Las explosiones resuenan y la tierra tiembla
bajo mis pies. Siempre me cogen desprevenido con su terrible ruido y yo me
agazapo más y más en mi agujero. El ruido de los disparos, en cambio, hace de
contraste. Es más continuo y parece una melodía de fondo, aunque sea una música
mortal. Tengo miedo pero hace tanto frío que no puedo pensar en ello, estoy
tiritando y ya no puedo abrigarme más en este terreno helado. Las placas de
nieve machacada cubren la tierra con ese color grisáceo, mezcladas con el fango
del suelo acribillado, amontonándose en los bordes menos transitados. Parecen
pequeñas montañas de inmundicia.
Mi respiración es agitada. Puedo ver el vaho
de mi aliento alejándose de mí a la pobre iluminación de la luna llena. El cielo
está despejado allá arriba pero por aquí abajo la niebla flota a ras de suelo,
elevándose a veces y cubriéndome con su halo protector, escondiéndome del ojo
asesino que espera en cada rincón, tras cada roca o trozo de muro. El cielo
arriba y el infierno abajo. Y es un infierno con la decoración adecuada, todo
está destrozado, no hay ni una casa en pie, solo algunas paredes, fragmentos de
mosaico en el suelo, trozos de muebles tirados por ahí. Lo irónico del caso es
que yo soy uno de los responsables de ello.
Esta tarde, cuando estaba en el bar con mis
compañeros, la guerra no parecía tan mala. No es que fuera una cosa buena, no,
pero tampoco era tan mala. Estabamos bebiendo esa cerveza negra tan espesa que
consigue el camarero de, vete a saber donde, escuchando las últimas noticias de
la radio y jugando a cartas a la cálida lumbre de la chimenea. La guerra
continuaba ahí fuera pero en ese momento la teníamos lejana, escondida, nos lo
estábamos pasando bien.
Entonces, en lo mejor de la partida, entró
por la puerta del local nuestro capitán. Sólo entrar ya supimos que había
movida, lo tenía escrito en la cara. Se dirigió hacia nosotros, con esas
grandes zancadas suyas, y nos dijo:
-
Chicos, movida. Venga, os espero en el
hangar.
Y salió tan rápido como había entrado.
Siempre era así, no perdía demasiado tiempo en explicaciones pero era un buen
capitán y, sobre todo, un magnífico piloto. Todos lo admirábamos.
Recogimos las cartas de la mesa y pagamos a
Joe, nuestro camarero favorito. Era un viejo marchoso, que se moría de ganas
por enrolarse en alguna unidad. Pero, claro, siempre había sido rechazado a
causa de su edad. Al final, consiguió este empleo en el bar de pilotos. Decía
que al menos así estaba cerca de la acción.
- ¿Qué, otra vez de marcha? –dijo mientras nos
hacía un cálculo global, mirando por encima las botellas que se acumulaban
sobre la mesa – Y, ¿qué es esta vez?, ¿bombardeo del frente?, ¿alguna presa?,
¿instalaciones militares?.
- No lo sabemos Joe –dije- ya sabes que no
nos lo dicen hasta justo antes de subir a los aviones.
- ¡Dios!, daría cualquier cosa por ser unos
cuantos años más joven y poder acompañaros, sobrevolar el campo enemigo y joder
a esos hijos de puta. No sabéis cuanto os envidio.
- Venga Joe, tu haces tu trabajo. Te
necesitamos aquí, ya lo sabes.
- Sí, pero no es lo mismo –dijo moviendo la
cabeza- No señor, no es lo mismo.
Nos dio el cambio y le dejamos una buena
propina, le teníamos mucho aprecio. Mientras nos dirigíamos al hangar le
pregunté a Marc por su novia. Alto, delgado, de pelo pajizo hace un auténtico
contraste conmigo, de constitución más robusta y moreno. Pero es mi mejor
amigo, de los que sabes que puedes confiar en él. En más de una ocasión me
había salvado el culo allá arriba y yo también a él. Hacían falta pocas palabras
para entendernos.
- ¿Qué tal te va con Mary? –dije,
retrasándome un poco para que el resto de los muchachos nos adelantara- ¿seguís
peleados?
- Oh, ¡esta atontada!. Te lo juro Jhony, me
tiene de los nervios.
- ¿Sigue con esa historia de que te cambien
de destino?
- Si, sigue con lo mismo. Es tozuda como una
mula. ¿Es que no puede comprender que mi sitio es este?. ¡Mujeres!
- No se puede vivir con ellas ni sin ellas
- Si, ni que lo digas –calló un momento, como
recordando, y luego añadió- La verdad es que la quiero mucho. Cuando pienso en
su mirada infantil y la sonrisa esa que tiene... uf!, me muero de ganas.
- Tienes suerte cabronazo –dije dándole una
fuerte palmada en la espalda.
Llegamos al hangar. Nuestros aviones se
alineaban uno junto al otro, como si estuvieran preparados para pasar revista.
Eran unos aparatos magníficos. El capitán estaba hablando con los mecánicos.
Cuando nos vio, nos dijo.
- Ya esta todo listo. Esta vez se trata de
acribillar las líneas enemigas para apoyar el avance de la infantería. Será
peligroso, ya sabéis, la artillería nos dará caza. Seremos el blanco de una
caseta de feria, los patitos del tiro al plato vamos –paró un momento
mirándonos a los ojos para asegurarse de que entendíamos donde nos íbamos a
meter y luego continuó- Atacaremos en formación de cuña. Yo al frente, cada uno
en su posición de las alas. ¿Alguna pregunta?.
Nadie dijo nada, todos estábamos serios.
Sabíamos que la cosa sería dura.
- Muy bien entonces. ¡Todo el mundo a su
sitio!
La luz del crepúsculo iluminaba nuestros
aparatos mientras cruzábamos el mar rumbo al continente. A nuestra derecha las
nubes bajas del horizonte estaban encendidas con tonos rojizos y anaranjados.
Encima de nosotros el cielo se tornaba azul oscuro y empezaban a aparecer las primeras estrellas aisladas. Volábamos a
gran altura, en ese reino mágico por encima de las nubes donde el cielo es más
claro y las miserias de la tierra parecen lejanas e inexistentes. Por debajo de
nosotros la capa nubosa formaba amplias lagunas y, en la oscuridad del fondo,
se podían vislumbrar los campos, las montañas, las zonas urbanas. Las luces,
puntos dispersos que rompían la negrura del fondo, eran escasas en esta época
de lucha. A lo lejos, enfrente de nosotros, el brillo de las explosiones
iluminaba las oscuras nubes como relámpagos de una tormenta feroz. Y nosotros
nos dirigíamos allí, al centro de ese huracán de destrucción que ya se había
cobrado miles de víctimas.
Empezamos a bajar. El escuadrón alineado
alrededor del capitán parecía el cuerpo de un animal gigantesco. Bajamos y
bajamos, cruzando las franjas nubosas y perdiendo la visibilidad durante algún
tiempo. De repente, las nubes desaparecieron y vimos el oscuro campo de
batalla. Un área de terreno desbrozado y torturado por las explosiones, el avance
y retroceso de miles de hombres en formación compacta y el paso de la
maquinaria de guerra. Nada podía crecer en ese sitio, todo estaba roto,
machacado, pulverizado. Como un averno de pesadilla regado con la sangre de los
hombres.
Caímos sobre las líneas enemigas ametrallando
cualquier cosa que se moviera. Éramos como el caballo de Atila, al igual que
él, dudo que la tierra volviera a florecer jamas a nuestro paso.
Hicimos la primera pasada sin que el fuego
anti-aéreo nos molestara demasiado, apareciendo de repente y descargando
nuestro golpe antes de que el enemigo pudiera reaccionar. No sería lo mismo en
la segunda pasada. Lo sabíamos.
Ascendimos hacia el cielo, girando para
volver a descargar otro golpe. El viento gritaba en nuestros oídos y la sangre se
agolpaba en los corazones. No pensábamos. Sólo realizábamos la acción tantas
veces repetida.
Caímos de nuevo, como el martillo de un
asesino implacable sobre su víctima, y descargamos nuestra furia mortal en un
segundo golpe demoledor. Vimos los cuerpos de los soldados saltar al suelo
rebotando al son de las balas y rompiéndose en mil pedazos sangrantes. La
carnicería era dantesca.
Pero esta vez sí que la artillería enemiga
cobró su precio. Vi cómo uno de nuestros aviones se precipitaba envuelto en
llamas, girando descontrolado, y pensé: ¡salta!, ¡salta!. Pero fue inútil. Un
cráter más adornó el terreno, uniendo en la muerte a amigos y enemigos.
Salimos otra vez ascendiendo a las seguras
alturas cuando aparecieron. Era un escuadrón enemigo y estabamos en su terreno.
El capitán nos indicó otra formación y nos apresuramos para reorganizarnos.
Cuando cargaron contra nosotros ya estábamos preparados.
La lucha fue intensa. Yo me centré en uno de
los aviones enemigos lanzándome contra él. Estaba en buena posición y le
perseguí como un perro de presa. Giró en una maniobra casi suicida para librase
de mí y yo giré tras él. Seguimos en una danza macabra de giros y contra giros
en la que la pericia y el valor apuraban el riesgo de la partida. Yo apuesto
esta maniobra suicida contra tu juego ¿me sigues o pasas?. Te sigo, no te
escaparás.
En la excitación del combate perdí el
contacto con los demás. Estábamos los dos solos en el aire, en combate
singular. Tan cerca que podía ver la cabeza de mi enemigo. Casi podía adivinar
la expresión tras su máscara. Entonces inició un picado tremendo y yo le seguí
intentando colocarme tras su ala. Me concentré en esa lámina de metal, con la
bandera enemiga pintada a los lados. Nada más existía, solo mi objetivo y yo.
Apunté con cuidado mientras pilotaba el avión de forma refleja. Visualicé mis
balas en su viaje antes de disparar y, entonces, apreté el gatillo. Disparé una
ráfaga continua y larga, enviando la muerte por delante. Y pude ver cómo el ala
saltaba en pedazos y el avión caía de forma irreversible.
Pero mi victoria fue efímera porque, en ese
preciso instante, noté un dolor tremendo en la pierna. La artillería me había
alcanzado. Era tanta mi concentración por cazar a mi enemigo que no me di
cuenta que me llevaba hacia el alcance de los anti-aéreos.
Soportando el dolor de la herida intenté
aterrizar con el maltrecho aparato. Afortunadamente las alas y la cola estaban
intactas pero perdía combustible rápidamente. Al poco el motor se paró con un
petardeo y tuve que planear en busca de un terreno llano. Pero era una difícil
tarea en esa región de colinas bajas y no lo encontré. Me resigné a aterrizar
encima de una pequeña planicie que había en lo alto de una extensa colina.
El curvado horizonte se abalanzó sobre mí y
levanté el morro de mi aparato intentando frenar mi impulso. Parecía el jinete
de un caballo encabritado solo que iba mucho más rápido. El golpe final fue
tremendo y salí disparado, volando hacia unos árboles cercanos donde aterricé,
rompiendo varias ramas y algunos huesos antes de parar en el suelo.
Y ahora estoy aquí, oculto en la sombra de
este agujero, bajo la luz de la luna con el frío congelándome las manos. La
pierna me duele horrores y apenas puedo caminar. Además creo que empiezo a
tener algo de fiebre. Miro a mi alrededor y veo el campo ondulado, relleno de
cráteres como si fuera la superficie lunar. Sé que estoy en la zona enemiga,
que el frente está ahí delante y he de pasar a su través para llegar hasta los
míos. Reúno fuerzas e intento levantarme pero apenas consigo ponerme a cuatro
patas. Da lo mismo, avanzo gateando lo más rápido que puedo hasta llegar a otro
cráter y me echo al suelo. Respiro rápido recuperando el resuello y descanso un
poco. El frío de mi piel en contacto con el aire contrasta con el calor
abrasador que va creciendo en mi cuerpo. Cada vez estoy peor.
Observo mi nueva posición a la luz de la
luna. Esta vez el cráter no es de una bomba sino de un avión abatido. Se pueden
ver los restos de fuselaje esparcidos por todos lados y me pregunto si es de
los nuestros o del enemigo. Examino las piezas intentando encontrar alguna
señal reconocible. Es de los nuestros, reconozco el tipo, es del mismo modelo
que mi avión. Sigo mirando y veo lo que me temía, el cadáver ennegrecido del
piloto, probablemente uno de mis compañeros. Me acerco. Está irreconocible,
carbonizado, pero veo la placa de identificación brillando en su cuello. La
cojo e intento ver lo que pone pero está cubierta de hollín, enganchado con la
propia grasa del cuerpo al quemarse.
- He, ¿qué haces? –Oigo la voz familiar a mi
lado y noto cómo pone su mano en mi hombro. No puedo evitar dar un respingo y
me giro aún con el susto en la cara. Es él, claro, Marc, ya lo sabía por su
voz.
- ¡Que susto me has dado!, no te he oído
acercarte.
- ¡Ja!, te pillé –dice y luego añade mirando
curioso- ¿Qué has encontrado?
- Es la placa de uno de los nuestros, ¿ves?
–digo enseñándosela- pero no se puede ver que pone. Debe ser de George, le vi
caer derribado por los antiaéreos. Su avión se incendió.
Marc se pone serio, mira la placa y dice
–guarda eso, ¿quieres?, me pone triste. Ya se la daremos al capitán cuando
regresemos.
- Si, tienes razón –respondo y guardo la
placa en el bolsillo de mi camisa- y tu ¿qué?, ¿también derribado supongo?
- ¿Yo?, ¡anda ya!. Lo que pasa es que he
aterrizado por aquí para pasear un rato
- Ya... claro. Pues que suerte, ¿no?, ahora
podemos ir y regresar con tu aparato.
- Bueno... la verdad es que está un poquito
maltrecho. Mejor vamos a pie.
Nos reímos de nuestra tontería. La verdad es
que me encuentro mejor sabiendo que está aquí. Y él al menos no está herido.
- Veo que has salido bastante intacto –le
comento.
- Si, conseguí un aterrizaje bastante suave,
dentro de lo que cabe, pero el avión quedó inservible. Ya veo que tu no has
tenido tanta suerte. ¿Cómo tienes esa pierna?
- Hecha unos zorros, amigo, pero aguanta.
Ahora lo urgente es atravesar las líneas, enemigas y llegar con los nuestros.
- No podemos hacer eso, es un suicidio. Tengo
una idea mejor.
- ¿Rendirnos? –pregunto aunque sé que la
respuesta es no.
- No, hombre, claro que no. Pero sé de un
sitio aquí cerca donde nos pueden esconder y cuidar hasta que estés bien.
- ¿Un sitio por aquí?, ¿y nos van a
esconder?, tu deliras.
- Que sí, hazme caso, sé lo que digo. Se
trata de un monasterio, con monjas y todo eso, está a unos cuatro o cinco
kilómetros de aquí, lo he visto cuando caía.
- Pero, ¿cómo sabes que nos acogerán?.
- Lo sé, confía en mí. Venga, muévete que yo
te ayudaré.
Me apoyo en él y empezamos a caminar por este
valle de muerte. Seguimos durante bastante rato. Yo estoy cada vez peor, noto
la temperatura subiéndome y el cansancio mortal de la fiebre, me duele todo el
cuerpo y cada paso es un martirio. Si no fuera por él creo que ya habría
abandonado.
- Tenemos un problema –dice, parando de
repente y escrutando el terreno que tenemos delante- mira, allí, ¿lo ves?
Miro en la dirección que me indica. Aunque la
vista se me empieza a enturbiar aún puedo ver bien. Estamos pasando por una
hondonada bordeada a ambos lados por lomas bajas. Debe ser el seco curso de un
arroyo de lluvia. En la cima de la loma derecha, unas cuantas rocas están
colocadas formando un precario muro y, sí, puedo ver el brillo acusador de un
rifle y, detrás de él, debe esconderse su propietario.
- Ya lo veo –digo- ¿qué vamos ha hacer?,
tiene una visión magnífica del paso.
- Yo le distraeré y, entonces, tú pasas
corriendo.
- ¿Y tú que?, ¿cómo vas a pasar luego?
- Oh, yo estoy sano –dice- y tú no. Daré un
rodeo y nos encontraremos al otro lado, más allá de la colina, seguro que te
gano.
Estoy demasiado débil para protestar y le
dejo ir. Me preparo para salir corriendo cuando el guardia se despiste y
espero. Pasa el tiempo y cada segundo me parece eterno. Me paso la mano por la
frente y noto el sudor bajando a raudales. Debo estar a cuarenta de fiebre.
Noto escalofríos y la vista se me nubla un poco. Entonces veo que el rifle
desaparece de su sitio y oigo los pasos del soldado que se aleja. Es mi momento
y salgo corriendo. Hago un spring hacia la meta, allá donde la zona es segura,
y doy un último salto cayendo al suelo, a la sombra de la colina.
Sigo avanzando arrastrándome, la respiración
agitada, el cuerpo sudado, ardiendo. Ya no noto el frío. Llego hasta el punto
de encuentro y ahí está, apoyado en un árbol, sentado tranquilamente.
- Si que has tardado –dice.
Yo no respondo, no puedo, necesito respirar,
recuperar el aliento. Al cabo de un momento la respiración se calma y me
recupero un poco. Noto mi cara al rojo y el corazón que palpita acelerado. La
vista está nublada y me siento débil.
- No aguantaré mucho más –digo.
- No digas tonterías, vamos, hemos de seguir.
Ya estamos cerca.
Seguimos avanzando, yo apoyado en él,
tropezando a cada paso mientras él me guía. Empiezo a perder la noción de las
cosas. Todo se desdibuja y me cuesta pensar. Las cosas pasan a mi alrededor sin
que las pueda controlar, como una película proyectada a toda velocidad. Solo sé
que seguimos caminando, avanzando a duras penas, y que me lleva arrastrándome,
manteniéndome en pie mientras seguimos hacia el monasterio.
