetidor de frases y hechos de otros. Afortunadamente, decía, uno de mis profesores intercedió por mi con sus amigos capitalistas y entré a trabajar como químico en una industria textil.

No vayan a pensar que los químicos de entonces vivían y trabajaban como los de ahora. En realidad no eran más que un obrero cualificado, algo parecido a los contables, secretarios y demás chupatintas de la época. Su lugar de trabajo, el laboratorio, no era más que una habitación estrecha donde se acumulaban las retortas, matraces, probetas, tubos de ensayo, el armario con los cuatro productos químicos absolutamente indispensables y una poyata que más parecía un mostrador de una pollería que otra cosa. Y su trabajo, déjenme que me ría, no era más que una serie de pruebas repetitivas, siempre las mismas, que podría haber hecho cualquier mono con delantal. Y por si fuera poco, cuando alguna prueba salía negativa y se había de rechazar la producción de un día, pues nada, se hacía la vista gorda y se dejaba pasar. ¿Dónde estaba el científico?, ¿dónde la investigación puntera?, quien sabe, el caso es que no estaba donde yo trabajaba.

Quizás fue por eso por lo que comencé a rondar aquellas amistades tan inquietantes. Rondaba el año 1907 y la situación política era insostenible. La guerra entre la clase obrera y la patronal, entre la luz de la fuerza trabajadora y la oscuridad de los parásitos capitalistas estaba alcanzando su clímax. Me hundí en ese ambiente medio bohemio y conspirador, me sumergí en las conversaciones de café, donde pasábamos de las discusiones filosóficas a las más airadas arengas revolucionarias. Era una época en que la verdad se decía sin tapujos ni ambages, donde las cosas estaban claras, al pan, pan y al vino, vino. El sufrimiento y la injusticia eran tan grandes que no quedaban dudas acerca de la verdadera cara del prepotente empresario, del asesino militar o del intransigente y fanático cura.

No pasó mucho tiempo antes de que me integrara en un pequeño grupo de conspiradores anarquistas, con mucho espíritu pero algo inocentes. Ya os lo podéis imaginar, reuniones nocturnas en sótanos oscuros, pequeñas acciones clandestinas, el reparto de panfletos donde se abogaba por la revuelta anarquista, etc. Pero mi condición de químico me hacía especialmente útil para las organizaciones verdaderamente peligrosas. Algunas personas se pusieron en contacto conmigo para pedirme pequeños favores: algunos explosivos caseros de poca potencia, algunos productos químicos difíciles de conseguir, etc. Al final, poco a poco, me fui haciendo un experto en la fabricación de explosivos de forma que en no pocas ocasiones me veía a mi mismo sonriendo subrepticiamente ante la noticia voceada por los vendedores de periódicos, al reconocer el origen de algún explosivo. Sentía un extraño y sin duda malsano placer al saberme responsable de tal o cual estropicio acallando fácilmente a mi conciencia cuando habían víctimas inocentes pensando "es por la causa", o "no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos" y toda esa clase de cosas.

La semana trágica

Y por fin llegó la tan esperada revolución. Era el año 1909 y la cosa estalló porque unas cuantas madres protestaran para intentar evitar que sus hijos fueran a la guerra de África. El motivo no es lo importante. El caso es que la gente se rebeló por fin contra toda la injusticia acumulada después de muchos años. Y nosotros, que tanto habíamos esperado ese momento, que propugnábamos cada día la revuelta armada, resulta que nos vimos totalmente propasados por la acción de la gente. Pero, esto ..., si claro, matar a los militares, este.., levantar barricadas, pero.., ¡Si ya lo está haciendo la gente normal!, la que se encuentra todos los días en las tiendas, la que lleva sus hijos al cole y todas esas cosas, la que nunca dice ni hace nada. Nos perdimos totalmente en discusiones acerca de lo que se había de hacer mientras las cosas sucedían atropelladamente a nuestro alrededor. Teníamos la revuelta armada montada y no supimos que hacer con ella.

Yo y algunos más nos unimos al montón desorganizado de la muchedumbre en lucha. Allí es donde, una noche de fuego y pólvora, vi por primera vez a Blanquet. Sin duda era de los revolucionarios de verdad, de los que actúan en primera línea y son capaces de dirigir a la gente. En el caos de la desorganización él nos guió con su fuerza y valentía suicida hasta el final. Porque claro, acabó llegando el ejército, con su artillería y sus maniobras organizadas y, a pesar de nuestra heroica y enconada resistencia en el barrio de Gracia, acabamos sucumbiendo. Entonces, cuando ya lo dábamos todo por perdido, apareció él la última noche antes del asalto final del ejército y nos dijo que todo se había acabado y que era hora de huir para poder luchar más adelante. Que sabía una forma de huir pero que sólo nos podía llevar a nosotros, además no podríamos decir a nadie cómo habíamos escapado. La verdad es que no estábamos nosotros para sutilezas. ¿escapar dices? Ya me tardas.

Nos llevó hasta una calle desierta y levantó una tapa de alcantarilla. Bajamos a ese submundo sucio, maloliente y asqueroso en el que él parecía moverse con toda soltura y rapidez, como si lo hubiera hecho en múltiples ocasiones. La verdad es que nos fue muy difícil seguir a su ritmo, de forma que tenía que esperarnos de tanto en tanto. Pero al final salimos por una calle más allá del cerco, se despidió de nosotros diciendo que algún día volvería para cobrarse el favor.

Y llegó la mañana siguiente. Todo había acabado y nos habíamos salvado aunque permanecimos ocultos en sitios seguros. Por la noche nos reunimos en un sitio acordado para comentar los sucesos del día. Así nos enteramos de que habían detenido a cientos de personas reuniéndolas delante del castillo de Montjuic, una de ellas mi padre que sabía seguro que no había participado en nada. Lo único que hizo de sospechoso en su vida fue pertenecer al partido socialista. Nos temíamos lo peor, creíamos que habría un fusilamiento en masa. Habíamos de hacer algo, grité... Me quedé mirando la cara de mis amigos, Juan, Jorge y Jaime. Aún recuerdo su expresión. ¡Estaban esperando que les dijera qué tenían que hacer!. De repente me di cuenta que éramos los únicos supervivientes del pequeño grupo anarquista y que me había convertido sin querer en su jefe. Pero no era momento de dudas, si querían un jefe tendrían un jefe. Lo que fuera con tal de actuar.

Rápidamente pensé en un plan. Sabíamos que los detenidos estaban en la explanada frente a la entrada del castillo, vigilados por algunos guardias armados. Si conseguíamos distraerles para que fueran al otro extremo quizás un pequeño grupo podría escapar aprovechando la confusión por la ladera de la montaña. Preparé una bomba de tiempo lo suficientemente potente para que el ruido hiciera temblar las paredes del castillo. Mientras yo colocaba la bomba para que estallase en el lado opuesto del castillo, mis amigos, armados con pequeñas bombas de humo arrojadizas, alentarían a los prisioneros para que aprovecharan la ocasión.

Y así lo hicimos. Preparé la bomba y la deposité con cuidado en el foso del castillo, justo en el lado opuesto donde estaban retenidos los prisioneros. Me alejé rápidamente y, cuando estalló yo ya estaba a unos doscientos metros de distancia. No sabía si el plan había funcionado, sólo oí la gran explosión, gritos, disparos, más explosiones... Me alejé por la noche y acudí al refugio preestablecido.

