La
Selva Interior
El sol ardiente de la mañana me estaba
torturando. Además, a pesar de la terrible humedad ambiental, sentía la
garganta seca y tenía ganas de llevarme algo al gaznate. Mientras avanzaba a
través de las destartaladas chabolas que formaban la calle, esquivando de forma
automática y rutinaria los fangales que salpicaban aquí y allá el suelo de
tierra, notaba la desagradable sensación que producía el sudor al bajar a
raudales desde la frente hasta el cuello, pasando por la mejilla y empapando la
camisa que se volvía pegajosa al contacto con mi cuerpo. ¿Cómo era posible que
alguien pudiera vivir en este clima?, pensé, ¿eran seres humanos de verdad los
nativos?. La humedad del aire era tan palpable como algo sólido. Apretaba mi
cuerpo por todos lados hundiéndome más y más en el suelo fangoso, quitándome el
aire de los pulmones por simple presión y haciendo que cada paso fuera un acto
de voluntad suprema.
Llegué por fin a mi destino, el bar Cheli,
donde se reunía la “flor y nata” local. Chulos, prostitutas, contrabandistas,
mercenarios sin escrúpulos, marineros sin trabajo, etc. Un lugar de lo más
pintoresco en el que yo encajaba a la perfección. Ya no podía caer más bajo.
Cuando llegué al Africa recordaba que me preocupaba por mantener las formas. Me
lavaba todos los días y procuraba tener la ropa limpia y a punto de inspección.
Ahora, con la camisa sudada de una semana, los pantalones de siempre y un raído
sombrero que había vivido tiempos mejores, no desentonaba en absoluto con la fauna
local. Rascándome la mugrienta barba de varios días me acerqué a la barra y le
pedí al “calvo” lo de siempre.
- ¿Qué?, ¿la caza no va bien?, ¿no? – me
increpó mientras servía el whisky barato de todos los días.
- He tenido mejores temporadas – comenté.
- Pues a ver si encuentras algo – me replicó
– tu cuenta se está acabando. Y es lo que yo digo, ¿qué importancia tiene que
caces o no?. Hay otras cosas más provechosas que podría hacer alguien como tu.
Te lo tengo dicho, ya sabes, cuando te decidas sólo tienes que venir y
decírmelo. Pero no tardes mucho que si no ...
- Vale, vale, déjame respirar un poco,
mensaje recibido - Contesté mientras me retiraba a la silla del rincón junto a
la ventana, mi lugar preferido en ese antro.
La verdad era que el negocio no iba bien,
nada bien. Ya hacía más de dos meses que no organizaba ninguna cacería. Las
expediciones de ricos snobs que querían el típico recuerdo en forma de cabeza
de león encima de la chimenea ya no eran tan abundantes como antes. La crisis,
decían, la puta crisis. Desde el crack de la bolsa que todo se había ido abajo.
Ahora los niños ricos tenían cosas más importantes en que pensar que un trofeo
ornamental, por muy bien que quedara encima de la chimenea. El mundo estaba
cambiando, se movía hacia delante y soltaba lastre. Y yo era un lastre más, un
recuerdo curioso de otra época. Aunque había lastres más grandes. Mi padre, por
ejemplo, que me había desheredado para mantener la dignidad familiar por culpa
de aquel incidente en la universidad.
Empecé a tragar el fuerte brebaje mientras
recordaba. La nuestra era una amistad de verdad, de los que han pasado muchas
cosas juntos. Una pasión de dos almas gemelas perdidas en el océano de soledad
de la sociedad victoriana. No podíamos estar el uno sin el otro, trasnochando
continuamente y yéndonos de juerga a todos sitios. Hacíamos un buen equipo pero
nos gustábamos más allá de lo razonable. Al final, pasó lo que tenía que pasar.
Tomé un trago largo y profundo mientras
recordaba aquellas noches de pasión, carne contra carne, jugando con lo
prohibido. Dos cuerpos con pleno conocimiento uno del otro, tanto como uno
conoce el propio cuerpo. La piel suave, el cuerpo frágil bajo fuertes manos que
lo recorrían, rodeando la cintura, sintiendo cada parte, cada curva. Dando al
otro lo que uno sabe quiere para sí.
Me serví otro trago, el pulso acelerado por
el cálido recuerdo. Nadie lo entendió, ni siquiera yo lo entendía. Solo sabía
que las cosas eran así. Perder una fortuna por eso... Pero en el fondo me
alegraba. No podía soportar la hipocresía de la clase alta. Mi clase. Me
vinieron a la mente las caras de mis amigos como dolorosos látigos de un mal
recuerdo no mitigado. Caras de censura velada por la sonrisa hipócrita de una
comprensión mal entendida. “te entendemos, no te preocupes...”. ¡Qué iban a
entender!, no es posible entenderlo sin vivirlo. Por eso me fui a la selva,
donde las etiquetas impuestas por la cultura occidental carecían de
significado. Prefería el trato directo
de los nativos de aquí.
Además ahora tenía a Ahmet, mi asistente. Tan
joven que casi parecía un niño, con aquellos ojos grandes y sinceros, su tez
morena y lisa, su cabello negro, enmarañado, y aquel desparpajo natural de la
gente de la calle. Se había convertido en mis ojos y mis oídos, más fiel que
mis propios órganos y mucho más certero con su instinto primitivo.
Mi mirada estaba perdida en algún lugar de
las profundidades del vaso mientras alrededor la vida frenética del local
danzaba en su ritmo matutino. Ruidos, conversaciones a voz en grito, olores de
comida recién hecha, especiada al gusto nativo, rápidos movimientos que
atravesaban la cálida atmósfera llena de humo. Si algún rincón del mundo era un
estercolero aquél sin duda lo era. Pero al menos estaba lleno de vida.
En medio de todo el ruido se podía oír la
musiquita medio apagada de la radio. Aquella radio vieja y destartalada,
colocada en el estante de las botellas encima del mostrador, acompañada por
diversas botellas de distinta graduación alcohólica como viejos veteranos de
muchas batallas. Su melodía traía mensajes de otro mundo, donde la gente tenía
otros valores y costumbres, donde se construía el futuro y el cambio era la
norma a seguir. Al contrario que aquí, donde el tiempo parecía haberse detenido
congelado en un instante que se prolongaba eternamente. Era un lugar ideal para
estancarse y morir. Cayendo poco a poco en una degeneración somnolienta y
perezosa que me arrastraba día a día un poco más hacia el lugar del no retorno.
