La Selva Interior

 

 

El Inglés

 

El sol ardiente de la mañana me estaba torturando. Además, a pesar de la terrible humedad ambiental, sentía la garganta seca y tenía ganas de llevarme algo al gaznate. Mientras avanzaba a través de las destartaladas chabolas que formaban la calle, esquivando de forma automática y rutinaria los fangales que salpicaban aquí y allá el suelo de tierra, notaba la desagradable sensación que producía el sudor al bajar a raudales desde la frente hasta el cuello, pasando por la mejilla y empapando la camisa que se volvía pegajosa al contacto con mi cuerpo. ¿Cómo era posible que alguien pudiera vivir en este clima?, pensé, ¿eran seres humanos de verdad los nativos?. La humedad del aire era tan palpable como algo sólido. Apretaba mi cuerpo por todos lados hundiéndome más y más en el suelo fangoso, quitándome el aire de los pulmones por simple presión y haciendo que cada paso fuera un acto de voluntad suprema.

Llegué por fin a mi destino, el bar Cheli, donde se reunía la “flor y nata” local. Chulos, prostitutas, contrabandistas, mercenarios sin escrúpulos, marineros sin trabajo, etc. Un lugar de lo más pintoresco en el que yo encajaba a la perfección. Ya no podía caer más bajo. Cuando llegué al Africa recordaba que me preocupaba por mantener las formas. Me lavaba todos los días y procuraba tener la ropa limpia y a punto de inspección. Ahora, con la camisa sudada de una semana, los pantalones de siempre y un raído sombrero que había vivido tiempos mejores, no desentonaba en absoluto con la fauna local. Rascándome la mugrienta barba de varios días me acerqué a la barra y le pedí al “calvo” lo de siempre.

- ¿Qué?, ¿la caza no va bien?, ¿no? – me increpó mientras servía el whisky barato de todos los días.

- He tenido mejores temporadas – comenté.

- Pues a ver si encuentras algo – me replicó – tu cuenta se está acabando. Y es lo que yo digo, ¿qué importancia tiene que caces o no?. Hay otras cosas más provechosas que podría hacer alguien como tu. Te lo tengo dicho, ya sabes, cuando te decidas sólo tienes que venir y decírmelo. Pero no tardes mucho que si no ...

- Vale, vale, déjame respirar un poco, mensaje recibido - Contesté mientras me retiraba a la silla del rincón junto a la ventana, mi lugar preferido en ese antro.

La verdad era que el negocio no iba bien, nada bien. Ya hacía más de dos meses que no organizaba ninguna cacería. Las expediciones de ricos snobs que querían el típico recuerdo en forma de cabeza de león encima de la chimenea ya no eran tan abundantes como antes. La crisis, decían, la puta crisis. Desde el crack de la bolsa que todo se había ido abajo. Ahora los niños ricos tenían cosas más importantes en que pensar que un trofeo ornamental, por muy bien que quedara encima de la chimenea. El mundo estaba cambiando, se movía hacia delante y soltaba lastre. Y yo era un lastre más, un recuerdo curioso de otra época. Aunque había lastres más grandes. Mi padre, por ejemplo, que me había desheredado para mantener la dignidad familiar por culpa de aquel incidente en la universidad.

Empecé a tragar el fuerte brebaje mientras recordaba. La nuestra era una amistad de verdad, de los que han pasado muchas cosas juntos. Una pasión de dos almas gemelas perdidas en el océano de soledad de la sociedad victoriana. No podíamos estar el uno sin el otro, trasnochando continuamente y yéndonos de juerga a todos sitios. Hacíamos un buen equipo pero nos gustábamos más allá de lo razonable. Al final, pasó lo que tenía que pasar.

Tomé un trago largo y profundo mientras recordaba aquellas noches de pasión, carne contra carne, jugando con lo prohibido. Dos cuerpos con pleno conocimiento uno del otro, tanto como uno conoce el propio cuerpo. La piel suave, el cuerpo frágil bajo fuertes manos que lo recorrían, rodeando la cintura, sintiendo cada parte, cada curva. Dando al otro lo que uno sabe quiere para sí.

Me serví otro trago, el pulso acelerado por el cálido recuerdo. Nadie lo entendió, ni siquiera yo lo entendía. Solo sabía que las cosas eran así. Perder una fortuna por eso... Pero en el fondo me alegraba. No podía soportar la hipocresía de la clase alta. Mi clase. Me vinieron a la mente las caras de mis amigos como dolorosos látigos de un mal recuerdo no mitigado. Caras de censura velada por la sonrisa hipócrita de una comprensión mal entendida. “te entendemos, no te preocupes...”. ¡Qué iban a entender!, no es posible entenderlo sin vivirlo. Por eso me fui a la selva, donde las etiquetas impuestas por la cultura occidental carecían de significado.  Prefería el trato directo de los nativos de aquí.

Además ahora tenía a Ahmet, mi asistente. Tan joven que casi parecía un niño, con aquellos ojos grandes y sinceros, su tez morena y lisa, su cabello negro, enmarañado, y aquel desparpajo natural de la gente de la calle. Se había convertido en mis ojos y mis oídos, más fiel que mis propios órganos y mucho más certero con su instinto primitivo.

Mi mirada estaba perdida en algún lugar de las profundidades del vaso mientras alrededor la vida frenética del local danzaba en su ritmo matutino. Ruidos, conversaciones a voz en grito, olores de comida recién hecha, especiada al gusto nativo, rápidos movimientos que atravesaban la cálida atmósfera llena de humo. Si algún rincón del mundo era un estercolero aquél sin duda lo era. Pero al menos estaba lleno de vida.

En medio de todo el ruido se podía oír la musiquita medio apagada de la radio. Aquella radio vieja y destartalada, colocada en el estante de las botellas encima del mostrador, acompañada por diversas botellas de distinta graduación alcohólica como viejos veteranos de muchas batallas. Su melodía traía mensajes de otro mundo, donde la gente tenía otros valores y costumbres, donde se construía el futuro y el cambio era la norma a seguir. Al contrario que aquí, donde el tiempo parecía haberse detenido congelado en un instante que se prolongaba eternamente. Era un lugar ideal para estancarse y morir. Cayendo poco a poco en una degeneración somnolienta y perezosa que me arrastraba día a día un poco más hacia el lugar del no retorno. Allá donde el pensamiento se paraliza en un deleite sosegado y sin rumbo.

Alcé los ojos, despertando brevemente de mi embotamiento, para mirar la calle a través de la ventana. El sol iluminaba las blancas fachadas de las chabolas que surgían como setas del barro de la acera. La gente, indígenas que parecían haber sido vestidos a la occidental con los retales sobrantes de la metrópoli, realizaban sus quehaceres cotidianos con aquella desgana propia que da el calor sofocante y la agobiante humedad. Por allí trotaba un niño, desnudo de la cintura para arriba, arrastrando como podía un carro repleto de frutas. Se notaba en su tensa mirada el esfuerzo sobrehumano que tenía que hacer para realizar el trabajo de un hombre. Más allá paseaba el viejo de siempre, a pasos cortitos, con la mano extendida en gesto universal y mirada suplicante. Las arrugas y la suciedad apenas dejaban distinguir su cara medio tapada por un turbante de color indefinido. La juventud y la vejez conviviendo por un momento en la transitada calle. Principio y fin. Esperanzas: ninguna.

Mirando sin ver, dejando pasar el tiempo con la felicidad breve y transitoria del sopor alcohólico, no me di cuenta hasta que estuvieron muy cerca, de que Ahmet se acercaba por la calle acompañado de un elegante inglés. Parecía haber salido de Harrods, después de haber comprado el modelo de “explorador inglés arquetípico”. Llevaba el consabido salakof de color blanco, camisa ligera abotonada hasta arriba, pantalones bombachos, calcetines altos y botas de media caña. Todo ello impecable y deslumbrante. Estaba tan fuera de lugar en aquel sitio que el mismo contorno de su silueta resaltaba contra el gris del fondo. Era una imposibilidad matemática hecha realidad mediante algún oscuro artificio. Además no parecía en absoluto incomodado ni por el calor ni por la humedad. Ni siquiera se podía observar un rastro de sudor en su piel o en su camisa.

Sonreí mientras pensaba - por fin un cliente – Seguro que Ahmet lo traía directamente desde el puerto donde había desembarcado. Buen chico, ya era hora de que cambiara mi suerte. Con un gesto indiqué al “calvo” que quería otro whisky y me repantingué en la silla esperando distraídamente a que llegaran.

Cuando estuvieron a la altura de la puerta, Ahmet le indicó con un signo adentro mientras alargaba la mano para recibir la consabida propina. El inglés le lanzó displicente una reluciente moneda y entró decidido en el infecto local. Desde mi privilegiado lugar de observación ya esperaba ver las caras de sorpresa y estupefacción que provocaría semejante individuo en ese sitio cuando, muy al contrario, vi cómo se dirigía hacia el mostrador sin que nadie le prestara la más mínima atención.

Deben estar todos ciegos, pensé, pero el “calvo” le dará tal lección de la pintoresca y soez lengua barriobajera que se va a caer de espaldas.

Pero, también esta vez me equivoqué ya que el “calvo” se limitó a señalar en mi dirección con un simple gesto y una expresión borreguil en su cara. “Debe de estar bajo de forma”, decidí mientras seguía la aproximación del hombre con el rabillo del ojo, procurando parecer distraído mirando por la ventana.

- Perdóneme caballero, permítame que me presente: Soy Sir Archivald Laury III, y tengo entendido que usted es el explorador más hábil de la región. ¿Me equivoco?.

- En absoluto – contesté intentando parecer sorprendido por su aparición cuando en realidad lo estaba por su forma de hablar

- En ese caso, le ruego que me permita invitarle y estaría sumamente agradecido si decidiera perder un poco de su tiempo escuchando la propuesta que tengo que hacerle.

Decididamente el tipo no era normal. No sólo su vestimenta estaba fuera de lugar sino que su forma de expresarse era decididamente ultraterrena en este sitio. No recordaba haber oído estas florituras más que en las fiestas de alto copete a las que asistía tiempo atrás. Por otra parte su nombre me sonaba pero no podía recordar de que. Pero bueno, nada de eso tenía importancia. ¿Había dicho algo de invitar?. Que dijera lo que quisiera, de momento me regalaría con un puro y un buen whisky, que hacía tiempo que no tomaba. Le hice una seña al “calvo” mientras contestaba que no faltaba más, que lo escucharía encantado.

El inglés se arrellanó en el asiento de enfrente y pidió otro whisky para él. Tenía un indudable aire distinguido, con gestos y maneras que delataban su origen aristocrático. Era alto, delgado, con el pelo de ese rubio pajizo muy claro y la tez blanca y sonrosada, como la de los bebés. Quizá sus ojos eran la parte más destacable del conjunto, de un azul pálido y desvaído. Daban una sensación de frialdad que causaba cierta inquietud. Pero cualquier recelo quedaba vencido por su fácil sonrisa, cálida y afectuosa, que dejaba un buen recuerdo en las personas que le trataban. Con ese encanto que a veces se da en determinados individuos, de forma que confiamos inmediatamente en ellos sin albergar ninguna duda acerca de su sinceridad o intenciones.

- Verá, - empezó diciendo - se trata de algo muy sencillo: mi intención no es ir a cazar ni nada parecido. Sólo quiero que me guíe para llegar a un sitio en concreto, nada más.

Intenté disimular la sonrisa, la cosa era más fácil de lo que imaginaba. Me relajé y apoltroné, saboreando con placer el suave líquido que ahora prefería degustar lentamente y no beber de un trago como el anterior brebaje. Aspiré el humo entrando en un exquisito éxtasis. ¿Cuánto tiempo hacía que no fumaba un puro como éste?. No podía recordarlo.

- Y ¿dónde está ese sitio?, si puede saberse – pregunté más por rutina que por verdadero interés – ¿Se trata de las fuentes de algún río, o la cumbre de alguna montaña, quizás alguno de los lagos interiores?.

- No, no, nada de eso – replicó quitando importancia al asunto – Solo quiero ir a donde está la tribu de los Oghami.

Noté cómo subía un escalofrío mientras perdía toda compostura. Era como si me acabaran de tirar al agua de una piscina helada sin previo aviso. Levanté la mirada y, supongo que con un aire de suma estupidez, pregunté:

- ¿Cómo dice?, ¿la tribu de los Oghami?

- Si claro, tengo entendido que está a no más de una semana de viaje desde aquí, ¿no es cierto? – contestó con absoluta tranquilidad.

- Pero nadie quiere ir a ese sitio, todo el mundo dice que es tabú. – protesté - Y no es que yo tenga miedo, que va, pero ¿cómo quiere que contrate a la gente que necesitaremos si nadie se atreve a ir?

- Oh, no se preocupe por eso – replicó – Usted solo tiene que indicarme a quien necesita y yo ya hablaré con él para intentar convencerle.

“Desde luego está como una cabra” pensé mientras observaba al hombre que me dirigía una sonrisa amable y atenta. Era evidente que se había informado al respecto y no parecía ningún estúpido. Cada vez me convencía más de que no era una persona normal. Había algo en él que no encajaba, aparte de su aspecto estrafalario. Además estaba la cuestión del nombre. Me sonaba de algo, de algo que tenía que ver con mi infancia. De alguna conversación escuchada de niño por accidente mientras mis padres hablaban en voz baja. Pero seguía sin recordar el que. De todas formas la ocasión se prestaba para conseguir una cantidad elevada de dinero. ¿Qué importancia tenía que estuviera loco o que fuera extravagante?. Calculé mentalmente los gastos posibles, incluyendo las elevadas comisiones que exigirían los hombres al saber el sitio al que iban a ir. No podrían ser indígenas, con esos estaba totalmente seguro de que sería imposible. Salió una cifra y luego la doblé. Miré al inglés y calibré su riqueza calculando que debía ser muy alta teniendo en cuenta la calidad de los vestidos que llevaba y triplicé el total obtenido. Le comuniqué la cantidad con una ligera sonrisa que quería decir: “quien algo quiere, algo le cuesta”, y me preparé para la expresión escandalizada de costumbre y el inevitable regateo subsiguiente.

- De acuerdo, ¿cuándo podemos salir? – contestó sin siquiera inmutarse sacando un enorme fajo de billetes de su cartera.

Era consciente de que mi expresión de total anonadamiento me tenía que estar denunciando, pero no podía hacer nada para evitarlo. Mi sangre fría no llegaba a tanto. “Desde luego esta como una puta cabra” – pensé. Pero no importaba, un trato era un trato. Ahora sólo venía la peliaguda cuestión de intentar convencer a los hombres necesarios. Había algunos que me veía capaz de persuadir, gente desesperada y poco de fiar que haría cualquier cosa por dinero. Además estaba la cuestión del transporte. Tenía que contratar una barcaza y esa gente no se movía fácilmente. Y menos para ir a una zona con tan mala fama. El único lo suficientemente loco o, en este caso, borracho, para ser convencido era el viejo Joe. Recordé la última vez que lo vi, tumbado boca arriba en su barcaza, con la espalda apoyada en el castillo de proa y una botella vacía en la mano. Tenía la cabeza inclinada, mirando hacia arriba, con la boca abierta de la que caía la baba. Llevaba la vieja y raída chaqueta, encima de la típica y sucia camiseta a rayas. Su cabello, encrespado y revuelto, daba muestras de no haberse lavado en años y su frente estaba perlada por gotas de sudor que iban bajando por la cara, entreteniéndose en la barba para luego bajar al cuello y, finalmente, formar una gran mancha en el pecho. A pesar de la distancia que nos separaba desde el malecón podía oler la mezcolanza de olores entre vino barato, sudor y otros menos identificables. Sí, quizás pudiera convencerlo, pero, ¿no había dicho el inglés que lo haría él?. Bueno, si se creía tan bueno desde luego esta era una ocasión para demostrarlo.

- Muy bien entonces – dije recogiendo el abultado fajo de billetes – Primero hemos de contratar a los hombres. Yo consultaré con mis contactos para la mano de obra, mientras, usted puede contratar la barcaza del viejo Joe.

- De acuerdo, ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted – dijo extendiendo la mano – Nos veremos mañana por la mañana en el puerto, si le parece bien.

- Si, si, perfectamente – repliqué mientras estrechaba la mano de aquel hombre, guardando con presteza el dinero.

Después de que saliera por la puerta del bar, me dirigí hacia la barra para hablar con el calvo. “Va a ser difícil” pensé imaginando la clase de hombres que se contrataban para este tipo de cosas: las que nadie quiere hacer. “Y peligroso”, sin duda, cuando uno no puede elegir demasiado al personal se le cuelan individuos de la peor especie. De esos que matarían a su madre por unas monedas...

 

El puerto

 

Avanzaba con paso apresurado a través de las destartaladas instalaciones portuarias pensando “he de llegar a tiempo, antes de que suceda algún accidente...”. Y es que me había retrasado poniendo un telegrama a mi padre de dos únicas palabras: “ARCHIVALD LAURY ?”. A pesar de nuestras diferencias y del hecho de que nunca le había enviado ninguna comunicación durante todos estos años, mi padre era un hombre responsable. Así que, ya respondería si lo consideraba necesario.

Llegué a la altura del primer malecón, saltando toda serie de obstáculos en forma de gente, carretillas, barriles, rollos de cuerda, pedazos de hierro y, en general, desperdicios de todo tipo. Era hora punta y se notaba: gente gritando, anunciando sus productos o haciéndose entender entre el estruendo que hacían los operarios cargando y descargando. Ruidos variados de cosas que caían, golpeaban, se aplastaban. Cuerdas que crujían al estirarse, poleas que rechinaban al girar, pasos pesados y ligeros, apresurados o lentos. El sonido de las frituras, de los platos y cubiertos. Los olores de comida mezclados con los efluvios del río. Todo indicaba actividad y movimiento. Avancé, esquivando toda una serie de empujones, codazos y apretones que me obligaban a deslizarme a través de las masas de cuerpos como una anguila nadando en el sudor ajeno, respirando el aire de todos en medio de un calor insoportable.

A lo lejos podía ver la goleta del viejo recortándose contra el fondo del cielo. Incluso creía distinguir a alguno de los reclutas para la expedición. ¡Menudo grupo formaban!. Parecían seleccionados de entre los presos del pasillo de la muerte de un penal de alta seguridad. Teníamos al “Toro”. Metro noventa de puro músculo y nada de cerebro. Que sólo seguía impulsos primarios por propia incapacidad mental para razonar. Lo bueno de eso es que no fue demasiado difícil convencerle, lo malo, bueno..., era como llevar dinamita y combustible altamente inflamable en compañía de un paquete de cerillas. Cualquier excusa servía para una buena pelea. Luego estaba “El Legionario”, que era ex miembro de la Legión Extranjera. El típico prófugo asesino de su oficial al mando. Era del tipo de personas que te calibraba con la mirada antes de dirigirte la palabra (si es que alguna vez te hablaba). Siempre estaba en una posición que le permitía pegarte cuatro patadas y varios navajazos antes de que te dieras cuenta de lo que pasaba. Como un muelle en tensión siempre preparado para entrar en acción. Contratarle también fue fácil: por dinero haría cualquier cosa, sin preguntas. Y, por último, estaba “El Holandés”. Definirlo era relativamente fácil: estaba completamente loco. Nadie podía adivinar sus acciones por la sencilla razón de que no había nunca un motivo racional que las justificara. No le gustaba la luz del sol. Decía que era la luz de la muerte y prefería la noche, la luz de la luna y el silencio. Apenas hablaba, limitándose a mirar al infinito con una mirada extraña y perdida. Como si hubiera algo más allá que sólo él veía. Una vez mató a un hombre que estaba maltratando a su caballo, pero no por un sentimiento de lástima hacia el pobre animal sino para parar el ruido que hacían.

Y había dejado al inglés con ese trío y el viejo, que estaría tan borracho a estas horas que lo encontraría tirado en algún rincón. Bueno, tarde o temprano ese inglés había de conocer a la gente con la que compartiría viaje así que... De todas formas hubiera preferido que se enterara después de haber partido.

Al cabo de no pocos esfuerzos llegué a la altura de la cochambrosa goleta. Todo parecía en orden. Vi al Holandés limpiando el suelo de la cubierta. Al Legionario haciendo un arreglo en las velas, colgado boca abajo de las jarcias del palo mayor. Al Toro transportando la carga que se había comprado para la expedición desde el puerto hasta la bodega. Hasta el viejo Joe, que parecía sereno, estaba revisando las partes delicadas de su barco. Subí a la recién fregada cubierta con una cara que debía demostrar mi total estupefacción. Entonces oí una voz que ya se había hecho familiar: “Buenos días, ¿listo para partir?”. Me giré hacía el castillo de popa para ver la cara sonriente del inglés, saliendo por la puerta acompañado por Ahmet. Contesté con un sonido gutural que pretendía ser un “si, si, claro...” mientras me dirigía hacia el viejo para informarme de si realmente ya estaban a punto.

Y, sí, por lo visto ya estaban listos. Mientras arreglaba los últimos detalles con el práctico del puerto no podía dejar de pensar “¿Cómo coño lo hace?”.

 

 

El viaje por el río

 

El viaje transcurría en total armonía. Los hombres no sólo se comportaban bien sino que parecían disfrutar. Era extraño pero nadie se lo planteaba, sencillamente sucedía. Hasta la selva parecía tranquila, con su verdor deslumbrante. La tupida masa de árboles inclinaba sus copas cargadas de hojas hasta tocar el borde del agua A medida que el aire los mecía se formaban amplias ondas en la superficie cristalina. Era un espectáculo cuya inmensidad arrobaba el alma. En medio de la selva, aislados de todo contacto humano que no fuéramos nosotros mismos, volvíamos a la condición de meros animales frente a la naturaleza. En esas condiciones el valor del individuo se transformaba adquiriendo importancia.

Una tarde, mientras la goleta avanzaba perezosamente por las tranquilas aguas del río, le pregunté a Ahmet:

- ¿Tu no encuentras raro que esos hombres, que de natural son unos camorristas, se comporten tan bien?

Ahmet me miró extrañado, como si no hubiera caído en ese hecho hasta entonces.

- Si, es raro sahbid...

Se quedó pensativo un rato y luego añadió:

- Debe ser la tranquilidad de la selva que los calma.

Y, como si esa explicación lo arreglara todo, dejó de pensar en ello. A las veces que se lo volví a preguntar más tarde, simplemente contestaba: “es normal sahbid, la selva es tan tranquilizadora...”.

Pasaron los días. El barco discurría con ese avance calmado que sólo se puede conseguir en los barcos de vela donde el viento y el agua se unen en íntima armonía. El silencio solo era roto por los ruidos de la selva, el rumor constante del viento y el chapoteo discontinuo pero tenaz del oleaje. La vida cotidiana discurría tranquila y sosegada, con esa alegría interna y sencilla del que hacer diario.

Avanzábamos por el centro del río, dejando a los lados las orillas con la espesa maleza que rebosaba por encima del agua. Y cuando caía la noche tirábamos el ancla, permaneciendo alejados de la tierra y sus peligros. La vida se había hecho cómoda. La rutina ligera y descansada. Como en unas vacaciones de recreo.

Sólo yo seguía inquieto. Sabía que algo no encajaba, que bajo esa aparente calma y felicidad se escondía una cosa siniestra y malvada. Podría haberme relajado y adoptar la misma actitud que el resto. Mientras veía a Ahmet hacer sus trabajos en el barco, ayudándome a cada momento con esa gracia y atención que le caracterizaban, podía muy bien haberme refugiado en ese paraíso e intentar olvidar el sentimiento de alarma que crecía en mi interior. Disfrutar del momento..., sí, la mirada alegre de Ahmet me sugería hacerlo. Pero no podía. Algo dentro de mi me advertía que no bajara la guardia, que todo era una ilusión, que había algo escondido delante de nuestras narices, aunque no pudiéramos verlo.

Me decidí entonces a espiar discretamente las acciones del inglés. Observé que seguía una rutina muy regular. Por la mañana desayunaba. Un poco aparte del resto pero no lo suficiente como para que se tomara como un desprecio. Mientras comía, con moderación y gestos comedidos, leía un viejo libro de tapas negras. Después del desayuno se paseaba un poco por cubierta aprovechando esa parte de la mañana en que la atmósfera aún es fresca. Luego se encerraba en su camarote y no salía hasta la hora de la comida. No tenía idea de qué es lo que hacía tanto tiempo ahí dentro. Había intentado escuchar a través de la puerta pero sólo pude oír, de forma muy apagada, una cantinela que apenas se percibía. Era como una canción repetitiva, cantada en un tono grave y monótono. También me pareció oler a incienso. De hecho sus ropas siempre tenían ese olor, como si hubieran quedado impregnadas por una exposición continuada. Después de comer volvía a encerrarse en su habitación hasta la hora de la cena. Por la noche, cuando el barco ya estaba atracado e inmóvil en medio del río, se paseaba durante horas por la cubierta, mirando la oscuridad que nos envolvía y el cielo nocturno repleto de estrellas.

Durante uno de esos paseos me atreví a iniciar una conversación al respecto de las cosas que consideraba inexplicables de él.

- Entiendo su problema – me dijo mientras fumaba su pipa con aire relajado – pero no debe preocuparse – añadió – sencillamente no puede hacer nada y, además, no le afecta en absoluto. Por otra parte, cuando llegue a mi destino me iré y ya no volverá a verme nunca más.

- Pero es que sé que algo no encaja, que algo no es correcto. Esta aparente felicidad es falsa, es sólo un velo que nos nubla la visión de algo que esta ahí, escondido en alguna parte – repliqué.

- Ya, es tan suspicaz como sospechaba que lo sería cuando me enteré de su apellido. – su sonrisa era demasiado tranquilizadora como para que no me recorriera un escalofrío – Pero esté tranquilo, como ya le he dicho no puede hacer usted nada así que, para que preocuparse, ¿no?. – añadió con una pequeña nota de ironía en la palabra.

Después de esa inquietante conversación ya no intenté hablar más con él. Me limité a vigilarlo de vez en cuando, intentando no bajar la guardia en ningún momento. Por si acaso...

 

 

La selva

 

Poco a poco el camino se fue haciendo más y más impracticable. No sólo por los obstáculos que se iban encontrando cada vez con mayor frecuencia: árboles caídos, rocas difíciles de rodear o corrientes de agua que dificultaban el avance, sino también porque el río se fue estrechando de forma gradual. Llegó un momento en que ya no quedó espacio para maniobrar.

La selva aquí era más tupida que antes y era evidente que, aparte de los animales, estaba totalmente deshabitada. La civilización quedaba atrás, a varios días de marcha. A partir de este punto sólo encontraríamos naturaleza en su estado más salvaje, como debía haber sido el resto del planeta hace miles de años. Una especie de sensación primordial flotaba en el ambiente. La sensación que produce la visión de un paisaje virgen, inmaculado, en su esencia primitiva. La imagen de la naturaleza sin artificios, pura y en estado bruto.

- Hemos llegado al final del tramo navegable del río – dijo el viejo Joe– a partir de ahora el viaje es asunto suyo. Yo les esperaré aquí tres días – pareció dudar un momento y al final añadió: cuatro a lo sumo. Si al final del cuarto día no han regresado me iré.

- No será ningún problema – contestó el inglés – según mis informaciones debemos de estar a dos días de viaje como máximo de la tribu adonde quiero ir. Cuatro días es tiempo suficiente para ir y volver.

Habíamos llegado al final de la etapa fácil del viaje. Ahora venía la parte más dura: atravesar la tupida selva, con todos los peligros e incomodidades que eso comportaba.

Desembarcamos el material necesario a tierra. A nuestro alrededor se alzaban los altos árboles de esa zona. Formaban una enorme cúpula con sus cumbres entrelazadas en un amplio abanico de matices verdes y marrones. Tan espesa era que apenas podía atravesarla de vez en cuando algún apagado rayo de luz. Avanzamos por el interior de la especie de gruta que íbamos creando con la ayuda de los machetes. Éramos como un organismo alieno que penetrara en el interior del cuerpo vivo de la selva, avanzando lentamente hacia su núcleo, con la oscuridad, el calor y la humedad en aumento. Hasta los sonidos de la selva parecían acompasarse a un ritmo lento pero continuado, como el latir pesado y grave de un inmenso corazón.

Era un efecto ilusorio y lo sabía, tenía que serlo, la imaginación creaba este tipo de fantasmas en la mente de la gente agotada y nosotros lo estabamos. Pero de todas formas la sensación era muy fuerte. Miré a mis compañeros pero ellos no parecían darse cuenta de nada. Sus caras solo reflejaban la fatiga normal de la marcha. ¿Me estaría volviendo loco?, ¿cómo es que era el único que se daba cuenta de ese latido?.

El inglés tenía una expresión diferente. No había cambiado su aspecto, fresco y tranquilo, pero su mirada se había hecho más intensa. Como si viera algo más allá de la penumbra que nos rodeaba y lo estuviera vigilando, manteniéndose a la expectativa.

Después de un día de marcha constante, solo detenida brevemente para comer y descansar un poco, llegó la deseada noche. La luz había disminuido gradualmente y el entorno se había vuelto lo suficientemente oscuro como para que tuviéramos que iluminarnos con las linternas. Decidimos que ya era la hora de montar el campamento. Necesitábamos dormir y descansar para recuperar las fuerzas.

Durante la noche hice mi guardia con “el holandés”. La conversación no es que fuera una maravilla. Sentados alrededor del fuego del campamento, con el humo creando formas y siluetas fantasmagóricas que se alargaban perdiéndose en las alturas, la habitual mudez de mi compañero sólo ayudaba a que el ambiente fuera aún más extraño. Observé su rostro iluminado por la fogata. Sus ojos parecían facetados con reflejos danzantes, fijos en el fuego, con una mirada intensa y perdida. Parecía mirar más allá, a través de la luz oscilante. Entonces murmuró algo. Creí entender que decía “es maravilloso... la luz...la luz”. Y ya no dijo nada más. Permaneció con la mirada perdida en algún punto en el interior de la hoguera.

Cuando llegó el momento del relevo me di cuenta que había caído en una catatónia profunda. Todo intento por despertarle fue inútil. El inglés solo comentó:

- Pobre mente débil. No ha podido resistir la visión hipnótica del fuego.

Como estabamos muy cerca de nuestro objetivo decidí que lo mejor sería que sólo siguiéramos hasta la tribu yo y el inglés. El resto esperaría nuestro regreso acompañando al holandés. Dejamos con los que se quedaban la mayor parte del material y nos llevamos sólo lo indispensable. El inglés dijo que no le hacía falta nada más que lo que llevaba puesto, como si no pensara regresar del sitio a donde iba.

Empezamos a caminar avanzando entre la penumbra, rodeados por la desbordante vegetación que creaba una extraña luminosidad verdosa. Emergimos de pronto a una especie de túnel natural formado por los árboles que se combaban. El avance se volvió mucho más fácil y pudimos observar que a éste túnel se unían otros más pequeños en nuestro camino hacia el interior. Era algo increíble pero mi mente ya se había acostumbrado a la irrealidad de esta selva. Los sonidos se fueron haciendo cada vez más rítmicos, agrupándose en oleadas que se aceleraban gradualmente. Decididamente no era mi imaginación, el ritmo existía, surgía de todos lados y era como los latidos de un corazón gigantesco.

La fuerza ingente de ese pulso hipnótico forzaba mi mente a entrar en una especie de trance. A cada paso me daba cuenta de que no podía librarme de seguir el ritmo. Mi propia respiración se acompasaba contra mi voluntad y hasta los latidos de mi corazón parecían ser un reflejo de los del otro. Seguimos caminando siguiendo ese ritmo que se iba acelerando poco a poco. Empezamos a avanzar más rápido, a trotar. Al final corríamos de forma desbocada, esquivando como podíamos los obstáculos del camino en un alarde de reflejos suicidas.

Cuando ya parecía que mi corazón iba a salirse del pecho y la respiración ya no daba abasto, todo se acalló de repente y caímos al suelo. Estábamos en la entrada a un inmenso claro de más de veinte metros de diámetro en medio de la selva. Demasiado cansados para darnos cuenta de lo que había a nuestro alrededor fuimos respirando de forma atropellada, tendidos boca arriba y sin fuerzas para nada mas que no fuera jadear. No vimos la figura que esperaba paciente en medio del claro hasta que recuperamos el resuello.

 

 

El ritual

 

El inglés fue el primero en verle. En medio del claro había un hombre de color, bastante alto, que esperaba apoyado en su bastón mientras nos miraba fijamente. Nos levantamos y dirigimos hacia él notando cómo la fatiga nos torturaba a cada paso. A medida que nos acercábamos pude ver mas de cerca la expresión de aquel hombre. Era de una seriedad absoluta que no expresaba otro sentimiento que el de una atención o concentración total. Casi podía sentir físicamente el peso de sus ojos que parecía escudriñar hasta el último rincón de mi alma.

Cuando llegamos ante él, el inglés empezó a hablar en un lenguaje incomprensible y sacó una extraña piedra de su zurrón. Era una piedra oscura, con los bordes suavizados y una forma que no pude reconocer. El hombre alto hizo un gesto de asentimiento y me señaló diciendo unas palabras. El inglés se giró hacia mí y con una expresión de ligero fastidio en su rostro me dijo:

- Parece ser que el hecho de que haya penetrado en el círculo le obliga a acompañarme en este asunto. Lo siento mucho pero ha de venir conmigo.

La verdad es que creo que tendría que haber protestado y dejarle allí plantado pero la curiosidad era más fuerte que nada así que solo repliqué:

- ¿Y que se supone que vamos ha hacer?, ¿de que va todo esto?.

Me miró durante un momento, como si estuviera meditando el hecho de sincerarse conmigo, y al final contestó:

- Se trata sólo de un ritual que yo he de hacer. Usted sólo será un simple espectador. No tendrá que hacer nada, sencillamente lo observará todo sentado a una cierta distancia. No tiene de qué preocuparse.

Su sonrisa y sus palabras eran sinceras y notaba que deseaba confiar en él. A pesar de que algo en mi interior emitía una ligera señal de alarma, acepté. Sé que es un poco estúpido embarcarse en algo de lo que no se sabe nada pero quería llegar al final de todo ese asunto y esa parecía ser la única forma de hacerlo.

Seguimos al indígena a través de oscuros túneles en infinidad de desvíos que a veces pasaban unos por encima de otros. Caminamos encima de troncos que hacían de puentes, a través de cortas grutas que se hundían en la tierra para volver a emerger unos metros más allá. El conjunto era un complicado laberinto tridimensional y no me quedaba ninguna duda de que sería imposible acertar el camino correcto sin guía. Al final llegamos a lo que parecía ser el núcleo de esa extraña maraña de túneles y caminos. Se trataba de una inmensa cavidad de más de doscientos metros de diámetro formada por troncos de árboles gigantescos cuyas copas se unían en las alturas. A todo lo largo del perímetro habían casas colgantes, hechas de madera y barro, situadas a diversas alturas encima de las ramas. Y en el centro de esa “caverna” había un pequeño promontorio de unos dos metros de altura y diez metros de diámetro, rodeado por doce grandes piedras parecidas a menhires. En lo alto del promontorio y cubriendo toda la superficie superior, había una gran piedra aplanada de forma circular con los bordes suavizados que parecía un podio.

Frente a nosotros se hallaban alineados más de cien indígenas que permanecían quietos y silenciosos con la mirada al frente. Observé sus expresiones. Su mirada tranquila con un deje de resignación fatalista y su absoluta seriedad les daba un aspecto solemne. Se desplazaron en silencio para formar un pasillo que nos llevaba hacia el “podio” central. Allí habían colocado algunas piedras planas que hacían las veces de asientos. Habían un total de doce “asientos” distribuidos de forma uniforme a lo largo de la circunferencia de piedra. El mismo número que el de menhires. Frente a cada uno de ellos había un cuenco, también de piedra, lleno con un líquido oscuro y viscoso que exhalaba un olor muy intenso a hierbas.

Siguiendo sus indicaciones me senté en una de las piedras junto con otros once indígenas. En el centro del círculo se colocó el inglés que permaneció de pié. El resto de la tribu esperó a cierta distancia del podio.

Los que estábamos sentados y el inglés que se había desnudado completamente, tomamos un sorbo del brebaje que teníamos en nuestros cuencos. Su sabor era muy fuerte pero no desagradable. Era una esencia de dulzor delicado y matices afrutados muy suave pero intenso, cuyo aroma penetraba los sentidos. Entonces la tribu empezó a tocar unos extraños instrumentos. Algunos eran de viento. Una especie de flautas y trompas de sonidos alternativamente agudos y graves. Otros eran de percusión. Grandes tambores que producían un batir profundo y potente. Tocaban con un ritmo pausado pero constante, acompañando con sus voces sonando en un extraño idioma gutural de tonos bajos. El conjunto creaba una melodía rítmica e hipnótica, de notas largas y ascendentes que parecían pulsar el alma como si fuera la cuerda de un violín. La tensión que generaba iba en aumento, con el ritmo acelerando, sin dejar de emitir esas notas largas de vez en cuando. Parecía como si la mente fuera arrastrada fuera de la consciencia para quedar solamente el sentimiento. Forzados a ascender en una espiral de círculos concéntricos hacia alturas desconocidas. No pensar... solo sentir...

En el centro, el inglés empezó a bailar una danza sugerente de gestos suaves y delicados al principio que se fueron acelerando cada vez mas en un movimiento circular. Los saltos y giros, al principio delicados, fueron haciéndose más enérgicos y bruscos a medida que se aceleraba el ritmo. Expresaba una exigencia irresistible que tenía que ser obedecida hasta por la misma naturaleza.

De pronto escuché un sonido nuevo procedente de más allá de los árboles que nos rodeaban. A través de la neblina en que se hallaban mis entumecidos sentidos debido al estado de trance pude percibir una especie de zumbido. Era un ruido horrible que llenaba mi alma de un terror subconsciente, lejos de toda concepción racional. En aquel momento un miedo abismal surgió de lo profundo de mi alma. Era un recuerdo atávico que no sabía que tenía y que surgía de forma espontánea como acto reflejo en respuesta a ese extraño zumbido. Quizás en el alba de la humanidad, nuestros antepasados más remotos, no plenamente humanos, se habían encontrado cara a cara con lo que venía. Y ese recuerdo arquetípico había quedado enterrado en lo más profundo de nuestro cerebro dejando una huella indeleble que había perdurado durante miles de años.

El volumen del zumbido fue en aumento a la par que mi terror. Intenté desesperadamente salir corriendo pero no pude mover ni un solo músculo. Observé que los indígenas a mi alrededor también tenían una mirada de terror absoluto y sudaban copiosamente aunque se mantenían hieráticamente inmóviles.

En ese momento pude ver lo que producía el zumbido. Eran millones de insectos voladores que surgían de lo alto de los árboles formando una gigantesca nube encima de nosotros. El enjambre giraba como si fuera un torbellino en respuesta a la cadencia de la melodía, con el cono hacia abajo señalando el sitio donde bailaba el inglés. El ritmo entonces se aceleró rápidamente y el enjambre bajó hasta llegar a su cuerpo y empezó a cubrirlo poco a poco. Los movimientos del baile alcanzaron una velocidad inhumana de forma que era difícil distinguir los contornos. Pero lo que era evidente es que se estaba creando una figura humana de tamaño colosal formada por millones de insectos que tenía como núcleo el cuerpo del inglés. Estábamos asistiendo al nacimiento de un nuevo ser de un poder inmenso que destilaba una maldad intensa y profunda, claramente perceptible por nuestras pobres y embotadas mentes. Un nuevo ser que absorbía la esencia de nuestras almas desgarrándolas en un empuje hacia el interior del círculo donde se alimentaba aquella abominación.

Un sentimiento de frustración e impotencia ante lo inevitable se apoderó de mí a pesar de mis esfuerzos por seguir luchando. Luchar ante lo inevitable. Luchar sabiendo que la muerte es segura. ¿Para que?, ¿qué sentido tenía una lucha sin esperanzas?, ¿no era mejor dejarse ir y acabar cuanto antes?. Sin embargo no podía resignarme ante esa certeza de lo inevitable. Quería vivir aunque sabía que iba a morir. Tenía una certeza absoluta, indiscutible, imposible de eludir. Pero, a pesar de eso, a pesar de estar convencido de la futilidad de mis esfuerzos no podía dejar de intentarlo. Ésa era mi forma de ser. Lucharía hasta el final y moriría luchando contra toda lógica, contra todo pronóstico. Una lucha absurda y patética, un esfuerzo fútil, una necedad absurda más allá de lo razonable.

Recordé las historias que me contaba mi padre cuando se sentaba por las noches al borde de mi cama. Esas historias que los padres cuentan a sus hijos para que se duerman. En mi caso eran historias de batallas perdidas de antemano, con héroes trágicos que morían luchando contra un enemigo imposible de ganar, totalmente superior y prepotente. La muerte del héroe era cantada por su pueblo al que había dado una oportunidad con su sacrificio. Recuerdo que protestaba ante la muerte del protagonista de la historia y entonces mi padre decía: “¿y que sentido tiene seguir viviendo cuando se tiene una oportunidad tan grande de morir como un héroe, en plena batalla?. ¿No crees que el personaje merece morir heroicamente en vez de pudrirse en una existencia anodina el resto de su vida?”. Pero yo protestaba diciendo “No es justo, el bueno tiene que vencer al malo, el malo no puede salirse con la suya”. Que simples e inocentes palabras aquellas, típicas de un niño pequeño. Pero siempre me sorprendía la respuesta que mi padre daba en esos casos: “Sí... precisamente, ese es el lema de nuestra familia: el bien siempre vence al mal”.

El cansancio empezó a nublar mis ojos mientras mi corazón latía desbocado y el sudor cubría mi cuerpo. Pero aún seguía luchando, no podía permitir que aquello pasara, tenía que aguantar hasta el final. Uno a uno los indígenas que formaban el círculo fueron cayendo. Se morían sin cambiar de postura y lo único que indicaba su estado era una flacidez general y la mirada sin vida. Solo yo quedaba vivo aunque adivinaba el cercano final. El cansancio estaba más allá de lo soportable y seguía sin encontrar una salida. Era sólo cuestión de tiempo hasta que ya no pudiera aguantar más y cayera como el resto. Vi cómo el ser me miraba con unos ojos formados por las facetas de miles de insectos y creí percibir una expresión de triunfo anticipado ante el próximo desenlace.

Era el final, ya no podría aguantar mucho más, pero de todas formas seguía intentándolo a pesar de que el sufrimiento era enorme. