El Espejo

 

 

El timbre del despertador sacudió el dormido aire de la mañana. Su mano apagó perezosamente el ruido y el silencio volvió a la habitación. La persiana, a medio bajar, dejaba filtrar una luz azulada y triste. Una noche había pasado y un día, como tantos otros, despertaba.

Aún en la cama pensaba en lo monótona y aburrida que era su vida. Trabajando como dependiente en una tienda de comestibles y asistiendo por las noches a las clases nocturnas. Éstas representaban el salvavidas de las ilusiones que siempre había albergado. Llegaban a su mente las caras de sus clientes, ¡parecían tan amigables!, Quién sabía los pensamientos que albergaban tras su aspecto. Siempre con sus eternos problemas que tan fácil les era contar. La tienda parecía más un consultorio que un lugar de venta. Él sabía cientos de historias de todas clases: unas tristes, otras alegres, unas increíbles, otras, cosas de todos los días. No había historia que no llegara a sus oídos y sabía de todas las desgracias que ocurrían por los alrededores al poco tiempo de que éstas sucedieran de tal forma que podría, si quisiera, escribir un periódico local. Además hay que añadir que era tal el fervor que esas mujeres ponían en sus disertaciones que parecía que venían a la tienda para contar sus historias y que sólo compraban por compromiso.

Su vida era aburrida. Para él no se había hecho tanto chismorreo y cotilleo. Pero lo peor de todo era el dueño, con su paternalismo y su superioridad, siempre dando órdenes, mandando esto y aquello y lo de más allá. Él, claro está, todo lo hacía mal y siempre acababa el día cansado y triste, con ganas de lanzarlo todo por la borda. Pero no lo hacía y pasaba todos los días igual, uno tras otro, soportando el aburrimiento que le consumía, el cansancio que le dejaba sin fuerzas para estudiar y esa oscura rabia contenida que le dejaba la mente vacía de pensamientos agradables, muerto para la poesía y para todo aquello que hubiera deseado ser.

Se parecía tanto esa mañana oscura y fría a tantas otras. Siempre entre estas cuatro paredes tan conocidas por él. Tanto como el prisionero conoce las paredes de su celda. Cada rendija, cada sombra... Sus padres no querían comprenderle, él necesitaba algo que alimentase aunque sólo fuera un poco su alma. Algo que le diera un sentido a su vida. Esa vida que no vivía, que simplemente dejaba transcurrir, sin destino ni final, caminando hacia la muerte a cada paso...

Había intentado pintar, pero claro, luego vinieron las críticas: que si esta mancha no queda bien aquí, que si la perspectiva esta mal, que si esto, que si lo otro y lo de más allá. Él no era un buen pintor y lo sabía pero al menos al pintar expresaba sus sentimientos y se liberaba de las tensiones del día. A sus diecisiete años su vida no había cambiado nada y nada parecía poder cambiar en el futuro.

Estaba enfrascado en tan tristes pensamientos cuando alguien llamó a la puerta de su habitación. Su madre le apremiaba como todos los días para que no se durmiera y llegara tarde al trabajo.

-         Si mamá, ya voy – contestó.

-         Date prisa o llegarás tarde, ya son las seis – insistió ella.

-         De acuerdo, enseguida salgo.

De mala gana decidió levantarse de la cama, esa cama que le unía al mundo de los sueños y a una libertad irreal. Era tan agradable el sueño. Sin embargo su conciencia seguía hostigándole y, como siempre, la necesidad se impuso y el temor a llegar tarde fue más grande que su pereza. Reuniendo toda su voluntad apartó la manta con desgana y se levantó con un esfuerzo que le hizo pensar en mil protestas. Medio tambaleante y con los ojos semiabiertos buscó sus siempre escondidas zapatillas que encontró como todos los días debajo de la cama. Se vistió sin prisas y salió a un largo pasillo con aquel empapelado de tan mal gusto que ya estaba viejo y ruinoso. Abrió la puerta del lavabo y entró con paso cansado y arrastrado, mirándose casi por instinto en el viejo y oxidado espejo. Entonces se dio cuenta de que algo andaba mal en la habitación. Efectivamente, justo a su izquierda se alzaba un espejo tan alto que abarcaba toda su figura. El espejo estaba enmarcado por un complicado y trabajado armazón de hierro totalmente negro, de un negro intenso. El hecho era sorprendente, ellos no habían tenido nunca un espejo así. Por un momento se le pasó por la cabeza el error incalificable de un despilfarro caprichoso pero enseguida desechó esa idea. Sus padres eran muy mirados con el dinero que siempre escaseaba y nunca hubieran gastado ni un céntimo en un objeto tan ostentoso. Lo más probable era que un vecino lo hubiera encargado y, al no encontrarse en casa en el momento de la entrega, se lo hubieran dejado a su madre hasta que el vecino llegara. Sí, eso debía ser, pero era extraño que no le hubieran dicho nada, aunque sólo fuera para advertirle de que andase con cuidado en el lavabo, no fuera a romperlo. Ya iba a volverse para preguntarle a su madre cuando algo le hizo detenerse. –“juraría que he visto un movimiento”- pensó, -“pero no, no puede ser, habrán sido imaginaciones mías”-. Sin embargo se quedó para examinar más de cerca el espejo.