A la mañana siguiente me enteré del resultado de la operación. Lo oí de boca de mi madre, entre gritos y gemidos, maldiciendo a los criminales terroristas. Los soldados, asustados por la explosión, habían disparado sus armas contra la muchedumbre apelotonada enfrente. Sólo habían huido diez de los detenidos y, en cambio, habían muerto cincuenta, entre ellos mi padre. Además me enteré de que los prisioneros iban a ser liberados este mismo día, que sólo los habían retenido como medida preventiva. Mi primera operación como jefe del comando anarquista fue un absoluto desastre y yo me encontraba totalmente hundido y amargado. Decidí no volver a casa nunca más y me refugié en el sótano de un bar cuyo dueño era amigo de mi padre (evidentemente nadie sabía nada acerca de mi intervención en todo el asunto, mis amigos fueron discretos, más les valía).

Esa misma noche recibí la visita de Blanquet. No lo oí entrar, estaba durmiendo y de repente me desperté. Él estaba ahí, en la oscuridad. Sus ojos brillaban de forma especial y me dijo que ya era hora de que fuera reclutado por alguien competente. Que no se podía ir por ahí haciendo las cosas de cualquier forma. Había que seguir unas directrices, obedecer un plan, tener una organización detrás que pensara y meditara las acciones para darles la potencia y efecto deseado.

Inconscientemente agradecí todos esos reproches. Necesitaba que alguien me reprendiera, además su voz era muy convincente, me gustaba su forma de decir las cosas y le admiraba en silencio. Estuve de acuerdo en hacer todo lo que me pedía. Quedamos en que mis tres amigos y yo formaríamos una célula, conmigo como jefe y él como único contacto. Como miembro de un grupo de acción revolucionario y peligroso, me prohibió participar en acciones directas sin permiso específico. Ni tan siquiera podía relacionarme con los grupos sindicales de mi empresa. Así que comencé una doble vida, de día era un ciudadano ejemplar, buen cumplidor de las normativas y del que no salía ni una palabra de reprobación contra mis superiores y de noche era un conspirador más. Quedamos en que me reuniría con él a solas una vez al mes (él me encontraría) y que nuestras funciones de momento serían meramente informativas, aunque yo debía de tener dispuestas algunas bombas a punto por si se necesitaban.

No pasó mucho tiempo antes de que mi veneración por Blanquet desapareciera. Nuestro primer roce fue a causa de Ferrer i Guardia. Éste había sido acusado injustamente de los hechos de la semana trágica (me constaba de que no había participado para nada en la revuelta). Intenté convencer a Blanquet de que había que rescatarle, que el máximo teórico del anarquismo no podía ser llevado a la picota sin que sus seguidores hicieran nada. El fusilamiento de Ferrer i GuàrdiaPero él me dijo unas palabras que aún están marcadas con sangre en mi memoria, "¿Y porqué habríamos de hacerlo?, la causa necesita mártires ...". Creo que fue en ese momento la primera vez que vislumbré las intenciones reales de Blanquet. Era una persona sin escrúpulos que luchaba por lo que en su día fue un ideal pero que ahora no era más que una forma de vida. Discutí agriamente con él pero al final me convenció aduciendo que en realidad no teníamos manera de salvarle o ¿es que no recordaba mi anterior intento de salvación?. Fue el argumento definitivo. Deje de luchar y me plegué a su voluntad, como siempre... de momento.

 

Pasó el tiempo y nuestra relación se fue normalizando. Hicimos un buen trabajo a nivel informativo ya que Jaime había instalado una pequeña imprenta que nos hacía los "trabajitos" de propaganda clandestina, Jorge se estaba introduciendo en el mundo del periodismo (aunque desde abajo) y, finalmente, Juan se había hecho un pequeño lugar en los bajos fondos como "chapero". En esto último tuve unas palabritas con él ya que no me parecía un oficio adecuado, pero la verdad es que nos era muy útil tanto por la información que obtenía como por el dinero que nos suministraba. Además me consta que trataba muy bien a sus "empleadas", como el buen anarquista que era. O sea que, todo sea por la causa y a otra cosa. Yo seguía en la empresa textil, fabricando bombas a ratos libres.

Pasaron los meses y llegó el año 1910. Blanquet vino a verme para encomendarme un trabajo especial. Dentro de dos días llegaría a Barcelona un importante cargo del gobierno. Esa persona debía morir y no tenían a nadie disponible en ese momento para tal función. O sea que, es tu momento, me dijo mirándome con esa extraña mirada suya. Me inflamé de orgullo por haber sido escogido para tan importante y delicada misión y me puse a ello con toda mi alma. Blanquet me suministró todos los detalles del recorrido en coche hasta el Ayuntamiento. Entraría por la Gran Vía hacia las 8 de la tarde, custodiado de policía en moto. Además habría parejas de la guardia civil patrullando la ruta.

Decidí hacer el trabajo personalmente sin decir nada a mis compañeros de célula. Dos horas antes de la llegada del coche ministerial me desplacé a la zona disfrazado como pude de pocero del alcantarillado (con una gabardina y un gorro de pescador). Aún recuerdo aquella tarde, hacía fresco y el cielo estaba despejado y el aire era puro. Temblaba un poco bajo mi disfraz cuando bajé a la alcantarilla debajo de la Gran Vía, por donde había de pasar el coche. Allí coloqué un dispositivo explosivo de alta potencia (varios kilos de TNT) que explotarían por un percutor el cual se accionaría mediante una larga cuerda cuyo extremo sobresalía por la boca de alcantarilla de la acera. Me puse al lado de una farola para simular que estaba arreglando algo en ella mientras observaba cómo se acercaba la comitiva. Cuando calculé que habían llegado a la posición adecuada tiré de la cuerda con lo que se produjo una enorme explosión que dejó a todo el mundo medio sordo y algo atontado.

Ya lo había hecho, aunque el humo tapaba toda la visión del coche, estaba bastante seguro de que nadie habría sobrevivido. Así que intenté alejarme subrepticiamente. Y en eso estaba cuando un guardia me gritó "He usted, quieto ahí, que estaba haciendo". "Nada, solo arreglando la farola", grité simulando estar asustado por la explosión (en realidad lo estaba pero del guardia). "Bueno, vale pero quédese ahí, quieto". La situación era desesperada y no sabía que hacer. Entonces vi que el guardia se dirigía a otra persona conminándole a quedarse quieta, como había hecho conmigo, y aproveché su descuido para salir corriendo.

Corrí como alma que persigue el diablo, y de hecho creo que así era. Oí gritos detrás mío conminándome a que parara, pero yo los ignoré y seguí corriendo. Alcancé una calle lateral e intenté llegar hasta la próxima encrucijada y perderme. Todo parecía avanzar con demasiada lentitud. Delante tenía el final de la calle y yo avanzaba dando grandes zancadas pero no llegaba hasta mi meta. De repente oí un sonido sordo y seco y noté como un gran empujón en la espalda, justo en el centro. Caí como a cámara lenta y vi cómo el suelo se acercaba más y más. De repente, me sentí flotar, el suelo se alejaba de nuevo y yo volaba hacia atrás. Mientras la negrura se iba apoderando de mi, vi a los guardias en actitud de correr hacia el sitio donde estaba, pero parecían estatuas congeladas en su movimiento. Mientras, me iba alejando, cada vez más, flotando en el vacío, hasta que, al final, me envolvió la oscuridad...

 

Segunda parte: El ghoul

Desperté en medio de una total oscuridad. Estaba tendido en una cama y me dolía terriblemente la espalda. Me llevé un brazo hacia la herida y pude comprobar que había una enorme cicatriz justo en el centro. Me levanté con esfuerzo e intenté orientarme tanteando frente a mí. En un estado de extrema debilidad avancé tropezando y me di cuenta de que estaba en una habitación sin ventanas con una única puerta. Probé el pomo y comprobé que estaba cerrada. Sin saber que hacer me tendí de nuevo en la cama dejando pasar el tiempo, intentando dormir un poco.

No sé cuanto tiempo transcurrió antes de que alguien pusiera la llave en la puerta y la abriera. A la tenue luz de una vela reconocí de inmediato la cara de mi salvador, Blanquet. En ese momento un repentino sentimiento de gratitud y admiración me poseyó con fuerza. Había arriesgado su vida para salvar la mía y me había mantenido oculto y a salvo durante ¿cuánto tiempo?. A mis débiles palabras el replicó con un sencillo "oh, eso, no es nada, no tiene importancia, por cierto, has estado tres días durmiendo". Pero yo sabía, notaba, que mi deuda con él era impagable. Me dijo que descansara y bebiera un vaso con la medicina que me traía. Era un líquido espeso y oscuro pero que tuvo sobre mi un efecto vigorizador. Al cabo de poco tiempo volví a dormirme.

Caí en un profundo sueño plagado de pesadillas. En ellas yo corría y corría en medio de un paisaje dantesco lleno de sangre, ríos de sangre que iban a parar a un mar de sangre. Rojo hasta el infinito bajo un cielo encapotado y, como una luna ensangrentada que asomaba en medio de nubes cargadas del oscuro líquido, veía la faz de Blanquet, con esa media sonrisa suya dominándolo todo mientras me hundía más y más en ese denso mar sin fondo.

Me despertaba brevemente, tan solo para tomar de nuevo un sorbo más de esa medicina. Pasaron los días mientras me recuperaba con rapidez. Después de una semana ya me podía valer por mi mismo. La herida había cicatrizado del todo y yo me encontraba mejor que nunca. A partir de ese momento empezó un nuevo período en mi vida. Después de la "prueba de fuego", como solía pensar en mi experiencia, Blanquet pasó a confiar mucho más en mi. Me dio cargos de mayor responsabilidad y, poco a poco, fui creando mis propias células que a su vez creaban las suyas en una estructura piramidal conmigo en la cúspide. Solo mucho más tarde comprendí el verdadero significado de la "confianza" de Blanquet en mí.

La lucha obreraFue un período de crecimiento y consolidación de la organización. Pasado el momento inicial de guerra abierta de los años 1901-1910, ahora se trataba de trabajar en la oscuridad, de adquirir mayores parcelas de influencia revolucionaria ya que no éramos los únicos que se disputaban la dirección del descontento de la gente. Las cosas iban bien. Los enemigos del trabajador estaban claros y sus acciones hacían que hubiera buen terreno que sembrar. Mis antiguos camaradas también habían progresado. Jaime tenía su propia editorial, pequeña pero eficiente, Jorge había llegado a ser un reportero mediocre pero que se defendía y, sobre todo, nos informaba. Y Juan, bueno, había conseguido que su, este..., negocio progresara. De hecho era el de más éxito de los tres y contribuía a la causa con interesantes sumas de dinero. Yo seguía con mi tapadera en la empresa textil y mis reuniones clandestinas con Blanquet, una vez al mes, en las que seguía suministrándome un vaso de esa extraña medicina.

Pasaron los años con esta rutina y todo parecía marchar bien, con los altibajos naturales debidos a las crisis políticas de la época, hasta que empecé a tener ciertas dudas. Me parecía evidente que me había vuelto adicto a la medicina de Blanquet. Quizás eso fuera inevitable para salvarme la vida pero, ¿porqué no me había dicho nada?. Yo lo hubiera entendido, de hecho lo consideraría lógico. Así que un día, bueno, mejor dicho, una noche (nuestras reuniones clandestinas siempre eran nocturnas) le pregunté al respecto. "¿Quieres saber que es esto?", me dijo señalándome el vaso relleno de ese líquido oscuro, "pues el mes que viene, en nuestra próxima reunión te lo mostraré". Y me dejó con esas crípticas palabras.

Supongo que entenderéis que en la siguiente reunión yo estuviera ansioso. Cuando llegó Blanquet lo primero que me extraño fue que no llevara la pequeña petaca en la que me traía la medicina. "¿Hoy no me la has traído?", pregunté algo angustiado, "Claro que si", respondió él con una sonrisa maliciosa, "La llevo conmigo". Y acto seguido se arremangó la camisa y, con una uña extraordinariamente larga y afilada, se hizo un tajo a lo largo del brazo del que empezó a manar sangre en abundancia. Llenó el vaso con su sangre y luego se lamió la herida que se cerró como por arte de magia. Me quedé estupefacto mirando con la boca abierta e intentando asimilar lo que había visto mientras él, con una sonrisa de total satisfacción, me puso el vaso enfrente diciendo: "Toma, bebe".

En esa ocasión me negué a beber, pero la necesidad era tan grande que en la próxima reunión me abalancé sobre el vaso lleno de sangre y apuré hasta la última gota sin importarme nada salvo saciar el ansia que sentía. Le pregunté el porqué de la adicción y me dijo: "es muy sencillo, soy un vampiro y tú eres adicto a mi sangre que es la que te salvó la vida y la que te ha mantenido joven como el momento en que la probaste por primera vez, o ¿es que no te habías dado cuenta de que no envejecías?". Repliqué que todo eso era absurdo, que probablemente se había drogado con algo que pasó a su sangre y que por eso yo también era adicto y que tampoco había pasado tanto tiempo, que me conservaba en forma nada más. "Muy racional, como siempre, pero cómo explicas esto", añadió mientras veía cómo se alargaban sus dientes. La verdad se impuso a cualquier explicación lógica y acabé aceptando lo increíble cuando fue la única explicación posible.

Después de esta revelación nuestra relación se afianzó aún más. Comprendí la oportunidad que se me brindaba: podíamos vivir eternamente y hacer planes a largo plazo. No teníamos porqué limitar nuestra visión a la breve existencia humana. Pero había algo que me preocupaba. "¿Qué me pasará si algo impide que me sigas dando sangre?", pregunté un día. "Mala cosa para ti, amigo", replicó, "a nadie le gusta que el tiempo le cobre de repente la renta de todos los años que no ha pagado", añadió. Comprendí que mi suerte se hallaba ligada a la suya. Si a él le pasaba algo yo moriría. Quizás por eso tenía tanta confianza en mí.

El directorio militar de Primo de RiveraPasó el tiempo con un suave transcurrir del que había suprimido toda preocupación por la vejez y llegaron los años 20. Y con ellos la dictadura de Primo de Ribera y el consecuente recrudecimiento de la policía. Pero a nosotros, que movíamos los hilos en la oscuridad de la clandestinidad más absoluta poco o nada nos afectaba. De hecho esa época nos sirvió para plantar las semillas de una fuerza futura tan vigorosa que nada podría pararla.

 

En ese momento irrumpió en escena un abogado sindicalista cuya influencia, aunque había surgido del seno de nuestra organización, considerábamos desviada y nefasta. Se trataba de Salvador Seguí, "el noi del sucre". Blanquet estaba en contra de él aunque prefería no inmiscuirse. De todas formas dejó caer el comentario de que, o cambiaba de actitud o alguien se encargaría de él. Creí necesaria mi intervención así que decidí hacerle una visita. Tuvimos una larga conversación en la que él me expuso sus principios e ideas. Salvador Seguí, "El noi del sucre"La verdad es que me pareció bastante razonable y algo en mi interior simpatizaba con sus argumentos pero la realidad es que se estaba enfrentando a la organización y que la cosa no podía seguir así. Le advertí severamente que, por su propio bien, debía cambiar de actitud y me fui. Esa misma noche fue asesinado.

Sinceramente, lamenté su muerte y me interesé por los detalles. Me di cuenta de que había algunos cabos sueltos. De que alguien se había dedicado a tapar cosas, falsear pruebas, etc. La verdad es que no me extraño demasiado dadas las circunstancias pero había algo que no cuadraba. Los datos relacionados con la autopsia y el entierro del cuerpo habían sido manipulados. No entendía el porqué ya que, ¿Acaso no había quedado claro que había muerto asesinado?, ¿porqué manipular las pruebas entonces?. El caso es que investigué al respecto y descubrí que nadie había velado su cuerpo. Había sido enterrado rápida y discretamente. Una oscura sospecha empezó a nacer en mi mente y decidí comprobar su cadáver así que una noche soborné al encargado del cementerio y lo desenterramos. Como había supuesto el féretro estaba vacío.

Esto despertó en mi algunas dudas. ¿Existían más vampiros?, y si existían, ¿Se conocían?. Ante mis preguntas Blanquet respondió de forma evasiva aunque acabó reconociendo de que quizás existieran más pero que eso era cosa suya. Cuando le comenté lo del "noi del sucre" se mostró algo irritado y puso en duda mis deducciones de que podría que ser que otro vampiro le hubiera hacho a él lo que me hicieron a mi. Lo único que dijo fue: "vaya, que fastidio, bueno es igual, tu deja ese tema". Y ya no volvimos a hablar del asunto.

En 1923, el paso del tiempo, pese a todo, sí que tuvo una consecuencia para mí. Debido a la ya evidente falta de envejecimiento hube de separarme de mis amigos y abandonar mi antigua tapadera. Les comenté que debido al recrudecimiento de la situación había de permanecer totalmente oculto. Sólo sabrían de mi por misivas firmadas por mi símbolo secreto que solo ellos tres conocían. Aún así era consciente de que había de mantenerme alejado de su círculo. Blanquet me sugirió que podía darme una personalidad falsa que sería muy conveniente para la organización y que, además, haría moverme en niveles tan diferentes a los anteriores que la posibilidad de un encontronazo sería mínima. Se trataba de simular a un miembro de la clase media alta catalana lo que era perfectamente viable teniendo en cuenta los recursos económicos de los que disponía gracias a la estructura piramidal de células en las que yo estaba en la cima. De la rica burguesía que yo tanto despreciaba para poder infiltrarme en los círculos internos de los independentistas catalanes que últimamente habían cobrado mucha fuerza. Así que desapareció mi antigua personalidad y surgió una nueva: Rafel Rovira i Rius, hijo de los Rovira y Rius, prestigiosa familia barcelonense de rancio abolengo entre la burguesía catalana. Afortunadamente la familia había muerto en el Titanic hacía más de diez años y sólo hubo que arreglar la historia de que el hijo (que también había muerto) se hubía salvado y criado en Londres desde su infancia hasta ahora.

El intento de golpe de MaciàCon la nueva personalidad vinieron nuevas maneras y amistades. Tuve que aprender las formas y estilos de la alta sociedad, el saber estar y comportarse. Compré una casa adecuada y me apunté a los clubes y organizaciones que se estilaban. Entre ellos el Centre Excursionista de Catalunya, del que tengo muy gratos recuerdos. Y pasé a llevar otra doble vida, culto y elegante miembro de la burguesía que se apuntaba a todas las fiestas y celebraciones de postín y miembro oscuro y secreto de una organización clandestina. Las historia de mi vida, lo de siempre, las dos caras de la misma moneda.

Mediante la faceta pública de mi personalidad logré obtener algunos cargos políticos interesantes dentro del Ayuntamiento y me aproximé, políticamente hablando, a la Esquerra Republicana. Mientras, en mi faceta secreta y clandestina ejercía el mando de una sección importante de la organización, concretamente la correspondiente a la ciudad de Barcelona. Así, conjuntando una cosa con la otra, mi influencia y poder aumentaron exponencialmente. Tenía en mi mano el poder eliminar a enemigos políticos mediante los recursos de mi otra personalidad. De todas formas todo esto se había de hacer de forma discreta y solapada, no fueran a ser evidentes mis movimientos. En ese momento no era consciente de que detrás de todas estas ideas y pensamientos se hallaba la mente y la voluntad de Blanquet, que se superponía a la mía reemplazándola en parte.

La firma del Estatut d'AutonomíaLlegó el año 1923. Yo ya me había aposentado en mis dos personalidades y me había acostumbrado al poder. Al final cayó la dictadura y los aires del cambio pronto volaron por el país. Los acontecimientos se precipitaron y al poco pasamos de ser monarquía a república. Y con la república nuevas oportunidades aunque habíamos de aprender a jugar en el nuevo sistema. Por de pronto y dentro de Esquerra Republicana pasé a formar parte activa en la consecución del Estatut Català y hasta estuve presente en la firma del mismo por Alcalá Zamora. Las cosas iban bien pero el avance inexorable del tiempo me hacía ver que faltaba poco para que tuviera que pasar de nuevo a la oscuridad. Mis amigos y conocidos ya empezaban a hacerme el tipo de comentarios peligrosos que ya conocía: "Oye, que bien te conservas, un día de estos me pasas la receta", o, "parece que fue ayer cuando te conocí aunque, la verdad, no has cambiado nada". Estaba llegando al límite de lo que se podía disimular. Ya hacía tiempo que había empezado a utilizar métodos de maquillaje a fin de parecer más viejo de lo que era y también para diferenciarme del aspecto de mi personalidad anterior, pero claro, todo tiene un límite.

La guerra civilEsta vez no habría segunda personalidad. Trabajaría totalmente en la clandestinidad aunque, eso sí, recompensaron mis esfuerzos anteriores nombrándome jefe de Catalunya de la organización. Un buen día Blanquet no apareció en la reunión mensual. Al principio no me preocupe demasiado pero cuando también faltó para la segunda reunión me espanté sintiendo la necesidad urgente e inmediata de satisfacer mi ansia de su sangre. Y en este estado de cosas me encontró la guerra civil. Yo no estaba para eso, solo pensaba en localizar a Blanquet, así que, en medio del caos y la confusión reinante, utilicé todos los recursos de que disponía para localizarle. Durante una semana, en lo mas crudo de los primeros días de revuelta, todas las organizaciones anarquistas clandestinas se movilizaron con un único objetivo: encontrar a un hombre del que sólo tenían la descripción. Mientras los acontecimientos hacían historia, mientras el pueblo libraba una lucha enconada contra los militares rebeldes, las organizaciones más letales y secretas al teórico servicio de la revolución total se dedicaron a otra cosa.

Al final de lo que fueron unos días angustiosos para mi, me comunicaron que habían encontrado a un hombre que correspondía con la descripción en una masía al norte del país, cerca de los Pirineos. Rápidamente me trasladé hasta allí para verificar que, efectivamente, se trataba de él. Pero se encontraba sumido en una especie de estado de sopor absoluto del que no se le podía despertar. A la vista de todo el mundo menos para mí se trataba de un cadáver. Pero yo sabía lo que era en realidad así que me aseguré de quedarme solo con él mientras los demás hacían guardia en el exterior.

Una vez a solas le hice un corte en el brazo con una navaja y empecé a chupar como un desesperado hasta que el apetito fue disminuyendo y la razón se impuso. Vendé su herida como pude y, ya restablecido, decidí hacer de aquel sitio, a todas luces abandonado, mi centro de operaciones. Empecé a organizar los movimientos bajo mi mando para la lucha contra los militares rebeldes y, lo que era más importante para mi, para fomentar la revolución total empezando por la colectivización del campo y de todos los recursos sociales. ¡Queríamos la revolución ya!.

Pero tenía un problema y lo sabía. De momento había conseguido sobrevivir a un seguro final pero éste solo había sido retrasado. A había comprobado que era imposible despertar a Blanquet así que tenía que encontrar otra solución. Quizás existían más vampiros, no me extrañaría que Blanquet me hubiera ocultado su existencia, así que pensé en cómo localizarles. Dediqué a los hombres más versados en los bajos fondos de la ciudad para que buscaran sitios adecuados para lo que yo pensaba que podían utilizar los vampiros. Mientras tanto iba subsistiendo con raciones "en conserva".

Una noche oí como se abría la puerta de mi habitación. Yo sabía que eso no era posible, nadie podría haber pasado por las líneas de vigilancia alrededor de la masía. Nadie a menos que... La persona avanzó por la habitación tranquilamente hasta llegar a la altura de mi cama y me saludó diciendo: "Cuanto tiempo hace ¿no?, ya te dije que no tenías razón". Me quedé de piedra al reconocerle, era Salvador Seguí, que supuestamente había muerto hacía más de diez años. "¿Porqué has venido hasta aquí?" dije con voz algo trémula. ¿No lo adivinas?, replicó, "A los de nuestra especie no nos gusta que la gente meta sus narices en nuestros refugios, y tu tendrías que saberlo, pero no he venido sólo a por eso, he venido a salvar a uno de los míos". Y diciendo esto se inclinó sobre mi sujetándome con fuerza mientras sus dientes se clavaban con facilidad en mi garganta extrayéndome la sangre a grandes sorbos. Sentí cómo mis fuerzas me abandonaban cada vez más y más.

Tercera parte: El Vampiro

Justo cuando la negrura del olvido eterno se cernía sobre mi noté el sabor de la sangre en mi boca. Estaba bebiendo directamente de una herida que se había practicado Seguí. Bebí con ansiedad hasta que me apartó con un empujón que me derribó hasta el suelo. "Ahora tienes hambre, ¿verdad?, un hambre que nunca antes has conocido, un hambre que ya no te abandonará jamás". Iba hablando mientras se acercaba a la puerta y la habría. "Pero, tranquilo, yo te enseñaré que has de hacer, yo te daré la primera comida". Llamó a Pepe, el vigilante de turno que se hallaba debajo de las escaleras. "Ven, tu jefe se encuentra mal", dijo señalándome y apartándose de la puerta. El guardia subió rápidamente y, sin dejar de apuntar al desconocido se acercó hasta mi. "¿Quien es usted?, jefe, ¿qué le ha pasado?". Se acercó más y yo ya podía oler su sangre, oír el latido de su jugo en las venas, percibir su movimiento a golpes de corazón, pom pom, pom pom. "A que esperas", dijo Seguí, "la comida esta servida". Me abalancé al cuello de Pepe, el buen Pepe que había tenido la mala fortuna de estar de guardia justo en este momento. Le podía haber tocado a cualquiera. Y sorbí la sangre a borbotones, con ansiedad y precipitación, salvajemente, para saciar un hambre infinita. Hasta que no quedó nada y solté el cuerpo sin vida de lo que antaño había sido un fiel compañero y amigo.

"¿Porqué?", grité medio sollozando. "Ya te lo dije", replicó, "Para salvar a uno de los míos. Blanquet no es precisamente un amigo, ya sabes, pero es un miembro de mi clan, como tu ahora". Y me explicó a grandes rasgos que existían más vampiros agrupados en clanes que ahora estaban enfrentados. Los clanes Ventrue y Toreador eran los que estaban detrás del bando nacional mientras que nosotros, los Brujah, estabamos en el bando republicano. Habían otros clanes pero ahora no tenían importancia. Solo uno, los Tremere, que se habían declarado neutrales y ofrecido sus servicios como mediadores entre ambos bandos. "Ahora me voy a llevar a Blanquet y tu vas a seguir con tu trabajo como hasta ahora", se despidió y se fue. Solo más tarde me di cuenta de que mis sentimientos hacia Blanquet, mi fidelidad, mi simpatía, etc. Habían desaparecido. Era como si un vínculo se hubiera roto y por primera vez vi la realidad de sus acciones, la forma como me había manipulado. Una furia fría se apoderó de mí pero ya era demasiado tarde. Ahora entendía el apresuramiento de Seguí en llevarse el cuerpo de Blanquet.

La guerra continuaba y parecía que duraría más de lo que al principio se podía suponer. Me centré en la consecución de la revolución colectivista que estaba al alcance de la mano dejando las estrategias militares para otros. Un día Seguí vino a verme de nuevo. Había una reunión en Francia entre las diferentes facciones Brujah y representantes Tremere a fin de plantear unos términos comunes de negociación frente a los Ventrue y Toreador. Era una buena oportunidad para presentarme formalmente al resto de Brujah y me comentó que estaba obligado en cierta manera a notificarme. Así que fuimos a esa reunión. En ella vi a mis odiados iguales que dominaban las facciones comunistas estalinistas y a los no tan odiados trotsquistas. También había algunos socialistas (despreciados por todos). Entre tanta "camaradería" no es de extrañar que la reunión fuera un fracaso. Los comunistas diciendo que lo primero era ganar la guerra y que todos nos habíamos de someter a su mandato, nosotros abogando por la revolución anarquista ¡ya! y los socialistas contemporizando. A los Tremere les dimos un penosos espectáculo. Se fueron diciendo aquello de que "Me parece que ya sabemos que bando va ha ganar, al menos los otros están unidos...". Que se vayan al cuerno, penosos burócratas, intrigantes del tres al cuarto, ¿quien los necesita?.

Después de esto se inició un periodo de tensiones entre las diferentes facciones izquierdistas. En concreto hubo una especie de guerra de guerrillas entre los comunistas y los anarquistas. Desde mi punto de vista era una guerra entre unos dictadores opresores, no muy diferentes de los del bando nacional, y los verdaderos luchadores por la libertad. El caso es que al final la cosa estalló de veras. En Mayo del 27 los comunistas organizaron un golpe de estado interno y masacraron a todos los anarquistas y trotsquistas (sus enemigos naturales) que pudieron encontrar. Desde mi refugio en las montañas conseguí salvaguardar las reservas y algunos recursos poco conocidos que trasladé rápidamente. Pero la situación estaba clara: los odiados comunistas estalinistas se habían apoderado del control de la ciudad y lo ejercían de la forma absolutista que les caracterizaba. Mis amigos y los pocos infiltrados que aún me quedaban me aconsejaron muy fervientemente que abandonara la ciudad cuanto antes, que la cosa estaba muy mal y no había nada que hacer.

Mientras tanto Jorge, el periodista, estaba en el frente, Jaime continuaba con su editorial y Juan, bueno, seguía con lo suyo y creo que estaba progresado mucho. Había conseguido desvincularlos de la organización ya que su único contacto era yo y nadie más sabía de su existencia. Les envié un mensaje comunicándoles que había de abandonar la ciudad y les di la orden de no hacer nada y esperar instrucciones.

Me trasladé a Francia donde contacté con mis camaradas en ese país. Organicé un sistema de fugas para nuestros colegas que aún estaban en España y empecé a contactar con gente cercena a nuestras ideas de otros países. Encontré en Méjico un lugar ideal para establecer un refugio donde esconder a los elementos más problemáticos. Así que me dediqué a esa actividad y comuniqué a mis amigos un lugar donde enviarme los mensajes (y el dinero) encargándoles la búsqueda de personas que necesitaran un escape. Para los camaradas anarquistas la cosa quedaba en un favor debido pero a los demás se les exigía una cierta suma de dinero (estas cosas son caras). O sea que, a medida que fueron pasando los años de guerra con la consecuente desestabilización de la situación, el número de "traslados" fue aumentando y, claro está, nuestros recursos económicos también.

Creo que fue por aquel entonces que empecé a preocuparme con seriedad sobre la salvaguarda de estos recursos y su permanencia en un sitio seguro durante períodos de tiempo prolongados. Al fin y al cabo, por lo que sabía podía vivir durante mucho tiempo. Ingresé parte del dinero en cuentas suizas y compré objetos de arte, joyas, oro, etc. almacenándolo en las cajas fuertes de los bancos más seguros que conocía (americanos, suizos, etc.) con la precaución extra de ir cambiándolos una vez cada dos o tres años. Todo ello a nombre de un tal Lluís Llobet Llop.

La guerra transcurría. Jorge murió en el frente y mi madre en casa sin que yo pudiera organizar las cosas para hacer una visita con tiempo de acudir a sus funerales. Al final todo se redujo a una nota, una corona y los gastos del entierro pagados. Jorge tenía un hijo de 18 años que quedaba solo así que me hice cargo de él. En realidad yo ya estaba pensando en que necesitaba a alguien de confianza a quien convertir en ghoul y este era el candidato adecuado. Así que le hice a él lo que antes me habían hecho a mi. Me presenté como amigo de su padre diciendo que éramos camaradas en la misma causa y pude comprobar con gran satisfacción que era muy receptivo a los ideales anarquistas. Buena materia para moldear, no me costó mucho introducirlo gradualmente en el secreto del vampirismo de la misma forma que había hecho conmigo Blanquet. Creo que eso hizo que perdonara a éste último en parte al comprender mejor su situación.

Llegó el final de la guerra y yo mismo tuve que trasladarme a Méjico. Por fortuna tenía la ayuda de Enric, mi nuevo ghoul. Gracias a él la cosa fue como la seda. Una vez en Méjico adquirí un enorme rancho desde donde pasé a controlar mis "negocios". Nominalmente era una empresa de transportes pero con la diferencia que nuestros transportes no eran del todo legales. Pero en un país como Méjico donde podíamos comprar a cualquier funcionario fácilmente la cosa no tenía mayor problema. De todas formas evité todo contacto posible con los vampiros gobernantes del lugar ya que, según me habían advertido mis camaradas franceses, eran de una especie de secta llamada Sabbat que no dudaría en matarme o convertirme en uno de los suyos si se enteraba de mi existencia. Debido a eso nuestra red se extendió utilizando sólo métodos convencionales con Enric como única cabeza visible y vi llegar la segunda guerra mundial como espectador de segunda fila. Pero era un espectador interesado, al fin y al cabo una guerra no tiene desperdicio en estos negocios.

Mantuve el contacto con mis amigos, recibía sus noticias y, como no, los envíos de dinero de Juan. No deja de sorprenderme lo que progresó ese chico (digo chico pero en ese entonces debía tener más de 50 años). Además tenía un motivo de diversión y tema de comentarios con ellos ya que se formó el Gobierno de la República en el exilio en Méjico. Formada por los ineficaces burgueses y socialistas de siempre. Aprovechaba para reírme a su costa leyendo sus inverosímiles declaraciones. Alguna vez escribí una carta a un diario, bajo el nombre supuesto de Antonio Adalid Anaya. En ellas me burlaba de lo esperpéntico de un parlamento sin país, de unos ministros sin ministerio y de un presidente sin estado.

En 1947 me había convertido en una persona importante en Méjico, alguien del que se hablaba en voz baja y con temor. Don Antonio (mi nombre en ese entonces) era un jerarca terrateniente con influencias en el gobierno y la mafia locales. Pero yo estaba hastiado, aburrido, sin motivos reales para vivir. Mi existencia era una prolongación debida a la inercia y la rutina de la persona que tiene una posición no discutida en lo alto de la cúspide del poder en una localidad reducida. También sentía haber traicionado mis convicciones anarquistas. Mi búsqueda y afán de poder para la causa había desembocado en un logro de riqueza e influencia personal.

El rancho donde vivía estaba aislado de la urbe y se encontraba altamente fortificado. El patio exterior estaba textualmente "tomado" por un ejército de guardaespaldas con perros y fuertemente armados. Al patio interior sólo tenían acceso contadas personas y a la casa, bueno, sólo yo y Enric. Así que la noche en que oí unos golpecitos llamando a la puerta de mi despacho, llamada totalmente distinta de la que solía hacer Enric, tendría que haberme sorprendido. Sin embargo solo pensé: "vaya, un vampiro viene a visitarme, espero que no sea del Sabbat", y dije: "pasa, la puerta no esta cerrada". Pero no pude evitar una cierta sorpresa (y alivio) cuando vi quién era mi visitante. Se trataba de Salvador Seguí, mi sire (que es como se denomina al que nos hizo vampiro). Hacía casi diez años que no lo veía y me preguntaba cuál sería el motivo de su visita.

Seguí me dijo que se me necesitaba en Argentina. La organización se había reconstituido después de la guerra y ahora se encargaba de toda el área de habla hispánica. Pero no tenían ningún representante allí. A mi me pareció perfecto pero tenía algunas dudas. "De acuerdo pero, y quien cuidará de esto", dije señalando a mi alrededor. "Oh, no es problema", respondió con una sonrisa pícara, "yo me estableceré aquí con tu nombre y tu identidad". Podía ver su juego pero no me importaba. Aún tenía algunas fuentes secretas de dinero y solo yo disponía de los depósitos que había acumulado durante todos estos años . Por otra parte tampoco tenía muchas opciones ya que él era un vampiro más antiguo y poderoso que yo. Además, ya estaba harto de tanta inactividad.

El General PerónAsí que me dispuse ha realizar el largo viaje. Antes que nada me puse en contacto con algunas personas afines de ese país y, naturalmente, con los vampiros de mi clan allí, disponiendo las cosas para que cuando llegara tuviera un refugio adecuado a mis necesidades. Escribí a mis contactos para dar mi nueva dirección y conseguí un poco de metálico de los depósitos más accesibles. Cuando llegué fundé una empresa de transporte para que sirviera de tapadera y decidí hacer algo nuevo. Ingresé en las clases nocturnas universitarias. Con ello pretendía entrar en contacto con el mundo estudiantil y fomentar las actividades de rebeldía civil. Allí me encontré con un caldo de cultivo adecuado en facciones que no eran anarquistas propiamente dichas sino más bien sindicalistas. De hecho algunas de ellas se parecían un poco a los movimientos social sindicalistas de Europa (falange, nazis, etc.) pero con un toque típicamente sudamericano. Algo más cercano al bandolerismo civil y la violencia espontánea, difícil de controlar y organizar pero útil para causar el desorden y la inestabilidad social necesarias como paso previo a la revolución. Así que me integré en estos movimientos con el objetivo de causar la mayor inestabilidad posible luchando contra la excelente máquina de propaganda del régimen peronista encabezada por su esposa, la famosa "evita" (siempre pensé que se convirtió en vampiro después de su muerte, pero no pude averiguarlo)

Y la verdad es que nuestros esfuerzos por causar inestabilidad fueron grandemente recompensados. El nuevo movimiento integraba a un conjunto de personas con el denominador común del descontento favorecido por la censura y la precaria situación laboral del país bajo la férea dictadura de Perón y sus planes quinquenales. A pesar de ello tenía a su favor a buena parte de la masa obrera.

El pupurri de nuestra organización allí era impresionante, se podían encontrar desde anarquistas hasta fascistas pasando por obreros sindicalistas y demás movimientos de protesta. Colaboré para acabar con la dictadura de Perón para, acto seguido, pasar a desestabilizar el nuevo gobierno de Lonardi y luego al que le siguió de Aramburu (al fin y al cabo todos eran militares).

La verdad es que me lo pasé bien en esa época. Tenía la costumbre de ir en moto a todos sitios y mezclarme con la gente en actos de que estaba llegando al final de un período. Hasta ese momento aún había tenido contacto con la gente de mi época, de cuando era humano, pero poco a poco todos se habían ido muriendo. Aún cuando sus caras envejecieran, sus conductas cambiaran, tuvieran hijos, etc. Aún así eran como una especie de ancla hacia mi perdida humanidad que me daba "vida" y motivos para seguir existiendo. Para alguien como yo es importante tener la amistad de la gente que te conoció como humano e iba viendo como el paso del tiempo me robaba, migaja a migaja, los trozos de humanidad que me quedaban. Mi obsesión llegó a tal punto que indagué para conocer cómo iban evolucionando las familias de mis amigos. Iba coleccionando los árboles genealógicos que se formaban a medida que la gente se casaba tenían hijos, etc. ¿Así que éste es el nieto de aquel, verdad?, pensaba mientras lo colocaba en mi esquema.

No es de extrañar entonces que cuando me enteré, en 1956, que Jaime estaba fatalmente enfermo, a punto de morir, me entrara una ansiedad indescriptible. Él era uno de mis más antiguos amigos, de los primeros que tuve, que había luchado a mi lado, que se había mantenido fiel durante décadas sin haberme vuelto a ver desde hacía más de treinta años. Algo más fuerte que el ansia de sangre, de alguna manera cercano al alma que me pudiera quedar afloró en mi y tuve la necesidad imperiosa de ir a verle. De poder decirle unas cuantas palabras antes de la muerte y poder darle las gracias por una amistad eterna.

Organicé el viaje lo más rápidamente posible mientras me maldecía por los problemas que conlleva ser vampiro a la hora de trasladarse. Enric hizo todos los preparativos y fui trasladado en container por avión hacia España. Allí ya había alquilado un caserón con garaje donde se depositó el container. Esa misma noche fui hasta la casa de mi amigo. Había mucha gente allí pero inmediatamente reconocí a Juan, que ya tenía 62 años, y que me miró con insistencia, como si no comprendiera lo que veía. Estaba rodeado por sus hombres, saltaban a la vista por sus maneras y estilo de vestir que eran gente del hampa. "Buenas noches", dije dirigiéndome hacia él e intentando disimular mi voz, "soy el hijo de un viejo amigo suyo que me ha dado esta carta para usted". Cogió la carta de mis manos con pulso tembloroso, no se si por la edad o por la emoción, y leyó en voz baja. La carta decía simplemente: "Hola camarada, éste es mi hijo y te pido que le ayudes y hagas cuanto él te pida" y firmaba con el símbolo secreto. Se podía notar su emoción al mirarme mientras destruía la carta (las viejas y buenas costumbres nunca se pierden). "Pide lo que quieras", me dijo mirándome fijamente. "Solo quiero ver a Jaime a solas", respondí intentando evitar su escrutadora mirada.

Me hicieron pasar a la habitación de Jaime cerrando la puerta detrás mío. Estaba en la cama, se le veía muy débil y, como suponía, apenas podía ver. Me acerqué hasta la altura de su cara y le dije: "¿Como va viejo camarada?", "¿Creías que ya no volverías a verme?". La reacción fue instantánea, intentó incorporarse mientras mencionaba mi nombre con palabras llenas de emoción. No transcribiré lo que hablamos en esos breves momentos pero la emoción que sentí fue tal que se me soltaron las lágrimas, pero eran lágrimas de sangre dada mi naturaleza. Cuando le dejé su rostro esbozaba una sonrisa y reflejaba la paz de alguien que ha llegado al final del camino.

Había de abandonar la casa pero era consciente de que mi cara estaba llena de sangre así que decidí salir por el balcón de la misma habitación. Salté a la calle cubierta de nieve y me alejé rápidamente en la oscuridad de la noche. No me pude despedir de Juan pero era lo mejor. Creo que sospechaba algo. Me quedé en Barcelona hasta la muerte de Jaime y acudí por la noche al cementerio para depositar unas flores en su tumba, en el lazo había hecho grabar: "Por la causa" y firmaba con nuestro símbolo.

Estaba destrozado y no puse atención a los detalles del viaje de vuelta. Se utilizó el mismo método: container por avión, pero esta vez el trayecto tenía muchas escalas. España – Colombia – Perú – Chile y, finalmente Argentina. Cuando estábamos sobrevolando los Andes se desencadenó una gran tormenta que desestabilizó el avión. Nos estrellamos en algún Accidentelugar de las montañas y lo único que sé es que Enric, que supongo murió en el accidente, se las apañó para lanzar el container cuando estábamos a poca altura con la esperanza de que resistiera la caída encima de la nieve. Desperté por la noche en medio de la oscuridad más absoluta, notando cómo un frío mortal me iba congelando poco a poco hasta quedar sumido en un sueño helado y eterno.

 

Epílogo: El Retorno

Frío, el frío más espantoso que se pueda imaginar, una tenue luz apenas percibida a través de los párpados cerrados y el sonido suave y agradable del crepitar del fuego. Esas sensaciones empezaron a fluir en mi embotado cerebro mientras me preguntaba donde estaba o ¿quién soy?. Abrí los ojos y vi las estrellas de un cielo nocturno totalmente despejado. La luz oscilaba en algún lugar hacia mi derecha. Conseguí girar lentamente la cabeza con gran dificultad mientras mi cuerpo iba poco a poco perdiendo su rigidez. La luz provenía de una pequeña fogata de campamento y había dos tiendas montadas con la puerta hacia el fuego. Yo me encontraba en un rincón junto a un montón de paquetes y otros bultos, almacenado como un elemento más. El escaso calor del fuego había conseguido reanimarme aunque a esa distancia el efecto era mínimo.

Me esforcé para acercarme al fuego y, poco a poco, conseguí arrastrarme hasta llegar a su lado. Fue una recuperación lenta pero progresiva y, a medida que mi cuerpo iba respondiendo, empecé a sentir un hambre no humana que se apoderaba de mi raciocinio. Cuando me hube recuperado un poco avancé en silencio hacia una de la tiendas. Dentro se hallaba durmiendo un hombre joven. Podía sentir su juventud corriendo por sus venas, con impulsos decididos, con aquel aroma familiar que había aprendido a captar. Avancé sigilosamente hasta alcanzar la altura de su cuello y clavé mis dientes en él suavemente, con suma delicadeza, como si de un acto de amor se tratara. Y sorbí, lentamente al principio para no despertar al durmiente pero, al poco, con frenesí, sin poder parar en mi absoluta necesidad hasta que, al final, su cuerpo cayó muerto, vacío, desangrado del todo. Un crimen más que añadir a mi cuenta en la figura de un absoluto desconocido.

Una vez alimentado recuperé las fuerzas y la razón. Sabía quién era y suponía donde estaba: en medio de los Andes. En un sitio totalmente aislado del que me sería extremadamente difícil salir sin ayuda. La situación era desesperada y faltaban pocas horas para que saliera el sol. Dudaba que fuera capaz de encontrar un refugio adecuado a tiempo. Lamí las heridas de mi víctima para ocultar la causa de su muerte y salí de la tienda con el propósito de estudiar los alrededores en busca de un escondite. El campamento estaba formado por las dos tiendas, la fogata, algunos útiles de cocina y los paquetes apilados a un lado pero vi que había un camión especialmente preparado para la montaña aparcado cerca, así que me dirigí hacia él. En la parte de la carga habían varias cajas grandes de madera. Escogí la más grande, de unos dos metros por uno, y la abrí. Dentro habían varios aparatos. Algunos los reconocí como barómetros, termómetros, etc. y otros supuse que serían para medir otras propiedades de la atmósfera. El caso es que la caja me podría servir como refugio durante el día así que saqué los aparatos y los escondí bajo la nieve en los alrededores. Antes de entrar en mi improvisado refugio añadí un poco de mi sangre en el termo con café que estaba entre los utensilios de cocina con la esperanza de empezar a crear un vínculo con la persona de la otra tienda (o sea, crear un ghoul).

Cuando desperté a la noche siguiente pude oír el trajín de alguien afuera. Salí con cuidado de la caja apartando la paja que me camuflaba. Comprobé que estaba dentro del camión donde, en un rincón, se habían acumulado los paquetes que antes estaban afuera. Uno de esos paquetes tenía la sospechosa forma de un cuerpo humano. Cuando asomé por la carlinga pude ver que el sitio no era el mismo que la noche anterior. Supuse que se habría trasladado durante el día y parado para montar el campamento durante la noche. Esta vez solo había una tienda y un hombre, de raza india o mestizo, estaba inclinado para hacer la comida al lado del fuego. Esperé hasta que se fue a dormir antes de salir para reconocer la zona. Como suponía la zona era totalmente agreste y era imposible encontrar un refugio adecuado para mi. Así que volví a esconderme no sin antes poner otra dosis de sangre en el termo.

Pasaron varios días hasta que llegamos a las cercanías de un poblado. En un principio pensé en escabullirme pero cambié de decisión al considerar con más calma mi situación. Estaba aislado y, aunque pudiera convencer a alguien del pueblo para que me llevara a algún sitio, no podría confiar en él lo suficiente. Así que decidí abordar al conductor del camión, la única persona en la que podría confiar ya que ya estaba vinculado. Sabía que probablemente me reconocería como el cadáver que encontraron en las montañas pero confiaba en poderle convencer utilizando mi carisma especial y la fuerza del vínculo que había creado.

De todas formas no esperaba la reacción que tuvo. Se postró a mis pies totalmente aterrorizado mientras hablaba medio en español y medio en indio, como suplicando. La gente se alejó de nuestro alrededor y me di cuenta que tenían algún tipo de miedo supersticioso con respecto a mi. Algo en las palabras del indio les llenó de temor, probablemente alguna oscura leyenda tribal. Decidí comportarme como lo que se esperaba que fuera y hablé en voz alta utilizando esa entonación tan sugerente que había aprendido como vampiro: "He regresado de un largo viaje", dije, "y vosotros, amigos, habéis de ayudarme".

José Carlos MartínezNo tuve más problemas, aceptaron mis necesidades como la cosa más normal y, gracias a ellos y a José Carlos Martínez (el ghoul), conseguí regresar a la civilización, por fin. ¡Para darme cuenta de que había estado congelado durante 42 años!. Nunca pensé que hubieran pasado más de unos días o meses. Encontrarme con una sociedad totalmente distinta a la que abandoné, con otros ideales y motivaciones, con otros estilos y formas, con una tecnología radicalmente nueva fue un shock para mi. Pero había una cosa que me urgía, necesitaba realizar una comprobación con urgencia y eso sólo lo podía hacer volviendo a España. Conseguí documentación falsa, arreglé el estado de mis cuentas durmientes y organicé el consabido viaje en container. Pero, eso sí, esta vez comprobé hasta los últimos detalles de la operación, hasta la compra previa de una casa adecuada para mi, etc.

Una vez desperté en mi nuevo hogar me dirigí rápidamente hacia mi objetivo después de comprobar mediante la guía de teléfonos que la casa seguía siendo la misma. Se trataba de la típica mansión con jardín en Pedralbes. Una vez allí, frente a la puerta, sentí el nerviosismo de un mal presentimiento. Temía no haber llegado a tiempo. "Está el señor Juan", dije a la sirvienta que me abrió la puerta. "¿A quien debo anunciar?", me preguntó mirándome con aire de superioridad mientras me escrutaba en una valoración más bien negativa ya que yo iba con chaqueta de cuero, botas militares y guantes negros, aparte de mi deje argentino, tan poco valorado aquí. "Soy un amigo suyo que acabo de regresar de Argentina", contesté con la mejor de mis sonrisas. "Espere un momento, por favor", dijo retirándose seguidamente sin sacar la cadena de la puerta. Al cabo de un rato apareció abriendo la puerta un chico de unos 18 años con un aspecto que me recordaba terriblemente a Juan. Se quedó en el umbral con una expresión de desconcierto. "Perdona pero yo me refería a una persona muy mayor", dije. Se quedó pensando un rato y dijo: "Supongo que se refiere al abuelo pero murió hace más de diez años". El golpe, aunque totalmente esperado no por ello menos doloroso, me dejó aturdido durante un momento y solo pude preguntar en voz baja "¿Sabe donde lo enterraron?".

Mi moto corría a toda velocidad por la ciudad. Ya solo tenía un objetivo, sólo me quedaba una misión, después de esto todo carecería de sentido. Mi vida se había desgarrado al darme cuenta que le había fallado a mi amigo en su último momento y ya nada me importaba. Llegué hasta el cementerio de Montjuïc a altas horas de la noche y escalé el muro para saltar al otro lado. Parecía que fue ayer cuando yo y mis tres amigos organizamos aquella penosa fuga cerca de aquí, montaña arriba. Fui directamente hasta el edificio donde estaba el guardia nocturno y encañonándole con mi pistola grité: "Quiero encontrar una tumba, ¡ahora!". Supongo que algo en mi expresión hizo que no se entretuviera con preguntas o protestas. Me ayudó a localizar la tumba que se encontraba en la zona de mausoleos. Por lo visto, a pesar de su profundo ateísmo, había decidido hacerse una de esas tumbas con lápida de mármol y estatua de ángel o similar. "Que extraña ironía", pensé. Llegamos hasta la tumba y me sorprendió un poco por su total simplicidad. Nada de estatuas, ni adornos, sólo una lápida con una inscripción en el centro:

 

"Por la causa"

 

Seguido de nuestro símbolo. Caí de rodillas allí mismo, incapaz de sostenerme y lloré, lloré como un poseso lágrimas de sangre mientras notaba cómo el guardia se alejaba con discreción. Pero no me importaba. No me importaba nada, solo sentía una profunda e inmensa angustia por la pérdida de una parte de mi mismo, por los recuerdos añorados de un amigo que ya no volvería a ver más, de un mundo al que no podía volver jamás.

No sé cuanto tiempo estuve allí pero volví en mi al oír la sirena de la policía. Salí corriendo y apenas tuve tiempo de volver a escalar el muro. Cuando regresaba a mi refugio pensé: "¿Y ahora qué?". Al día siguiente vagué por los locales de los bajos fondos, sin rumbo ni objetivo. Todo había cambiado en esta ciudad antaño tan familiar. Ahora todo era extraño, distinto, como una ciudad de otro país. Mi Barcelona había muerto hacía tiempo y me sentía vacío y sin ganas de vivir. Casi sin querer presioné las teclas adecuadas para averiguar dónde se encontraban los miembros de mi clan en estos tiempos cuando oí un nombre que consiguió despertarme de mi estado de sopor: "Blanquet". Y pensé: "Ya sé por donde empezar el primer día de mi nueva vida, hay alguien que se merece una visita...".