El
Viaje al Otro Lado
La
calle era estrecha y oscura. Sus antiguos edificios se alargaban hacia arriba
donde parecían querer unirse, dejando sólo una estrecha rendija por la que se
podía ver el cielo grisáceo y mortecino de una tarde lluviosa. En la base de
las negras paredes, desgastadas por el tiempo y la humedad, la oscuridad de los
portales se alternaba con las franjas de luz amarillenta de las tiendas. Yo
avanzaba, perdido y con pasos inseguros, mientras una sensación de urgencia me
atosigaba. Tenía que encontrar la calle, era importante, lo sabía. Pero, ¿dónde
estaba?.
¿Y si
preguntaba en uno de esos comercios?. Sus mostradores, con las viandas bien
ordenadas de aspecto apetitoso a la cálida luz de las bombillas, parecían
invitarme. Esas tiendas tenían la presencia de las cosas viejas. Como si hubieran estado allí desde siempre. Con sus
tenderos de sonrisa amable, la bata gastada y el lápiz empequeñecido por el uso
colgado de la oreja. Estaba dudando qué hacer cuando oí una voz cascada por la
edad que me preguntaba:
- ¿Le puedo ayudar en algo, joven? – Me giré
y vi al típico viejecito amable con el pelo ralo totalmente encanecido de ese
color plata de pálidos reflejos.
- Si, gracias – dije, y le pregunté por la
calle que buscaba.
Pensó un rato acariciándose la barbilla, el
ceño fruncido, la mirada hacia arriba y luego dijo:
- No, esa calle no me suena, lo siento. Pero
quizás en la tienda de al lado sepan algo – Empezó a llamar a gritos, voceando
con las palmas de las manos apoyadas en la cara haciendo bocina. Su voz tenía
ese tono que se utiliza para los amigos o conocidos de toda la vida.
Al poco salió una viejecita por la puerta de
atrás del mostrador. Su pelo estaba recogido en un moño discreto y funcional.
La bata, aunque pulcramente limpia, se notaba que había conocido tiempos
mejores. Tenía varios remendones y arreglos, como si fueran las medallas al
trabajo de toda una vida.
- Oye vieja –empezó él en tono cariñoso -
¿sabes donde está la calle que busca este señor? – empezó. Y se enfrascaron en
un diálogo plagado de recuerdos. Calles, plazas, monumentos y demás puntos de
referencia pasaron revista a su memoria hasta llegar a la conclusión de que esa
calle no estaba en el barrio.
- Debe estar en el otro barrio – comentó el
tendero con gesto pensativo - ¿verdad vieja? – añadió dirigiéndose a su amiga
en busca de aprobación.
- Si, carcamal – contestó ella en juguetona
venganza al apelativo de “vieja”. Y, luego, dirigiéndose a mí en un tono más
correcto pero no menos amistoso - ¿Porqué no prueba usted uno de éstos? – dijo
señalando los pastelitos que tenía delante – No se preocupe que no le cobraré
nada. Sólo quiero que me dé su opinión – añadió.
De nada valieron mis protestas, su
hospitalidad le obligaba. Las costumbres de otro tiempo habían echado raíces en
ese lugar conservando con ellas una isla de recuerdos así que probé un
pastelito. Su sabor me trajo imágenes de mi infancia. Aquellas cosas que uno
tiene encerradas en el fondo de la mente y que emergen como trozos de hielo en
el agua, flotando en la consciencia como boyas de señales en llamada a
recuerdos olvidados. Le dije que estaban buenísimos.
Ella sonrió halagada. - Pruebe en el otro
barrio – dijo mirándome a los ojos – ya verá como tiene más suerte.
- Y, ¿cómo se llega al barrio ese? - pregunté
- Es fácil – contestó – solo ha de seguir
esta calle hasta el fondo, allá donde las sombras se juntan, y llegará a una
plaza. Entonces vaya por la calle más angosta. No tiene pérdida.
Seguí sus indicaciones y llegué a la plaza
con mis pasos resonando en el silencio. Un silencio absoluto. Parecía como si
el mismo aire se hubiera detenido. Miré alrededor para localizar la calle que
tenía que tomar pero no había ninguna otra salida. La plaza estaba rodeada de
altos edificios y sólo se accedía por donde había entrado.
Había un pozo en el centro. A pesar de la
oscuridad estaba iluminado por alguna luz indirecta cuyo origen no podía ver. A
esa extraña luz se podían ver todos sus detalles. El aro metálico, algo oxidado
por la humedad, del que colgaba la cuerda caía a un lado con el cubo en el
suelo. Estaba hecho de piedras, que hacían las veces de ladrillos, redondeadas
y unidas por argamasa. Algunas tenían ese color verdoso del moho que aparece en
las zonas más húmedas. Otras aparecían pulidas, con la suavidad del esmalte y
un brillo nacarado.
Me acerqué para ver mejor. A medida que me
aproximaba crecía la visión de la curva oscura del túnel que se perdía en las
profundidades. Y fui tomando consciencia de una idea absurda pero que me atraía
por su simplicidad: Esta plaza no tiene más salida. ¿No será ésta la “calle
angosta” a la que se refería la vieja?.
Me asomé al borde y miré su interior.
Oscuridad, silencio. Dije “hola” en voz alta y el sonido rebotó con la
sonoridad de los espacios huecos, prolongándose un rato en mis oídos antes de
morir. Por su lado interior, la pared del túnel tenía bastantes protuberancias
ya que las piedras que lo formaban no encajaran bien. Dejaban múltiples
salientes que hacían fácil la escalada. Sujetándome con ambas manos levanté una
pierna y la pasé al otro lado. Luego pasé la otra pierna y empecé a bajar,
colocando un pie tras otro en los rebordes, sujetándome con fuerza a la
resbaladiza superficie.
Mi descenso era lento pero constante y pronto
sólo quedó un círculo de luz en lo alto. Única prueba de que estaba en un pozo
y que bajaba por su túnel. Rodeado de una oscuridad cada vez más intensa,
parecía cómo si el círculo de luz que se perdía en lo alto fuera la luna de una
noche sombría. Era una sensación difícil de evitar. Yo escalaba un muro
infinito en una noche cerrada y sin nubes con la luna como único testigo.
De pronto perdí pie. Sin poder agarrarme a la
resbaladiza superficie me vi cayendo boca arriba rodeado de oscuridad, mirando
a esa luna en el cielo que se iba empequeñeciendo poco a poco. Pero había algo
extraño en esa caída. Algo que no encajaba. Me di cuenta de que no notaba el
roce del aire en la espalda. Era como si estuviera flotando en el espacio y
fuera el círculo de luz el que se alejara. Pasó el tiempo y la luna se
convirtió en estrella y la estrella en nada. Ya no tenía referencias, solo
oscuridad y silencio.
Me invadió un sopor creciente. Sólo existía
mi cuerpo y apenas lo sentía. En medio de la nada absoluta daba lo mismo tener
los ojos abiertos o cerrados. Pasó un tiempo sin medida y caí en la somnolencia
de un sueño sin imágenes.
La caverna
Cuando desperté estaba extendido en el suelo
boca abajo. La oscuridad a mi alrededor era total pero al menos podía notar el
frío de la tierra bajo mi cuerpo y la gravedad atrapando mi peso. Ese contacto
me daba la sensación de realidad que necesitaba. Existía algo, más allá de mis
pensamientos. Tenía un cuerpo y había un suelo. Aunque estuviera helado.
Mis manos recorrieron la superficie notando
una secuencia de curvas suaves. Era pulida y acanalada, como si varios tubos de
diferentes grosores pasaran por debajo. No se notaba la presencia de polvo o
suciedad. No había piedras sueltas. Era una superficie continua que se alargaba
más allá, en todas direcciones. Me incorporé lentamente y extendí los brazos
para evitar golpearme contra el techo. Pero pude levantarme del todo sin
tocarlo. Salté lo más alto que pude intentando llegar con las manos pero no lo
conseguí. Si había un techo estaba muy lejos. Grité pero mi voz se perdió en el
vacío. Sólo tenía un suelo y nada más. El resto era oscuridad.
Decidí moverme y buscar la salida o, al
menos, algún lugar más iluminado. La oscuridad era tan absoluta que ni siquiera
podía verme las manos. Quizás estaba ciego y no lo sabía. De cualquier forma
tenía que moverme. Pero no me atrevía a andar erguido. Podía tropezar o caer en
algún hoyo o precipicio. Incluso chocar contra alguna pared. Era mejor ir a
gatas.
Como no tenía ningún punto de referencia
decidí escuchar un rato atentamente... Nada, ningún ruido, solo mi respiración.
Intenté percibir alguna corriente de aire... Quietud absoluta. Avancé pues
siguiendo las líneas acanaladas del suelo en una dirección cualquiera.
No sé cuanto tiempo pasó, quizás solo
minutos, pero hubo un momento en que conseguí
escuchar muy débilmente un murmullo apagado. Era uno de esos sonidos que
notamos, más que oímos, en el umbral de nuestra capacidad auditiva de forma que
dudamos de su existencia. ¿Realmente lo oía o era algo producido por mi mente
en un intento de llenar el vacío?.
Me arrastré gateando en esa dirección. La
oscuridad seguía siendo absoluta y el tiempo pasaba sin que supiera cuanto
había transcurrido. Mi lento avance se convirtió en una rutina hipnótica. Un
paso y luego otro y otro. Siempre lo mismo, de forma regular.
Avanzaba hacia la fuente del sonido más por
intuición que por un sentido claro de su origen. Al final llegó un momento en
que el sonido dejó de ser una sensación apenas percibida, una imaginación del
subconsciente, para convertirse en algo claro y real. Ya se podía intentar
identificar, hacer coincidir con algún recuerdo sonoro y obtener una imagen:
Era el característico ruido del agua.
Gateé más rápidamente. El volumen fue
aumentando, adquiriendo una sonoridad rica en matices. Un suave burbujeo, el
resonar lejano de una cascada, el sonido de las gotas cayendo desde una cierta
altura, golpeando en una gran masa de agua. Un gotear con reverberaciones
cavernosas cuyos ecos alargados se repetían infinitamente.
El suelo, suave y fino como el mármol, dio
paso a una gravilla arenosa de grano fino, con algunas piedras de varios
tamaños dispersas aquí y allá. Hundí mis manos en la húmeda arena notando cómo
se adhería a mi piel y seguí avanzando. Me imaginaba en una playa grande y extensa.
Al final llegaría a la costa de algún lago subterráneo.
Enterrando una mano tras otra llegué al fin a
notar el contacto helado del agua. Saqué mi mano y la extendí sobre la
superficie, quedando apenas en contacto y deduje que el agua estaba calmada, sin
apenas oleaje. Proseguí por la orilla, acercándome a la cascada que había oído.
Debía estar cercana a juzgar por el ruido que producía.
Avancé por esa orilla dejando el lago a mi
derecha y, al poco tiempo, volví a notar la rudeza de la roca bajo mis manos.
Pero esta vez la superficie era rugosa y afilada. Como la piedra erosionada por
el viento. Con ese grano penetrante que se hunde en la piel dejándola marcada.
Aquí el terreno empezaba un suave ascenso,
alejándose de la superficie del lago. La cascada debía provenir de algún arroyo
que venía desde lo alto y desembocaba con estrépito después de su viaje. Decidí
subir. Quizás allá arriba encontraría alguna salida al exterior.
Empecé el ascenso y me encontré con la
corriente de agua que caía a gran velocidad. En su avance había creado un suave
cauce por el que se deslizaba. Seguí ascendiendo siguiendo su curso. A lo mejor
podía llegar a su fuente.
La pendiente era cada vez más acusada. Al
final me vi escalando por un risco, apoyando los pies en la oscuridad y
tanteando cada movimiento de subida. No sabía si la dirección era correcta
pero, ¿qué importaba?, ya no podía volver.
Subía fatigosamente, descansando de vez en
cuando para recuperar el aliento. No podía tenderme en el suelo o sentarme ya
que estaba en lo que debía ser la pared de un precipicio. Sólo podía descansar
de pie y empezaba a notar el cansancio. Las piernas me dolían por el esfuerzo
excesivo. Me preguntaba, ¿porqué había sido tan estúpido?, ¿cómo se me había
ocurrido empezar a subir en estas condiciones?. Ahora ya no podía parar. Había
de llegar a algún lado donde pudiera descansar.
Con mucho esfuerzo seguí subiendo pero mis
piernas flaqueaban y empecé a tropezar. Caía unos centímetros hasta que
conseguía detenerme sujetándome con dificultad. Después de uno de estos
deslizamientos me encontraba descansando, recuperando el aliento con el susto
aún en el cuerpo, cuando me di cuenta que podía ver un poco de lo que me
rodeaba. Sólo eran sombras mezcladas con más sombras. Formas oscuras contra un
fondo negro. Pero podía distinguir el contorno de mi mano, quizás más adivinada
que vista. Miré hacia lo alto y allí la oscuridad parecía menor. Por fin estaba
llegando a la salida.
Con renovadas fuerzas continué escalando
observando que la oscuridad a mi alrededor empezaba a menguar. Al poco volví a
mirar hacia arriba. Había un ligero resplandor allá en lo alto. Tenía una
tonalidad verdosa que recordaba la vegetación de un bosque o de una selva. A
medida que ascendía la luz se fue haciendo más intensa hasta que pude
distinguir sin esfuerzo el contorno de las rocas a mi alrededor. Vi entonces
que estaba ascendiendo por una pared rocosa que tenía una cierta curvatura.
Parecía como si fuera un túnel de un diámetro enorme del que sólo podía ver el
lado en que estaba. El otro extremo se perdía en la oscuridad. Pensé que debía
estar subiendo por un pozo. Un pozo gigantesco eso sí. Quizás rehacía el camino
de mi caída, ascendiendo en vertical por ese túnel que subía hasta la boca por
donde se filtraba la luz.
Después de un rato llegué hasta el final y me
encontré en el borde de un agujero inmenso abierto en el suelo. Acabé de salir
y quedé extendido cuan largo era totalmente exhausto. Estaba dentro de una
cueva y tenía frente a mí la abertura que daba al exterior.
El bosque
Asomé la cabeza protegiéndome los ojos. La
luz, aunque tenue, era demasiado intensa para mí, acostumbrado a la oscuridad.
Enfrente se extendía un bosque espeso y lleno de vida. Un sinnúmero de pequeños
sonidos reemplazó el silencio al que me había acostumbrado. El canto de los
pájaros, el sonoro discurso de las cigarras, la suave brisa agitando las copas
de los árboles. Y también las fragancias variadas de las flores, la húmeda
esencia del musgo, la frescura del aire libre. Era como una bendición. Me sentía
como el preso que recobra la libertad después de varios años. Volvía a vivir.
Empecé a caminar por ese bosque maravilloso,
atravesando una sinfonía de colores, sonidos y perfumes que asaltaban mis
sentidos. Me sentía eufórico y avancé con una sonrisa beatífica rodeado de
hermosura. Allá donde mirara el espectáculo era magnífico. Hongos gigantescos
que se agrupaban como las casas de un pueblo de gnomos. Flores de colores nunca
vistos y olores desconocidos pero que evocaban recuerdos subconscientes. Árboles
como torres de castillos medievales, con huecos que parecían ventanas o
puertas. Maravilla tras maravilla a cada paso.