Allá donde el pensamiento se paraliza en un deleite sosegado y sin rumbo.
Alcé los ojos, despertando brevemente de mi
embotamiento, para mirar la calle a través de la ventana. El sol iluminaba las
blancas fachadas de las chabolas que surgían como setas del barro de la acera.
La gente, indígenas que parecían haber sido vestidos a la occidental con los
retales sobrantes de la metrópoli, realizaban sus quehaceres cotidianos con
aquella desgana propia que da el calor sofocante y la agobiante humedad. Por
allí trotaba un niño, desnudo de la cintura para arriba, arrastrando como podía
un carro repleto de frutas. Se notaba en su tensa mirada el esfuerzo
sobrehumano que tenía que hacer para realizar el trabajo de un hombre. Más allá
paseaba el viejo de siempre, a pasos cortitos, con la mano extendida en gesto
universal y mirada suplicante. Las arrugas y la suciedad apenas dejaban
distinguir su cara medio tapada por un turbante de color indefinido. La
juventud y la vejez conviviendo por un momento en la transitada calle.
Principio y fin. Esperanzas: ninguna.
Mirando sin ver, dejando pasar el tiempo con
la felicidad breve y transitoria del sopor alcohólico, no me di cuenta hasta
que estuvieron muy cerca, de que Ahmet se acercaba por la calle acompañado de
un elegante inglés. Parecía haber salido de Harrods, después de haber comprado
el modelo de “explorador inglés arquetípico”. Llevaba el consabido salakof de
color blanco, camisa ligera abotonada hasta arriba, pantalones bombachos,
calcetines altos y botas de media caña. Todo ello impecable y deslumbrante.
Estaba tan fuera de lugar en aquel sitio que el mismo contorno de su silueta
resaltaba contra el gris del fondo. Era una imposibilidad matemática hecha
realidad mediante algún oscuro artificio. Además no parecía en absoluto
incomodado ni por el calor ni por la humedad. Ni siquiera se podía observar un
rastro de sudor en su piel o en su camisa.
Sonreí mientras pensaba - por fin un cliente
– Seguro que Ahmet lo traía directamente desde el puerto donde había
desembarcado. Buen chico, ya era hora de que cambiara mi suerte. Con un gesto
indiqué al “calvo” que quería otro whisky y me repantingué en la silla
esperando distraídamente a que llegaran.
Cuando estuvieron a la altura de la puerta,
Ahmet le indicó con un signo adentro mientras alargaba la mano para recibir la
consabida propina. El inglés le lanzó displicente una reluciente moneda y entró
decidido en el infecto local. Desde mi privilegiado lugar de observación ya
esperaba ver las caras de sorpresa y estupefacción que provocaría semejante
individuo en ese sitio cuando, muy al contrario, vi cómo se dirigía hacia el
mostrador sin que nadie le prestara la más mínima atención.
Deben estar todos ciegos, pensé, pero el
“calvo” le dará tal lección de la pintoresca y soez lengua barriobajera que se
va a caer de espaldas.
Pero, también esta vez me equivoqué ya que el
“calvo” se limitó a señalar en mi dirección con un simple gesto y una expresión
borreguil en su cara. “Debe de estar bajo de forma”, decidí mientras seguía la
aproximación del hombre con el rabillo del ojo, procurando parecer distraído
mirando por la ventana.
- Perdóneme caballero, permítame que me
presente: Soy Sir Archivald Laury III, y tengo entendido que usted es el
explorador más hábil de la región. ¿Me equivoco?.
- En absoluto – contesté intentando parecer
sorprendido por su aparición cuando en realidad lo estaba por su forma de
hablar
- En ese caso, le ruego que me permita
invitarle y estaría sumamente agradecido si decidiera perder un poco de su
tiempo escuchando la propuesta que tengo que hacerle.
Decididamente el tipo no era normal. No sólo
su vestimenta estaba fuera de lugar sino que su forma de expresarse era
decididamente ultraterrena en este sitio. No recordaba haber oído estas
florituras más que en las fiestas de alto copete a las que asistía tiempo
atrás. Por otra parte su nombre me sonaba pero no podía recordar de que. Pero
bueno, nada de eso tenía importancia. ¿Había dicho algo de invitar?. Que dijera
lo que quisiera, de momento me regalaría con un puro y un buen whisky, que
hacía tiempo que no tomaba. Le hice una seña al “calvo” mientras contestaba que
no faltaba más, que lo escucharía encantado.
El inglés se arrellanó en el asiento de
enfrente y pidió otro whisky para él. Tenía un indudable aire distinguido, con
gestos y maneras que delataban su origen aristocrático. Era alto, delgado, con
el pelo de ese rubio pajizo muy claro y la tez blanca y sonrosada, como la de
los bebés. Quizá sus ojos eran la parte más destacable del conjunto, de un azul
pálido y desvaído. Daban una sensación de frialdad que causaba cierta
inquietud. Pero cualquier recelo quedaba vencido por su fácil sonrisa, cálida y
afectuosa, que dejaba un buen recuerdo en las personas que le trataban. Con ese
encanto que a veces se da en determinados individuos, de forma que confiamos
inmediatamente en ellos sin albergar ninguna duda acerca de su sinceridad o
intenciones.
- Verá, - empezó diciendo - se trata de algo
muy sencillo: mi intención no es ir a cazar ni nada parecido. Sólo quiero que
me guíe para llegar a un sitio en concreto, nada más.
Intenté disimular la sonrisa, la cosa era más
fácil de lo que imaginaba. Me relajé y apoltroné, saboreando con placer el
suave líquido que ahora prefería degustar lentamente y no beber de un trago
como el anterior brebaje. Aspiré el humo entrando en un exquisito éxtasis.
¿Cuánto tiempo hacía que no fumaba un puro como éste?. No podía recordarlo.
- Y ¿dónde está ese sitio?, si puede saberse
– pregunté más por rutina que por verdadero interés – ¿Se trata de las fuentes
de algún río, o la cumbre de alguna montaña, quizás alguno de los lagos
interiores?.
- No, no, nada de eso – replicó quitando
importancia al asunto – Solo quiero ir a donde está la tribu de los Oghami.
Noté cómo subía un escalofrío mientras perdía
toda compostura. Era como si me acabaran de tirar al agua de una piscina helada
sin previo aviso. Levanté la mirada y, supongo que con un aire de suma
estupidez, pregunté:
- ¿Cómo dice?, ¿la tribu de los Oghami?
- Si claro, tengo entendido que está a no más
de una semana de viaje desde aquí, ¿no es cierto? – contestó con absoluta
tranquilidad.
- Pero nadie quiere ir a ese sitio, todo el
mundo dice que es tabú. – protesté - Y no es que yo tenga miedo, que va, pero
¿cómo quiere que contrate a la gente que necesitaremos si nadie se atreve a ir?
- Oh, no se preocupe por eso – replicó –
Usted solo tiene que indicarme a quien necesita y yo ya hablaré con él para
intentar convencerle.
“Desde luego está como una cabra” pensé
mientras observaba al hombre que me dirigía una sonrisa amable y atenta. Era
evidente que se había informado al respecto y no parecía ningún estúpido. Cada
vez me convencía más de que no era una persona normal. Había algo en él que no
encajaba, aparte de su aspecto estrafalario. Además estaba la cuestión del
nombre. Me sonaba de algo, de algo que tenía que ver con mi infancia. De alguna
conversación escuchada de niño por accidente mientras mis padres hablaban en
voz baja. Pero seguía sin recordar el que. De todas formas la ocasión se
prestaba para conseguir una cantidad elevada de dinero. ¿Qué importancia tenía
que estuviera loco o que fuera extravagante?. Calculé mentalmente los gastos
posibles, incluyendo las elevadas comisiones que exigirían los hombres al saber
el sitio al que iban a ir. No podrían ser indígenas, con esos estaba totalmente
seguro de que sería imposible. Salió una cifra y luego la doblé. Miré al inglés
y calibré su riqueza calculando que debía ser muy alta teniendo en cuenta la
calidad de los vestidos que llevaba y triplicé el total obtenido. Le comuniqué
la cantidad con una ligera sonrisa que quería decir: “quien algo quiere, algo
le cuesta”, y me preparé para la expresión escandalizada de costumbre y el
inevitable regateo subsiguiente.
- De acuerdo, ¿cuándo podemos salir? –
contestó sin siquiera inmutarse sacando un enorme fajo de billetes de su
cartera.
Era consciente de que mi expresión de total
anonadamiento me tenía que estar denunciando, pero no podía hacer nada para
evitarlo. Mi sangre fría no llegaba a tanto. “Desde luego esta como una puta
cabra” – pensé. Pero no importaba, un trato era un trato. Ahora sólo venía la
peliaguda cuestión de intentar convencer a los hombres necesarios. Había
algunos que me veía capaz de persuadir, gente desesperada y poco de fiar que
haría cualquier cosa por dinero. Además estaba la cuestión del transporte.
Tenía que contratar una barcaza y esa gente no se movía fácilmente. Y menos
para ir a una zona con tan mala fama. El único lo suficientemente loco o, en
este caso, borracho, para ser convencido era el viejo Joe. Recordé la última
vez que lo vi, tumbado boca arriba en su barcaza, con la espalda apoyada en el
castillo de proa y una botella vacía en la mano. Tenía la cabeza inclinada,
mirando hacia arriba, con la boca abierta de la que caía la baba. Llevaba la
vieja y raída chaqueta, encima de la típica y sucia camiseta a rayas. Su
cabello, encrespado y revuelto, daba muestras de no haberse lavado en años y su
frente estaba perlada por gotas de sudor que iban bajando por la cara,
entreteniéndose en la barba para luego bajar al cuello y, finalmente, formar
una gran mancha en el pecho. A pesar de la distancia que nos separaba desde el
malecón podía oler la mezcolanza de olores entre vino barato, sudor y otros
menos identificables. Sí, quizás pudiera convencerlo, pero, ¿no había dicho el
inglés que lo haría él?. Bueno, si se creía tan bueno desde luego esta era una
ocasión para demostrarlo.
- Muy bien entonces – dije recogiendo el
abultado fajo de billetes – Primero hemos de contratar a los hombres. Yo
consultaré con mis contactos para la mano de obra, mientras, usted puede
contratar la barcaza del viejo Joe.
- De acuerdo, ha sido un verdadero placer
hacer negocios con usted – dijo extendiendo la mano – Nos veremos mañana por la
mañana en el puerto, si le parece bien.
- Si, si, perfectamente – repliqué mientras
estrechaba la mano de aquel hombre, guardando con presteza el dinero.
Después de que saliera por la puerta del bar,
me dirigí hacia la barra para hablar con el calvo. “Va a ser difícil” pensé
imaginando la clase de hombres que se contrataban para este tipo de cosas: las
que nadie quiere hacer. “Y peligroso”, sin duda, cuando uno no puede elegir
demasiado al personal se le cuelan individuos de la peor especie. De esos que
matarían a su madre por unas monedas...
Avanzaba con paso apresurado a través de las
destartaladas instalaciones portuarias pensando “he de llegar a tiempo, antes
de que suceda algún accidente...”. Y es que me había retrasado poniendo un
telegrama a mi padre de dos únicas palabras: “ARCHIVALD LAURY ?”. A pesar de
nuestras diferencias y del hecho de que nunca le había enviado ninguna
comunicación durante todos estos años, mi padre era un hombre responsable. Así
que, ya respondería si lo consideraba necesario.
Llegué a la altura del primer malecón,
saltando toda serie de obstáculos en forma de gente, carretillas, barriles,
rollos de cuerda, pedazos de hierro y, en general, desperdicios de todo tipo.
Era hora punta y se notaba: gente gritando, anunciando sus productos o
haciéndose entender entre el estruendo que hacían los operarios cargando y
descargando. Ruidos variados de cosas que caían, golpeaban, se aplastaban.
