El Viejo

 

Escribo estas palabras en un intenso estado de tensión emocional pero creo conveniente esclarecer las causas de mi conducta y por eso me he decidido a relatar esta historia. Ya se que a muchos, quizá a todos, pueda parecerles increíble lo que cuento, pero juro que es cierto todo lo que voy a narrar y que si no fuera por la intensa pena que desgarra mi corazón y por el afán de poner sobre aviso al mundo de estos increíbles hechos nunca hubiera escrito una palabra sobre ellos.

Para empezar he de remontarme a mi infancia, cuando tenía doce años y la vida consistía en un incesante juego por los bosques de Armintooh en compañía de mi fiel amigo John. Íbamos en pos de aventuras fantásticas entre los grandes árboles del bosque. Saltando obstáculos, escondiéndonos detrás de las matas y rocas, corriendo por largos senderos que no se acababan nunca. Sin embargo había un lugar en el interior del bosque al que no nos atrevíamos a ir. Era la cabaña del viejo. Estaba en la parte más oscura y húmeda, allí donde los árboles eran tan altos y crecían tan juntos que el sol apenas llegaba a iluminar el suelo. El viejo era silencioso y sombrío, de larga barba y ancho sombrero. Siempre estaba recolectando unas raras hierbas con las que preparaba un maloliente y negro licor que bebía a pequeños sorbos.

Un día nos armamos de valor y fuimos a espiarle a su rincón del bosque. Avanzamos por entre los antiguos y silenciosos árboles acercándonos poco a poco. Pero a medida que nos acercábamos estábamos cada vez más inseguros y temerosos por lo que antes de llegar a la cabaña decidimos que sería mejor irnos y volver otro día. Así que dimos media vuelta y emprendimos el regreso rápidamente. Pero nos perdimos por los oscuros senderos que parecían cruzarse una y otra vez en una filigrana sin sentido. Cada vez nos era más difícil ver nada en esa oscuridad sobrenatural que empezaba a envolvernos. Después de varias horas de caminar de forma infructuosa decidimos descansar en un pequeño claro.

Estaba muy oscuro pero no podíamos decir que hora del día o de la noche era ya que en esa zona del bosque reinaba una oscuridad eterna. El lugar era húmedo y lleno de hojas muertas que formaban una buena capa de humus en el suelo de forma que el ruido de las pisadas quedaba muy amortiguado. Quizá fue por eso que no le oímos acercarse. Se presentó de pronto, con su aire sombrío y su aspecto hosco. El sombrero le cubría parte del rostro y sólo podíamos ver la boca, cubierta por la larga barba, y uno de sus ojos que emitía pálidos reflejos en la oscuridad.

Su llegada nos asustó más de lo que podría describir aquí. Permanecimos quietos, inmovilizados por el miedo mientras él nos observaba, escrutándonos con aquél ojo brillante, lenta y silenciosamente. Al final de lo que nos pareció una eternidad nos hizo un signo para que le siguiéramos y se internó entre la maleza.

Atravesamos regiones oscuras y fangosas, donde el pie se hundía por lo menos un palmo en la tierra húmeda y maloliente. La marcha era forzosamente lenta y difícil. El aire enrarecido dificultaba la respiración. Pero nada de eso parecía importunar al viejo que caminaba con aire resuelto y con una facilidad que envidiábamos.

No sé el tiempo que estuvimos andando pero a mí me pareció una eternidad hasta que llegamos a una tosca cabaña en el centro de un claro entre los árboles. Nos condujo al interior sin decir palabra y encendió un fuego en la antigua chimenea con algunos troncos secos que había en una caja. El interior de la cabaña era de una simplicidad espartana: una mesa, una silla, una cama, la chimenea, la caja con los troncos y un pequeño armario en un rincón. Había una única ventana cerrada en la pared derecha y eso era todo.

El viejo encendió un candil y nos dio algo de pan para comer mientras él se sentaba en la silla y bebía de su oscuro licor. Bebía a pequeños sorbos, muy espaciados, mientras nos observaba desde su rincón con aquel ojo reluciente.

Después de un buen rato se levantó y nos indicó que le siguiéramos. Salió de la cabaña y volvimos a entrar en el bosque. El suelo estaba más húmedo aún que antes y una fría y fina llovizna caía desde los árboles. La oscuridad era cada vez mayor y teníamos que esforzarnos para poder seguir al viejo que mantenía imperturbable un buen ritmo de marcha. Después de mucho caminar salimos a la parte conocida del bosque. Ya era de noche y se podían ver las estrellas brillando entre los árboles. Por suerte era noche de luna llena y veíamos bien el camino. El viejo dio media vuelta y se alejó. Rápidamente se perdió de vista y nosotros, más alegres que otra cosa, corrimos hacia el pueblo donde la gente que había salido en nuestra búsqueda, nos encontró enseguida.

De la reprimenda recibida y todas esas cosas no hablaré ya que no concierne a esta historia. Baste decir que nos prohibieron ir al bosque durante una buena temporada. Yo estaba contento con eso, el bosque me había mostrado su faceta oscura dándome una lección que no olvidaría fácilmente. Pero mi amigo aún quería ir y con más ganas que antes. Era como si la aventura sufrida le hubiera excitado de alguna manera. Como si la emoción y el peligro fueran un motor demasiado atractivo para su naturaleza. Conseguí disuadirle los primeros días pero, al final, se puso tan insoportable que accedí a acompañarle. De hecho, ahora que recapacito en mis recuerdos ya lejanos, parecía como si tuviera una gran urgencia en volver, como si algo o alguien le llamara desesperadamente.

Cuando entramos en el bosque John estaba feliz, como si aquél fuera su ambiente natural. Corría y saltaba por entre las ramas con una facilidad que antes nunca le había notado. Yo estaba algo asustado, aún no había olvidado la experiencia anterior y, además si nuestros padres se enteraban... no quería ni pensarlo. Pero a John aquello le traía sin cuidado. Parecía haber olvidado el miedo que habíamos pasado. Hasta quería ir a ese rincón del bosque viejo que yo llamaba “el bosque oscuro”.

Me opuse totalmente a eso preguntándole si había olvidado lo que nos pasó. Pero él se reía totalmente de mis temores replicando que el viejo no nos había hecho nada. Que nos había dado de comer y al final nos había ayudado a salir del “bosque oscuro” reteniéndonos un poco, eso sí, para darnos una lección.

De todas formas yo no estaba convencido y no quería por nada del mundo volver a aquel lugar. Había algo malsano allí. Igual que la mirada del viejo. Como algo enfermizo que se extiende y perdura durante años y años, burlándose de las leyes de la naturaleza. Cuando comparaba el bosque donde íbamos a jugar, lleno de sol, verde y resplandeciente, con altos árboles y un aire puro y sano, con el “bosque oscuro”, con su atmósfera corrupta y enrarecida, con su humedad y sus sombras permanentes, no podía más que preguntarme quién sino un loco podría elegir un lugar como aquél para vivir. Pero John no me hacía caso. Era un alma infantil llena de desbordante alegría. Habría ido al mismo infierno para jugar y ahora se había encaprichado de ese lugar horrendo.

Pero yo no estaba dispuesto a ir bajo ningún concepto y así se lo dije. Él pareció aceptar mi decisión con resignación. Yo no podía prever en aquel momento lo que estaba tramando hacer y, aunque me repito continuamente que no es culpa mía lo que pasó, aún tengo remordimientos por no haberlo previsto.

Al día siguiente no encontré a John en el patio de siempre. Le esperé durante más de una hora hasta que me convencí de que no vendría y me fui a jugar solo. Era la primera vez que sucedía esto y estaba triste. Además no me acostumbraba a jugar sin él. La tarde pasó y llegó la noche. Entonces vino a casa la madre de John. Nos preguntó si sabíamos donde estaba y yo le dije que esa tarde no había venido a jugar conmigo. La expresión que formó su cara era de profunda preocupación. Aún recuerdo sus palabras diciendo que su hijo nunca llegaba tan tarde a casa con ese tono de ansiedad y frustración ante lo desconocido con el que expresamos nuestros peores temores.