Al final llegamos y me deja con suavidad en
el suelo. Apenas le veo la cara pero se acerca hasta mí para que le oiga bien.
- Oye, ya estamos. Voy a ir adentro para que
te vengan a recoger. ¿cómo te encuentras?
- He tenido momentos mejores –susurro- pero
bien, ahora que ya hemos llegado.
- Vale, mejor –dice y luego añade poniéndose
serio- Dile a Mary que la quiero mucho y que tenía razón... que no se preocupe
por mí.
“Ya se lo dirás tu”, quiero decir pero se ha
marchado. Supongo que cree que lo van a retener y que yo la veré antes. El
cansancio me vence y noto cómo me duermo cayendo en un sopor agradable.
No sé cuanto tiempo ha pasado. La luz de la
mañana me da en los ojos y me despierto en una camilla. Miro alrededor. Estoy
en un barracón habilitado como enfermería, de los que se utilizan cerca del
frente. Me noto débil y algo adormecido pero intento llamar la atención de una
enfermera.
- ¿Si? –dice cogiéndome la mano para medir el
pulso- ¿ya se encuentra mejor?-
Es muy guapa aunque supongo que no soy muy
parcial en estas cosas después de todo este tiempo de guerra.
- Si, supongo –respondo- ¿cuánto tiempo ha
pasado?, ¿dónde estoy?.
- Ha estado tres días dormido, no se
preocupe, es normal en su estado. Ha tenido mucha suerte, al día siguiente de
que llegara al monasterio el frente avanzó superando la posición. Las monjas
nos dijeron que estaba allí y lo trajimos rápidamente. Lo hemos podido cuidar
casi desde el primer momento. Ahora descanse, duerma un poco más. Más tarde le
traeré un poco de caldo.
“Oh, comida” pienso y noto cómo se retuercen
los intestinos. Tengo hambre pero me vuelvo a dormir.
Me despierto por la tarde, ha oscurecido un
poco pero aún hay bastante luz. La enfermera me trae un cuenco con caldo. Es de
gallina y tiene esos pequeños trozos flotando tan sabrosos. Parece mentira lo
bien que sabe cualquier cosa después de estar mucho tiempo sin comer.
- Tiene una visita –dice ella cuando retira
la bandeja- ¿se encuentra bien para recibirle?.
- Si –contesto- ¿quien es?
- Se trata de su capitán
El capitán. Es agradable ver una cara amiga.
Y el capitán, a pesar de ser mi superior y todo eso, también es un amigo. Claro
está que no hay tanta camaradería como con los otros pero, en momentos como
éste se agradece su visita.
Ya lo veo, se acerca acompañado por la
enfermera. Se le ve cansado pero aún conserva el aire marcial. Me saluda con la
mano en un gesto amigable. Yo me incorporo, aunque las heridas duelen un poco.
- Tranquilo hombre, no hace falta que te
pongas firmes que no soy un ogro.
- Gracias, señor, la verdad es que esto
duele.
- Ya me imagino. Bueno, chaval, espero que te
recuperes pronto, ¿he?. Ahí fuera te necesitamos.
- Lo intentaré, señor.
Sonríe pero se le nota algo triste. Hay algo
que quiere decirme y le cuesta. Cambia su expresión y me mira de nuevo. Sus
ojos reflejan preocupación y responsabilidad.
- Ahora en serio, ¿cómo estás?.
- Bastante bien señor, un poco débil pero me
recuperaré.
Deja pasar un rato de silencio antes de
continuar, como si meditase lo que va a decirme.
- Oye... ya sé que todo esto es muy duro para
ti pero quiero que sepas que todos lamentamos lo de Marc. Sé que estabais muy
unidos.
- ¿Marc?... que le ha pasado.
Me mira con sorpresa, como si hubiera hecho
una falta.
- Pero... ¿cómo no lo sabes?, si fuiste tú el
que nos trajo la noticia.
- ¿Yo?, no, la última vez que le vi estaba
bien.
- Oh, Dios... lo siento chico, pensé que lo
sabías. Verás, es que fuiste tú el que nos trajo su placa y por eso... perdona.
No puedo decir nada, no me sale. Me quedo
mirando al capitán sin poder pensar, sin coordinar, pero enseguida lo entiendo
todo. Entonces las lágrimas caen por mis mejillas y recuerdo las últimas
palabras de Marc. Ahora sé que he de hablar con Mary. Se lo debo.