Cuerdas que crujían al estirarse, poleas que rechinaban al girar, pasos pesados
y ligeros, apresurados o lentos. El sonido de las frituras, de los platos y
cubiertos. Los olores de comida mezclados con los efluvios del río. Todo
indicaba actividad y movimiento. Avancé, esquivando toda una serie de
empujones, codazos y apretones que me obligaban a deslizarme a través de las
masas de cuerpos como una anguila nadando en el sudor ajeno, respirando el aire
de todos en medio de un calor insoportable.
A lo lejos podía ver la goleta del viejo
recortándose contra el fondo del cielo. Incluso creía distinguir a alguno de
los reclutas para la expedición. ¡Menudo grupo formaban!. Parecían
seleccionados de entre los presos del pasillo de la muerte de un penal de alta
seguridad. Teníamos al “Toro”. Metro noventa de puro músculo y nada de cerebro.
Que sólo seguía impulsos primarios por propia incapacidad mental para razonar.
Lo bueno de eso es que no fue demasiado difícil convencerle, lo malo, bueno...,
era como llevar dinamita y combustible altamente inflamable en compañía de un
paquete de cerillas. Cualquier excusa servía para una buena pelea. Luego estaba
“El Legionario”, que era ex miembro de la Legión Extranjera. El típico prófugo
asesino de su oficial al mando. Era del tipo de personas que te calibraba con
la mirada antes de dirigirte la palabra (si es que alguna vez te hablaba).
Siempre estaba en una posición que le permitía pegarte cuatro patadas y varios
navajazos antes de que te dieras cuenta de lo que pasaba. Como un muelle en
tensión siempre preparado para entrar en acción. Contratarle también fue fácil:
por dinero haría cualquier cosa, sin preguntas. Y, por último, estaba “El
Holandés”. Definirlo era relativamente fácil: estaba completamente loco. Nadie
podía adivinar sus acciones por la sencilla razón de que no había nunca un
motivo racional que las justificara. No le gustaba la luz del sol. Decía que
era la luz de la muerte y prefería la noche, la luz de la luna y el silencio.
Apenas hablaba, limitándose a mirar al infinito con una mirada extraña y
perdida. Como si hubiera algo más allá que sólo él veía. Una vez mató a un
hombre que estaba maltratando a su caballo, pero no por un sentimiento de
lástima hacia el pobre animal sino para parar el ruido que hacían.
Y había dejado al inglés con ese trío y el
viejo, que estaría tan borracho a estas horas que lo encontraría tirado en
algún rincón. Bueno, tarde o temprano ese inglés había de conocer a la gente
con la que compartiría viaje así que... De todas formas hubiera preferido que
se enterara después de haber partido.
Al cabo de no pocos esfuerzos llegué a la
altura de la cochambrosa goleta. Todo parecía en orden. Vi al Holandés
limpiando el suelo de la cubierta. Al Legionario haciendo un arreglo en las
velas, colgado boca abajo de las jarcias del palo mayor. Al Toro transportando
la carga que se había comprado para la expedición desde el puerto hasta la
bodega. Hasta el viejo Joe, que parecía sereno, estaba revisando las partes
delicadas de su barco. Subí a la recién fregada cubierta con una cara que debía
demostrar mi total estupefacción. Entonces oí una voz que ya se había hecho
familiar: “Buenos días, ¿listo para partir?”. Me giré hacía el castillo de popa
para ver la cara sonriente del inglés, saliendo por la puerta acompañado por
Ahmet. Contesté con un sonido gutural que pretendía ser un “si, si, claro...”
mientras me dirigía hacia el viejo para informarme de si realmente ya estaban a
punto.
Y, sí, por lo visto ya estaban listos.
Mientras arreglaba los últimos detalles con el práctico del puerto no podía
dejar de pensar “¿Cómo coño lo hace?”.
El viaje transcurría en total armonía. Los
hombres no sólo se comportaban bien sino que parecían disfrutar. Era extraño
pero nadie se lo planteaba, sencillamente sucedía. Hasta la selva parecía
tranquila, con su verdor deslumbrante. La tupida masa de árboles inclinaba sus
copas cargadas de hojas hasta tocar el borde del agua A medida que el aire los
mecía se formaban amplias ondas en la superficie cristalina. Era un espectáculo
cuya inmensidad arrobaba el alma. En medio de la selva, aislados de todo
contacto humano que no fuéramos nosotros mismos, volvíamos a la condición de
meros animales frente a la naturaleza. En esas condiciones el valor del
individuo se transformaba adquiriendo importancia.
Una tarde, mientras la goleta avanzaba
perezosamente por las tranquilas aguas del río, le pregunté a Ahmet:
- ¿Tu no encuentras raro que esos hombres,
que de natural son unos camorristas, se comporten tan bien?
Ahmet me miró extrañado, como si no hubiera
caído en ese hecho hasta entonces.
- Si, es raro sahbid...
Se quedó pensativo un rato y luego añadió:
- Debe ser la tranquilidad de la selva que
los calma.
Y, como si esa explicación lo arreglara todo,
dejó de pensar en ello. A las veces que se lo volví a preguntar más tarde,
simplemente contestaba: “es normal sahbid, la selva es tan tranquilizadora...”.
Pasaron los días. El barco discurría con ese
avance calmado que sólo se puede conseguir en los barcos de vela donde el
viento y el agua se unen en íntima armonía. El silencio solo era roto por los
ruidos de la selva, el rumor constante del viento y el chapoteo discontinuo
pero tenaz del oleaje. La vida cotidiana discurría tranquila y sosegada, con
esa alegría interna y sencilla del que hacer diario.
Avanzábamos por el centro del río, dejando a
los lados las orillas con la espesa maleza que rebosaba por encima del agua. Y
cuando caía la noche tirábamos el ancla, permaneciendo alejados de la tierra y
sus peligros. La vida se había hecho cómoda. La rutina ligera y descansada.
Como en unas vacaciones de recreo.
Sólo yo seguía inquieto. Sabía que algo no
encajaba, que bajo esa aparente calma y felicidad se escondía una cosa
siniestra y malvada. Podría haberme relajado y adoptar la misma actitud que el
resto. Mientras veía a Ahmet hacer sus trabajos en el barco, ayudándome a cada
momento con esa gracia y atención que le caracterizaban, podía muy bien haberme
refugiado en ese paraíso e intentar olvidar el sentimiento de alarma que crecía
en mi interior. Disfrutar del momento..., sí, la mirada alegre de Ahmet me
sugería hacerlo. Pero no podía. Algo dentro de mi me advertía que no bajara la
guardia, que todo era una ilusión, que había algo escondido delante de nuestras
narices, aunque no pudiéramos verlo.
Me decidí entonces a espiar discretamente las
acciones del inglés. Observé que seguía una rutina muy regular. Por la mañana
desayunaba. Un poco aparte del resto pero no lo suficiente como para que se
tomara como un desprecio. Mientras comía, con moderación y gestos comedidos,
leía un viejo libro de tapas negras. Después del desayuno se paseaba un poco
por cubierta aprovechando esa parte de la mañana en que la atmósfera aún es
fresca. Luego se encerraba en su camarote y no salía hasta la hora de la
comida. No tenía idea de qué es lo que hacía tanto tiempo ahí dentro. Había
intentado escuchar a través de la puerta pero sólo pude oír, de forma muy
apagada, una cantinela que apenas se percibía. Era como una canción repetitiva,
cantada en un tono grave y monótono. También me pareció oler a incienso. De
hecho sus ropas siempre tenían ese olor, como si hubieran quedado impregnadas
por una exposición continuada. Después de comer volvía a encerrarse en su
habitación hasta la hora de la cena. Por la noche, cuando el barco ya estaba
atracado e inmóvil en medio del río, se paseaba durante horas por la cubierta,
mirando la oscuridad que nos envolvía y el cielo nocturno repleto de estrellas.
Durante uno de esos paseos me atreví a
iniciar una conversación al respecto de las cosas que consideraba inexplicables
de él.
- Entiendo su problema – me dijo mientras
fumaba su pipa con aire relajado – pero no debe preocuparse – añadió –
sencillamente no puede hacer nada y, además, no le afecta en absoluto. Por otra
parte, cuando llegue a mi destino me iré y ya no volverá a verme nunca más.
- Pero es que sé que algo no encaja, que algo
no es correcto. Esta aparente felicidad es falsa, es sólo un velo que nos nubla
la visión de algo que esta ahí, escondido en alguna parte – repliqué.
- Ya, es tan suspicaz como sospechaba que lo
sería cuando me enteré de su apellido. – su sonrisa era demasiado
tranquilizadora como para que no me recorriera un escalofrío – Pero esté
tranquilo, como ya le he dicho no puede hacer usted nada así que, para que
preocuparse, ¿no?. – añadió con una pequeña nota de ironía en la palabra.
Después de esa inquietante conversación ya no
intenté hablar más con él. Me limité a vigilarlo de vez en cuando, intentando
no bajar la guardia en ningún momento. Por si acaso...
Poco a poco el camino se fue haciendo más y
más impracticable. No sólo por los obstáculos que se iban encontrando cada vez
con mayor frecuencia: árboles caídos, rocas difíciles de rodear o corrientes de
agua que dificultaban el avance, sino también porque el río se fue estrechando
de forma gradual. Llegó un momento en que ya no quedó espacio para maniobrar.
La selva aquí era más tupida que antes y era
evidente que, aparte de los animales, estaba totalmente deshabitada. La
civilización quedaba atrás, a varios días de marcha. A partir de este punto
sólo encontraríamos naturaleza en su estado más salvaje, como debía haber sido
el resto del planeta hace miles de años. Una especie de sensación primordial
flotaba en el ambiente. La sensación que produce la visión de un paisaje
virgen, inmaculado, en su esencia primitiva. La imagen de la naturaleza sin
artificios, pura y en estado bruto.
- Hemos llegado al final del tramo navegable
del río – dijo el viejo Joe– a partir de ahora el viaje es asunto suyo. Yo les
esperaré aquí tres días – pareció dudar un momento y al final añadió: cuatro a
lo sumo. Si al final del cuarto día no han regresado me iré.
- No será ningún problema – contestó el
inglés – según mis informaciones debemos de estar a dos días de viaje como
máximo de la tribu adonde quiero ir. Cuatro días es tiempo suficiente para ir y
volver.
Habíamos llegado al final de la etapa fácil
del viaje. Ahora venía la parte más dura: atravesar la tupida selva, con todos
los peligros e incomodidades que eso comportaba.
Desembarcamos el material necesario a tierra.
A nuestro alrededor se alzaban los altos árboles de esa zona. Formaban una
enorme cúpula con sus cumbres entrelazadas en un amplio abanico de matices
verdes y marrones. Tan espesa era que apenas podía atravesarla de vez en cuando
algún apagado rayo de luz. Avanzamos por el interior de la especie de gruta que
íbamos creando con la ayuda de los machetes. Éramos como un organismo alieno
que penetrara en el interior del cuerpo vivo de la selva, avanzando lentamente
hacia su núcleo, con la oscuridad, el calor y la humedad en aumento. Hasta los
sonidos de la selva parecían acompasarse a un ritmo lento pero continuado, como
el latir pesado y grave de un inmenso corazón.
Era un efecto ilusorio y lo sabía, tenía que
serlo, la imaginación creaba este tipo de fantasmas en la mente de la gente
agotada y nosotros lo estabamos. Pero de todas formas la sensación era muy
fuerte. Miré a mis compañeros pero ellos no parecían darse cuenta de nada. Sus
caras solo reflejaban la fatiga normal de la marcha. ¿Me estaría volviendo
loco?, ¿cómo es que era el único que se daba cuenta de ese latido?.
El inglés tenía una expresión diferente. No
había cambiado su aspecto, fresco y tranquilo, pero su mirada se había hecho
más intensa. Como si viera algo más allá de la penumbra que nos rodeaba y lo
estuviera vigilando, manteniéndose a la expectativa.
Después de un día de marcha constante, solo
detenida brevemente para comer y descansar un poco, llegó la deseada noche. La
luz había disminuido gradualmente y el entorno se había vuelto lo
suficientemente oscuro como para que tuviéramos que iluminarnos con las
linternas. Decidimos que ya era la hora de montar el campamento. Necesitábamos
dormir y descansar para recuperar las fuerzas.
Durante la noche hice mi guardia con “el
holandés”. La conversación no es que fuera una maravilla. Sentados alrededor
del fuego del campamento, con el humo creando formas y siluetas fantasmagóricas
que se alargaban perdiéndose en las alturas, la habitual mudez de mi compañero
sólo ayudaba a que el ambiente fuera aún más extraño. Observé su rostro
iluminado por la fogata. Sus ojos parecían facetados con reflejos danzantes,
fijos en el fuego, con una mirada intensa y perdida. Parecía mirar más allá, a
través de la luz oscilante. Entonces murmuró algo. Creí entender que decía “es
maravilloso... la luz...la luz”. Y ya no dijo nada más. Permaneció con la mirada
perdida en algún punto en el interior de la hoguera.
Cuando llegó el momento del relevo me di
cuenta que había caído en una catatónia profunda. Todo intento por despertarle
fue inútil. El inglés solo comentó:
- Pobre mente débil. No ha podido resistir la
visión hipnótica del fuego.
Como estabamos muy cerca de nuestro objetivo
decidí que lo mejor sería que sólo siguiéramos hasta la tribu yo y el inglés.
El resto esperaría nuestro regreso acompañando al holandés. Dejamos con los que
se quedaban la mayor parte del material y nos llevamos sólo lo indispensable.
El inglés dijo que no le hacía falta nada más que lo que llevaba puesto, como
si no pensara regresar del sitio a donde iba.
Empezamos a caminar avanzando entre la
penumbra, rodeados por la desbordante vegetación que creaba una extraña
luminosidad verdosa. Emergimos de pronto a una especie de túnel natural formado
por los árboles que se combaban. El avance se volvió mucho más fácil y pudimos
observar que a éste túnel se unían otros más pequeños en nuestro camino hacia
el interior. Era algo increíble pero mi mente ya se había acostumbrado a la
irrealidad de esta selva. Los sonidos se fueron haciendo cada vez más rítmicos,
agrupándose en oleadas que se aceleraban gradualmente. Decididamente no era mi
imaginación, el ritmo existía, surgía de todos lados y era como los latidos de
un corazón gigantesco.
La fuerza ingente de ese pulso hipnótico
forzaba mi mente a entrar en una especie de trance. A cada paso me daba cuenta
de que no podía librarme de seguir el ritmo. Mi propia respiración se
acompasaba contra mi voluntad y hasta los latidos de mi corazón parecían ser un
reflejo de los del otro. Seguimos caminando siguiendo ese ritmo que se iba
acelerando poco a poco. Empezamos a avanzar más rápido, a trotar. Al final
corríamos de forma desbocada, esquivando como podíamos los obstáculos del
camino en un alarde de reflejos suicidas.
Cuando ya parecía que mi corazón iba a
salirse del pecho y la respiración ya no daba abasto, todo se acalló de repente
y caímos al suelo. Estábamos en la entrada a un inmenso claro de más de veinte
metros de diámetro en medio de la selva. Demasiado cansados para darnos cuenta
de lo que había a nuestro alrededor fuimos respirando de forma atropellada,
tendidos boca arriba y sin fuerzas para nada mas que no fuera jadear. No vimos
la figura que esperaba paciente en medio del claro hasta que recuperamos el
resuello.
El inglés fue el primero en verle. En medio
del claro había un hombre de color, bastante alto, que esperaba apoyado en su
bastón mientras nos miraba fijamente. Nos levantamos y dirigimos hacia él
notando cómo la fatiga nos torturaba a cada paso. A medida que nos acercábamos
pude ver mas de cerca la expresión de aquel hombre. Era de una seriedad
absoluta que no expresaba otro sentimiento que el de una atención o
concentración total. Casi podía sentir físicamente el peso de sus ojos que
parecía escudriñar hasta el último rincón de mi alma.
Cuando llegamos ante él, el inglés empezó a
hablar en un lenguaje incomprensible y sacó una extraña piedra de su zurrón.
Era una piedra oscura, con los bordes suavizados y una forma que no pude
reconocer. El hombre alto hizo un gesto de asentimiento y me señaló diciendo
unas palabras. El inglés se giró hacia mí y con una expresión de ligero
fastidio en su rostro me dijo:
- Parece ser que el hecho de que haya
penetrado en el círculo le obliga a acompañarme en este asunto. Lo siento mucho
pero ha de venir conmigo.
La verdad es que creo que tendría que haber
protestado y dejarle allí plantado pero la curiosidad era más fuerte que nada
así que solo repliqué:
- ¿Y que se supone que vamos ha hacer?, ¿de
que va todo esto?.
Me miró durante un momento, como si estuviera
meditando el hecho de sincerarse conmigo, y al final contestó:
- Se trata sólo de un ritual que yo he de
hacer. Usted sólo será un simple espectador. No tendrá que hacer nada,
sencillamente lo observará todo sentado a una cierta distancia. No tiene de qué
preocuparse.
Su sonrisa y sus palabras eran sinceras y
notaba que deseaba confiar en él. A pesar de que algo en mi interior emitía una
ligera señal de alarma, acepté. Sé que es un poco estúpido embarcarse en algo
de lo que no se sabe nada pero quería llegar al final de todo ese asunto y esa
parecía ser la única forma de hacerlo.
Seguimos al indígena a través de oscuros
túneles en infinidad de desvíos que a veces pasaban unos por encima de otros.
Caminamos encima de troncos que hacían de puentes, a través de cortas grutas
que se hundían en la tierra para volver a emerger unos metros más allá. El
conjunto era un complicado laberinto tridimensional y no me quedaba ninguna
duda de que sería imposible acertar el camino correcto sin guía. Al final
llegamos a lo que parecía ser el núcleo de esa extraña maraña de túneles y
caminos. Se trataba de una inmensa cavidad de más de doscientos metros de
diámetro formada por troncos de árboles gigantescos cuyas copas se unían en las
alturas. A todo lo largo del perímetro habían casas colgantes, hechas de madera
y barro, situadas a diversas alturas encima de las ramas. Y en el centro de esa
“caverna” había un pequeño promontorio de unos dos metros de altura y diez
metros de diámetro, rodeado por doce grandes piedras parecidas a menhires. En
lo alto del promontorio y cubriendo toda la superficie superior, había una gran
piedra aplanada de forma circular con los bordes suavizados que parecía un
podio.
Frente a nosotros se hallaban alineados más
de cien indígenas que permanecían quietos y silenciosos con la mirada al
frente. Observé sus expresiones. Su mirada tranquila con un deje de resignación
fatalista y su absoluta seriedad les daba un aspecto solemne. Se desplazaron en
silencio para formar un pasillo que nos llevaba hacia el “podio” central. Allí
habían colocado algunas piedras planas que hacían las veces de asientos. Habían
un total de doce “asientos” distribuidos de forma uniforme a lo largo de la
circunferencia de piedra. El mismo número que el de menhires. Frente a cada uno
de ellos había un cuenco, también de piedra, lleno con un líquido oscuro y
viscoso que exhalaba un olor muy intenso a hierbas.
Siguiendo sus indicaciones me senté en una de
las piedras junto con otros once indígenas. En el centro del círculo se colocó
el inglés que permaneció de pié. El resto de la tribu esperó a cierta distancia
del podio.
Los que estábamos sentados y el inglés que se
había desnudado completamente, tomamos un sorbo del brebaje que teníamos en
nuestros cuencos. Su sabor era muy fuerte pero no desagradable. Era una esencia
de dulzor delicado y matices afrutados muy suave pero intenso, cuyo aroma
penetraba los sentidos. Entonces la tribu empezó a tocar unos extraños
instrumentos. Algunos eran de viento. Una especie de flautas y trompas de
sonidos alternativamente agudos y graves. Otros eran de percusión. Grandes
tambores que producían un batir profundo y potente. Tocaban con un ritmo
pausado pero constante, acompañando con sus voces sonando en un extraño idioma
gutural de tonos bajos. El conjunto creaba una melodía rítmica e hipnótica, de
notas largas y ascendentes que parecían pulsar el alma como si fuera la cuerda
de un violín. La tensión que generaba iba en aumento, con el ritmo acelerando,
sin dejar de emitir esas notas largas de vez en cuando. Parecía como si la
mente fuera arrastrada fuera de la consciencia para quedar solamente el
sentimiento. Forzados a ascender en una espiral de círculos concéntricos hacia
alturas desconocidas. No pensar... solo sentir...
En el centro, el inglés empezó a bailar una
danza sugerente de gestos suaves y delicados al principio que se fueron
acelerando cada vez mas en un movimiento circular. Los saltos y giros, al
principio delicados, fueron haciéndose más enérgicos y bruscos a medida que se
aceleraba el ritmo. Expresaba una exigencia irresistible que tenía que ser
obedecida hasta por la misma naturaleza.
De pronto escuché un sonido nuevo procedente
de más allá de los árboles que nos rodeaban. A través de la neblina en que se
hallaban mis entumecidos sentidos debido al estado de trance pude percibir una
especie de zumbido. Era un ruido horrible que llenaba mi alma de un terror
subconsciente, lejos de toda concepción racional. En aquel momento un miedo
abismal surgió de lo profundo de mi alma. Era un recuerdo atávico que no sabía
que tenía y que surgía de forma espontánea como acto reflejo en respuesta a ese
extraño zumbido. Quizás en el alba de la humanidad, nuestros antepasados más
remotos, no plenamente humanos, se habían encontrado cara a cara con lo que
venía. Y ese recuerdo arquetípico había quedado enterrado en lo más profundo de
nuestro cerebro dejando una huella indeleble que había perdurado durante miles
de años.
El volumen del zumbido fue en aumento a la
par que mi terror. Intenté desesperadamente salir corriendo pero no pude mover
ni un solo músculo. Observé que los indígenas a mi alrededor también tenían una
mirada de terror absoluto y sudaban copiosamente aunque se mantenían
hieráticamente inmóviles.
En ese momento pude ver lo que producía el
zumbido. Eran millones de insectos voladores que surgían de lo alto de los
árboles formando una gigantesca nube encima de nosotros. El enjambre giraba
como si fuera un torbellino en respuesta a la cadencia de la melodía, con el
cono hacia abajo señalando el sitio donde bailaba el inglés. El ritmo entonces
se aceleró rápidamente y el enjambre bajó hasta llegar a su cuerpo y empezó a
cubrirlo poco a poco. Los movimientos del baile alcanzaron una velocidad
inhumana de forma que era difícil distinguir los contornos. Pero lo que era
evidente es que se estaba creando una figura humana de tamaño colosal formada
por millones de insectos que tenía como núcleo el cuerpo del inglés. Estábamos
asistiendo al nacimiento de un nuevo ser de un poder inmenso que destilaba una
maldad intensa y profunda, claramente perceptible por nuestras pobres y
embotadas mentes. Un nuevo ser que absorbía la esencia de nuestras almas
desgarrándolas en un empuje hacia el interior del círculo donde se alimentaba
aquella abominación.
Un sentimiento de frustración e impotencia
ante lo inevitable se apoderó de mí a pesar de mis esfuerzos por seguir
luchando. Luchar ante lo inevitable. Luchar sabiendo que la muerte es segura.
¿Para que?, ¿qué sentido tenía una lucha sin esperanzas?, ¿no era mejor dejarse
ir y acabar cuanto antes?. Sin embargo no podía resignarme ante esa certeza de
lo inevitable. Quería vivir aunque sabía que iba a morir. Tenía una certeza
absoluta, indiscutible, imposible de eludir. Pero, a pesar de eso, a pesar de
estar convencido de la futilidad de mis esfuerzos no podía dejar de intentarlo.
Ésa era mi forma de ser. Lucharía hasta el final y moriría luchando contra toda
lógica, contra todo pronóstico. Una lucha absurda y patética, un esfuerzo
fútil, una necedad absurda más allá de lo razonable.
Recordé las historias que me contaba mi padre
cuando se sentaba por las noches al borde de mi cama. Esas historias que los
padres cuentan a sus hijos para que se duerman. En mi caso eran historias de
batallas perdidas de antemano, con héroes trágicos que morían luchando contra
un enemigo imposible de ganar, totalmente superior y prepotente. La muerte del
héroe era cantada por su pueblo al que había dado una oportunidad con su
sacrificio. Recuerdo que protestaba ante la muerte del protagonista de la
historia y entonces mi padre decía: “¿y que sentido tiene seguir viviendo
cuando se tiene una oportunidad tan grande de morir como un héroe, en plena
batalla?. ¿No crees que el personaje merece morir heroicamente en vez de
pudrirse en una existencia anodina el resto de su vida?”. Pero yo protestaba
diciendo “No es justo, el bueno tiene que vencer al malo, el malo no puede
salirse con la suya”. Que simples e inocentes palabras aquellas, típicas de un
niño pequeño. Pero siempre me sorprendía la respuesta que mi padre daba en esos
casos: “Sí... precisamente, ese es el lema de nuestra familia: el bien siempre
vence al mal”.
El cansancio empezó a nublar mis ojos
mientras mi corazón latía desbocado y el sudor cubría mi cuerpo. Pero aún
seguía luchando, no podía permitir que aquello pasara, tenía que aguantar hasta
el final. Uno a uno los indígenas que formaban el círculo fueron cayendo. Se
morían sin cambiar de postura y lo único que indicaba su estado era una
flacidez general y la mirada sin vida. Solo yo quedaba vivo aunque adivinaba el
cercano final. El cansancio estaba más allá de lo soportable y seguía sin
encontrar una salida. Era sólo cuestión de tiempo hasta que ya no pudiera
aguantar más y cayera como el resto. Vi cómo el ser me miraba con unos ojos
formados por las facetas de miles de insectos y creí percibir una expresión de
triunfo anticipado ante el próximo desenlace.
Era el final, ya no podría aguantar mucho
más, pero de todas formas seguía intentándolo a pesar de que el sufrimiento era
enorme. Supongo que tampoco tenía alternativa. Sólo la muerte acabaría con mi
sufrimiento. Pasaron algunos minutos más y entonces sucedió. Me di cuenta de
que podía mover un poco la mano. La droga que había tomado debía haber sido
eliminada poco a poco por el sudor del esfuerzo y ahora empezaba a relajar su
efecto. El entumecimiento que paralizaba mi cuerpo fue desapareciendo y pude
moverme torpemente. Con gran lentitud, me fui arrastrando hacia el exterior del
círculo mientras el ser en el centro empezó a moverse de forma espasmódica,
emitiendo una especie de grito desgarrador que resonó en toda la selva. Al
final conseguí hacerme caer de la piedra que formaba el podio notando cómo la
presión que ejercía aquel extraño monstruo de maldad desaparecía de mi alma sin
dejar rastro. Caí al suelo con la visión de millones de insectos abandonando
rápidamente el cuerpo sin vida del inglés del que sólo quedó el esqueleto. Lo
último que recuerdo es una paz y tranquilidad como nunca antes había sentido y
la convicción de que mi propósito en la vida se había cumplido. Podía descansar
en paz.
Los indígenas me recogieron y cuidaron. Me
llevaron rápidamente con mis compañeros cuando se lo pedí. A partir de allí el
viaje de regreso transcurrió sin incidentes graves a pesar de las peleas que
estallaron de vez en cuando y las borracheras del capitán. El holandés no se
recuperó y siguió en su estado catatónico, sentado en un rincón, inmóvil con la
mirada perdida. Yo, aunque debilitado por la experiencia, pude realizar los
trabajos que tenía asignados en el barco. Pero durante las noches me despertaba
gritando por la pesadilla en la que volvía a revivir la terrible experiencia.
Entonces se me acercaba Ahmet preocupado y volvía a dormirme reconfortado por
su compañía.
Cuando llegamos a puerto me estaba esperando
el telegrama de respuesta de mi padre. Consistía en una única palabra: MÁTALO.
Sin duda mi padre sabía muchas cosas de ese hombre o de su familia pero dada
nuestra relación no las conocería nunca.
A pesar del tiempo transcurrido y los cambios
que produce el devenir de la vida aún recuerdo las últimas palabras del
indígena alto, cuando ya todo hubo acabado. Yo estaba obsesionado por el hecho
de que hubieran permitido al inglés realizar aquel monstruoso ritual y le
pregunté el porqué.
- Él cumplió la parte del trato que estaba
especificada en una profecía que se remonta a tiempo inmemorial –dijo como
respuesta – Nos trajo la piedra negra que se perdió cuando nuestro pueblo
inició la huida que le llevó a este lugar.
- Pero con ese ritual mató a varios de los
suyos – grité consternado por la idea – incluso es posible que luego les matara
a todos.
- Es seguro que luego nos habría matado a
todos – confirmó – Pero no había opción, habíamos de seguir los mandatos de
nuestros antepasados y cumplir la profecía haciendo el ritual que permitiría
renacer al dios negro. Hace mucho tiempo se hizo un trato con el poder oscuro.
Un trato que nos ligaba a nosotros, los descendientes de la gente que lo hizo.
Afortunadamente estaba usted aquí para estropear sus planes.
- Pero entonces... están vivos de casualidad,
debido al hecho fortuito de que yo fuera el guía que él escogió.
Estaba indignado por la tranquilidad con que
se tomaban ese asunto. Como si salvarse por pura casualidad de una muerte
cierta y evitar un cataclismo fuera algo que se pudiera tomar a la ligera.
Entonces me miró directamente a los ojos, como si quisiera que le prestara toda
la atención posible y con un tono que expresaba familiaridad y cariño, como el
que se utiliza para hablar con los niños, contestó:
- Ya veo que usted no lo entiende –dijo
meditando cada una de las palabras y añadió –pero el hecho es que en estas
cosas no hay casualidades. Hay otros dioses y una ley natural que nos gobierna
a todos.
Esas fueron sus últimas palabras y, a pesar
de mi escepticismo general por todo lo sobrenatural, los dioses, espíritus y
ese tipo de cosas, he de admitir que hay algo más ahí oculto. Algo que espera
su momento para volver a tomar su lugar en la creación. Un lugar que le fue
arrebatado hace miles de años. Y en lo profundo de la noche aún me despierto en
gritos cuando oigo su llamada a través del velo de mis sueños.