Como era de esperar pronto se formó una patrulla y la gente salió a buscarle. Me quedé en casa preocupado ya que me imaginaba perfectamente donde podría estar mi amigo y, sin embargo, había sido incapaz de decírselo a nadie. Aún no se porqué no dije nada. Miedo a la gente mayor supongo. Pero estaba decidido a hacer algo. Por eso cuando fui a la cama esperé a que todo el mundo estuviera dormido y me vestí sin hacer ruido. Salté por la ventana de mi habitación y salí al patio en dirección al bosque. Mi destino era el bosque oscuro y, cuanto más pensaba en lo que estaba haciendo, más miedo sentía y más quería dar media vuelta y regresar. Pero me había convencido de que era mi deber como amigo de ir a buscar a Jhon donde fuera. Por eso saqué fuerzas de flaqueza y seguí avanzando. Cuando llegué al umbral del bosque oscuro empecé a flaquear y no hubiera entrado si no fuera porque, en ese momento creí oír su voz llamándome desde lo profundo de la oscura espesura.

Avancé y enseguida sentí la humedad y el aire enrarecido que lo impregnaba todo. Había traído un pequeño candil teniendo en cuenta la oscuridad que reinaba en ese lugar, así que lo encendí con manos temblorosas. La luz apenas iluminaba un pequeño círculo alrededor, parecía como si la oscuridad sempiterna de ese sitio luchara por reducir esa pequeña esfera de luminosidad, apagándola para siempre.

Llegué a una encrucijada y me detuve indeciso. De sobras sabía lo fácil que era perderse por esos senderos. Pero entonces volví a escuchar la voz de John llamándome desde uno de los lados o, al menos, eso me pareció y seguí avanzando en esa dirección. Cuando volví a encontrarme con otra encrucijada volvió a pasar lo mismo y así fui siendo guiado a través de ese maldito lugar hasta que, al final, llegué a la cabaña del viejo. Allí todo estaba silencioso y parecía abandonado. Grité el nombre de John pero mi voz se perdió entre los árboles sin obtener respuesta. Armándome de valor avancé hacia la cabaña y abrí la puerta.

A la luz del candil pude ver al viejo sentado al borde de la cama, sosteniendo un vaso de ese oscuro licor lleno hasta los topes con la mano. Giró la cabeza y me miró con su ojo brillante. Esbozó una sonrisa sardónica y alzó el brazo con que sostenía el vaso bebiéndose todo el contenido de un solo golpe. Entonces empezó a reír de forma histérica mientras se tendía en la cama mirándome con aquel ojo que cada vez estaba más brillante.

Ante mis ojos ocurrió algo increíble que aún hoy me cuesta de creer. El cuerpo del anciano se fue deshaciendo poco a poco, convirtiéndose en ceniza. Pero lo que más me horrorizó en ese instante de pura locura es que, en el último momento, el viejo medio se alzó y, mirándome a la cara con un ojo que ya no brillaba sino que parecía normal e incluso familiar, gritó con una expresión de terrible ansiedad e inmenso pavor: “Paul”. Su mirada era la de John, su expresión, aunque dolorida era inconfundible aún en esa cara que no era la suya. Pero eso solo duró un instante ya que su cuerpo se desintegró rápidamente en un montón de ceniza.

Horrorizado por lo que acababa de ver di unos pasos hacia atrás golpeándome contra el marco de la puerta y cayendo el candil que llevaba al suelo. Éste se rompió y empezó a quemar la cabaña. Salí corriendo de aquel lugar. Corrí y corrí mirando sin ver, moviéndome sin sentir, escuchando aún en mis oídos aquel tremendo grito desgarrador y teniendo en la mente aquella mirada a la vez suplicante y aterrorizada.

Llegué sin darme cuenta a límite del bosque y de allí seguí presuroso hacia casa, demasiado excitado para darme cuenta de lo que hacía. Cuando llegué todo el mundo estaba levantado. Habían encontrado a John sano y salvo en la linde del bosque y nadie había notado mi ausencia.

Desde aquel día no volví a jugar con John. Rehuía mi presencia y no podía dejar de notar que su mirada ya no era la misma. No era el chico alegre y feliz de antes sino retraído, tan ensimismado en sus pensamientos que apenas hablaba. Sus padres también habían notado el cambio y decidieron trasladarse a la ciudad, donde quizás la presencia de muchos niños de su edad le alegrarían. Ya no volví a verle hasta después de 50 años.

Yo hice la carrera de médico y me instalé en mi pueblo natal para ejercer como tal. El pueblo creció hasta convertirse en una ciudad pequeña debido a la presencia del ferrocarril que hizo de nuestro pueblo un lugar de paso. Me había casado y tuve un hijo aunque desgraciadamente el parto fue mal y murió mi mujer. Para un médico es terrible la muerte de la mujer amada en las propias manos y siempre me sentí culpable por ello. Pero eso no viene al caso. Mi hijo creció, se casó y tuvo a su vez un hijo, mi nieto, al que adoro.

John, mientras tanto, había estudiado antropología y se le consideraba una autoridad en algunas oscuras materias que prefiero no saber. En estos últimos años había decidido retirarse al pueblo donde nació y vivía aislado en una gran mansión de las afueras. Algunas personas decían que hacía largas caminatas por el bosque, paseando entre los árboles sin rumbo aparente.

Mi nieto venía a pasar largas temporadas de vacaciones a mi casa durante el verano. Era un niño feliz y alegre que me recordaba a mi amigo de la infancia antes de que cambiara. Recordando lo sucedido hacía tantos años le tenía prohibido que se acercara al bosque oscuro que aún seguía siendo tan húmedo y sombrío como antes. Aunque, naturalmente, el pequeño iba al bosque por  la parte soleada y alegre.

Hace algunos días se encontró con el viejo John y estuvo toda la tarde con él buscando hierbas. Cuando me lo contó sentí escalofríos y recordé el grito del viejo desintegrándose: “¡Paul!”. ¿Porqué gritar mi nombre?, y, la pregunta que más me acuciaba, ¿Era realmente el viejo quien me gritaba?. Con todos estos temores en mi mente le prohibí terminantemente a mi sobrino que se acercara siquiera al viejo John. Pero él no lo comprendía. En su infantil bondad e inocencia no podía ver nada malo en aquel viejo amable y atento. Yo no me atreví a llegar al extremo de encerrarle en casa. ¿Cómo explicárselo a sus padres?. Por eso dejé salir al chico después de que me prometiera que no vería nunca más al viejo y, sobre todo, que no iría ni se acercaría al bosque oscuro.

Más, ¡infeliz de mí!, tendría que saber cómo es la mentalidad infantil. Tan atraída por lo prohibido y misterioso que falta hace que se prohiba una cosa para que ésta sea atrayente. Así que cuando esta noche no ha regresado a casa me he maldecido mil veces por mi negligencia y mi blandura y he corrido a casa del viejo John. Pero allí sólo estaba su mayordomo. Debía de estar en el bosque oscuro, lo presentía, lo sabía. Antes de ir pasé por casa y cogí la pistola que guardo contra los ladrones y un candil.

Era una noche de luna llena y no necesité del candil hasta que llegué al borde donde empezaba la parte oscura. Me interné caminando a paso rápido hasta que llegué a la primera encrucijada. Allí, indeciso, sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo cuando el viento hizo entrechocar las ramas de los árboles produciendo un sonido que se parecía vagamente a la voz de mi nieto. El sonido venía de mi izquierda y corrí en esa dirección. Otra vez como hace cincuenta años estaba siendo guiado por el bosque sólo que esta vez esperaba llegar a tiempo.