Se fijó en el reflejo de su cara, en sus ojos principalmente. Tenían un tono rojizo de sangre, como si estuvieran irritados. Intrigado se observó en el otro espejo, el que siempre habían tenido. En él el blanco de sus ojos era tan claro como de costumbre, sin ningún rastro rojizo en ellos. Luego volvió a mirar al espejo grande y para su sorpresa vio que debajo de sus ojos había unas bolsas grandes y muy pronunciadas, como si estuviera mucho más cansado de lo que sería razonable. Dio un rápido vistazo al otro espejo. –“No hay arrugas”- musitó sin querer. Ciertamente la cosa era extraña y comenzaba a sentirse asustado, pero, a pesar de todo siguió observando.

Le pareció que la figura hacía un ligero movimiento por su cuenta, uno de esos movimientos que más se intuyen que se ven - pero eso es imposible, no se puede mover solo,- pensó - Sin embargo hubiera jurado que...

Se fijó en la extraña mirada del reflejo, era una de esas miradas intensas que podían expresar sentimientos sin cambiar el gesto de la cara. Parecía suplicante, como si quisiera decirle algo.

De repente el reflejo movió un brazo y se quedó con la mano apretando la línea divisoria que se podría suponer separaba un lado del espejo del otro. Sintió cómo el frío del miedo se apoderaba de repente de su cuerpo dejándolo helado por dentro, el pánico le impedía moverse.

La figura del espejo empezó a golpear con los dos puños el límite que lo separaba de este lado. El aspecto de su rostro era realmente repugnante por la forma en que gesticulaba y hacía las muecas más asquerosas que se puedan imaginar. Parecía estar gritando pero no se oía absolutamente nada. Comenzó a sangrar sin motivo aparente alguno por la nariz mientras el rostro se volvía de un rojo intenso como si estuviera iracundo y ahogado a la vez.

A pesar de notarse al borde del colapso no podía mover ni una pestaña y su vista permanecía fija en la figura del espejo. Como su  cuerpo no le respondía a pesar de sus esfuerzos por salir corriendo no le quedaba más remedio que ser espectador involuntario del dantesco espectáculo que tenía lugar frente a él.

El ser empezó a golpear con más frecuencia y desespero que antes, de tal forma que parecía increíble que un ser humano pudiera moverse con tanta rapidez. Hasta la misma silueta de sus brazos y manos se confundía en una línea continua.

En ese momento se oyó un ruido como el que produce una grieta en un edificio a punto de derrumbarse. El crujido continuó y continuó, amplificándose en sonoros ecos y profundas resonancias. Aparecieron lentamente una serie de grietas que iban creciendo desde el centro del espejo mientras el ser del otro lado continuaba golpeando frenéticamente y el estruendo crecía hasta volúmenes que hacían vibrar los mismos cimientos de la casa. Pero, a pesar de todo, era incapaz de hacer otra cosa que observar y ver cómo las grietas iban creciendo hasta llenar toda la superficie del cristal.

Súbitamente cedió rompiéndose con estrépito y ya esperaba ver saltar sobre sí al ser del otro lado cuando se dio cuenta de que ahí no había nada. Donde había estado el reflejo ahora sólo se podía ver profunda e intensa oscuridad. Parecía como si hubiera un gran y enorme espacio vacío al otro lado del marco. – Seguramente” – pensó“será el color negro del fondo”. Pero algo le decía que no era así, que más allá había un vacío infinito de intensa oscuridad. Aunque eso era imposible. El espejo no estaba empotrado en la pared, en realidad se hallaba bastante separado de ella. Era del todo increíble que un espacio tan enorme surgiera del poco grosor del marco.

Un silencio absoluto se había adueñado de la habitación y sólo se oía su respiración agitada. Algo le impulsó a acercarse y tantear en la negrura. Dio un paso. Se sorprendió ya que él no quería acercarse a ese recuadro negro y profundo. Dio otro paso. Todos sus instintos le impulsaban a salir huyendo y, sin embargo no podía. Dio otro paso. Ahora el marco quedaba a pocos centímetros. Pensó que era absurdo lo que le ocurría pero, y pese a todos sus esfuerzos por hacer lo contrario, se inclinó lanzándose con los brazos extendidos al espacio abierto.

Era imposible pero allí no había nada, nada más que el espacio vacío, un enorme y oscuro espacio por el que caía y caía, dando vueltas lentamente. De vez en cuando veía el recuadro de luz que salía del marco del espejo por el que había entrado y que se iba haciendo más y más pequeño a medida que se alejaba.

 

Poco a poco la oscuridad más profunda le rodeó en medio de un silencio absoluto, una total ausencia de sonido que desconectaba sus sentidos. Pronto no hubo nada. Ni siquiera la sensación de arriba o abajo, sin sonidos, rodeado de total oscuridad, sin apenas noción del tiempo transcurrido. Podrían haber pasado segundos, minutos, horas... ¿quien sabe?, quizás años o toda una eternidad. Un extraño sopor se apoderó de su cuerpo y la somnolencia hizo presa fácil de su mente hasta que, al final, se durmió en un sueño sin imágenes. Quizás el extraño sueño de la muerte que es el no ser, el no pensar, el infinito sueño de la inexistencia.

 

Después de un lapso de tiempo indeterminado en el espacio azul sin límites, se oyó de pronto un sonido:

El timbre del despertador sacudió el dormido aire de la mañana...