Al cabo llegué a un claro en ese bosque de
fantasía. En el centro se alzaba un árbol inmenso cuyas ramas se curvaban por
el peso de sus extraños frutos hasta casi alcanzar el suelo. Al pie del árbol
una viejecita lo regaba con movimientos lentos y cuidadosos. Tenía el aspecto
desaliñado, el pelo enmarañado, la ropa arrugada. Toda su atención se centraba
en el árbol. Lo recorría con pasos cortos, arreglando sus hojas, quitando la
maleza, cuidándole con cariño. Estaba tan concentrada en su trabajo que no se
dio cuenta de mi presencia.
Yo me quedé observando fascinado los frutos
del árbol que colgaban a poca distancia del suelo. No sólo por lo inverosímil
de su naturaleza: libros, macetas con flores, vajilla, cuadros, muebles, si no
porque me traían recuerdos de un pasado remoto. Recuerdos olvidados, momentos
felices, cariños perdidos, cosas que se van, que se alejan en el tiempo. Objetos
que nos atan por el significado que les damos, como si enterráramos parte de
nuestra alma con ellos.
En ese momento la anciana reparó en mí y
preguntó:
- Hola, hijo, ¿quién eres?, ¿cómo te llamas?.
Fui a responder y me di cuenta de que no
podía. No recordaba mi nombre. No sabía quien era. Lo único que recordaba era
la urgencia que me guiaba. Tenía que llegar a un sitio. Era preciso. Se lo
dije, esperando alguna ayuda, pero ella me miró a los ojos con una mirada
bondadosa y preguntó:
- ¿Estas seguro?, ¿no prefieres quedarte
aquí, entre los frutos de este árbol?. ¿Es que no los reconoces?.
Y, sí, había algo en ellos que me era
familiar. Como si me hubieran pertenecido en el pasado y notaba el cariño que
les tenía. Pero sólo eran objetos, útiles unos, simples adornos otros. Pero
objetos al fin y al cabo. ¿Es que quizá me devolverían mi pasado?, ¿podrían
devolverme la vida que ya no recordaba?. ¿Eran esos fragmentos todo lo que
quedaba de mí?. Sabía que no. Sólo eran recuerdos de un pasado que ya no
existía. Yo tenía que llegar a mi objetivo. Le respondí que no podía quedarme,
que tenía que proseguir mi búsqueda.
- Entonces has de continuar tu camino – dijo
con una sonrisa – has de seguir por allí – y señaló un sendero que se perdía
entre la maleza. – Continúa hasta llegar a la playa y quizás allí encontrarás
lo que buscas.
Se dio la vuelta y siguió en su eterna tarea
como si yo ya no estuviera allí. Como si de hecho nunca hubiera estado.
La playa
Avancé entre los árboles siguiendo el sendero
que me había indicado. Pasé a través de arbustos y lianas que se cruzaban en
medio del camino, apartando los obstáculos que me iba encontrando y dejando a
los lados muros de espesa vegetación. La luz del sol me llegaba en franjas que
se alternaban con la sombra de las ramas. Calidez y frescura de forma
intermitente.
Cuando aún estaba a una buena distancia,
escuché el sonido del oleaje. Aquél ir y venir de las olas en avance y
retirada. Me llegó el olor del agua salada con su mensaje de espacios abiertos,
de la arena y del mar. Aparté las últimas ramas y arbustos y allí estaba la
línea azul oscuro del horizonte dividiendo cielo y mar de oriente a occidente.
Ante mí, esperándome, la playa inmensa y dorada, de arenas limpias, sin marcas,
inmaculada y virgen.
Me quité la ropa y la dejé a un lado del
camino. Prefería la desnudez de mi cuerpo. Hollé con decisión aquella
superficie alisada por el viento y las mareas dejando las huellas de mi paso.
La arena era caliente y mis pies se hundían en ella con un cosquilleo. Llegué
al límite señalado por la línea húmeda de la arena mojada y levanté los brazos
al aire y al sol. Sentí la brisa recorriendo mi cuerpo como una suave caricia.
Una felicidad que ya no recordaba me llenó. Me tendí boca arriba, con la
espalda aguijoneada por miles de pequeños granos y el pecho expuesto al cálido
sol del mediodía. Cerré los ojos y dejé pasar el tiempo.
El mediodía se convirtió en la tarde y el sol
descendió desde su zenit hasta el mar. Empezaba a refrescar y abrí los ojos. El
cielo se había oscurecido pero el resplandor rojizo de la puesta del sol
incendiaba el horizonte. Me incorporé y observé el espectáculo. El brillante
círculo solar se había vuelto rojo y descendía lentamente acercándose a la
línea del mar. Todo era nítido. El círculo perfecto. El mar en calma, sin olas
y con la superficie inmóvil, formando una línea clara y precisa. El borde del
círculo llegó a tocar la línea del horizonte y, durante un instante, línea y
círculo se unieron en un punto. Pero el sol prosiguió su curso atravesando la
línea y entrando en el mar. Sin embargo aún podía verse su parte sumergida a
través del océano cristalino, hundiéndose en el mar, atravesando la superficie,
hasta que todo él estuvo sumergido. La luz disminuyó sensiblemente y las
estrellas empezaron a salir como joyas colgadas del tapiz azul oscuro del
cielo. Una franja luminosa aún permanecía sobre la línea del horizonte mientras
el sol, un circulo rojizo de luminosidad apagada, proseguía su viaje hacia las
profundidades.
Me incorporé y caminé hacia el borde del
agua. Podía ver el círculo solar a su través y entonces lo supe. Sabía lo que
tenía que hacer. Tomando impulso salté y me sumergí, notando el choque frío del
agua mientras me hundía hacia el fondo. Nadé hacia el sol con los ojos
abiertos. Braceé con vigor, abriéndome paso en dirección al abismo, bajando más
y más, alcanzando profundidades imposibles.
El sol recobró su brillo rodeándome con una
luz espectral y recordé. Recordé la vida pasada, los amigos, el amor. Caí en un
túnel de luz que me llevaba a gran velocidad.
Mientras me disolvía, fundiéndome con la luz,
acudieron a mí las olvidadas presencias de antaño. Los compañeros del viaje de
la vida que ahora se unían a mí de nuevo en este viaje al otro lado.
El hospital
El ambiente de la sala era frío, con esos
colores blancos y la limpieza aséptica. El médico estaba acabando su trabajo
ayudado por la enfermera. Era una tarea rutinaria aunque desagradable. Todas
las autopsias lo eran.
- Bueno, esto ya está – dijo cubriendo el
cuerpo – ya tenía ganas de acabar, mi esposa me espera para ir a una fiesta.
- Si, yo también estoy algo cansada –dijo la
enfermera – estas cosas aún me ponen triste. ¿Se ha fijado en la expresión de
su cara?. Parecía feliz.
- No sé. La verdad es que no me fijo en estas
cosas. Quizás es porque se murió cuando estaba dormido.
- Es posible. Ni se dio cuenta. Me pregunto
en que estaría soñando cuando sucedió.
- ¡Venga!, no se ponga triste. Ha de aprender
a superar estas cosas. Nosotros sólo hacemos un trabajo. Nada más. No vale la
pena hacerse esas preguntas.
- Ya lo sé, doctor, ya lo sé. No se preocupe,
la próxima vez estaré mejor preparada.
Pusieron el cadáver en la cámara frigorífica.
Un cuerpo más en el congelador. Y salieron para proseguir sus vidas como tantos
otros días.