Al fin llegué al claro donde antes se levantaba la cabaña. Allí no había más que un círculo de tierra quemada pero, en el centro de ese círculo, estaba el viejo John, con una copa en la mano llena de aquel oscuro líquido y una sonrisa en la cara. Sus ojos brillaban como los del viejo de la cabaña y su aspecto era el mismo aunque su cara y su cuerpo fueran las de mi antiguo amigo. Antes de que lo pudiera impedir se bebió de un trago aquel líquido repugnante echándose a reír. Rápidamente se empezó a deshacer convirtiéndose en ceniza ante mis ojos. Pero lo que sacudió mi alma hasta sus cimientos con una ola de intenso horror fue algo que ya sabía que ocurriría. El viejo John cayó de rodillas aún deshaciéndose poco a poco y, de pronto, sus ojos perdieron su brillo y volvieron a tener humanidad cobrando un aspecto espantosamente familiar. El ser que se deshacía ante mis ojos se arrastró hasta que tocó mis rodillas. Entonces alzó la cabeza y mirándome a la cara balbució, con una garganta que se iba descomponiendo, una palabra casi ininteligible pero que yo entendí por haberla escuchado muchas veces: “¡abuelo!”.

Apenas fue un murmullo pero lo oí como si fuera un trueno. Sabía demasiado lo que aquello significaba. El cuerpo acabó por desintegrarse cayendo con un ruido sordo al suelo mientras yo salía corriendo de aquel lugar decidido a terminar con esa pesadilla de una vez por todas. Llegué a la linde del bosque después de correr sin parar y continué forzándome al límite de mis fuerzas hasta llegar a mi casa. Entré resoplando y allí, ante mi, se hallaba mi nieto, si es que lo podía seguir llamando así. Pero ya no tuve dudas cuando le miré a los ojos y vi esa sonrisa sardónica con esa mirada oscura y anciana en sus ojos. Sin pensarlo ni un momento saqué la pistola y disparé tres o cuatro veces, no sé, sobre aquel cuerpo que estaba poseído por algo que no era humano.

Hace poco que he llamado a la policía. El ser que he matado no era mi nieto, estoy convencido de ello. Era la encarnación de aquel viejo horrible, no estoy loco, han de creerme. Yo nunca hubiera hecho ningún daño a mi nieto, mi querido niño.

 

¡Dios mío!, su espíritu ha vuelto. Puedo sentirlo sobre mí, haciendo fuerza sobre mi voluntad... La pistola, NO, NO...

 

DIOS MÍO, PERDÓNAME

 

* * *

 

Acaban de leer los escritos de un loco que, después de realizar un crimen execrable, intentó justificarse acudiendo a las fantasías más disparatadas. Su propio sentimiento de culpabilidad le obligó más tarde a suicidarse no sin antes excusarse ante sí mismo y ante el mundo acusando a un ente imaginario de su suicidio. Es interesante el detalle de que se molestara en coger la pistola con la mano izquierda mientras seguía escribiendo con la derecha. No deja de ser una parte más de su locura en la que su mente se disociaba en dos.

Esta clase de locos no pierden la esperanza de que alguien vea “claro” y crea que sus fantasías son reales. Es en realidad su propio sentimiento de culpabilidad lo que les conduce ha hacer afirmaciones del tipo “yo soy inocente”, “era necesario”, “la culpa es la de aquel otro”, etc. Fíjense si no, por ejemplo, en este caso. Un hombre vive toda su vida en absoluta normalidad hasta que un día decide pegarle un tiro a otro en un rapto de locura llevado por sus insanas fantasías y luego intenta auto excusarse escribiendo un pequeño relato.

En este caso, el sujeto ya mostraba algún signo de su locura desde la muerte de su mujer que él creía que era por su culpa. Este sentimiento de culpabilidad le persiguió toda la vida hasta que, al final, resultaría en la búsqueda inconsciente de un motivo para quitarse la vida.

Afortunadamente, como en la mayoría de los actos hechos por locos de este tipo, el crimen es defectuoso y realizado de forma chapucera. La víctima en cuestión, un niño de doce años, no ha sufrido más que heridas de alguna consideración pero ninguna de ellas mortal ya que no se vio afectado ningún órgano vital. Pronto será dado de alta.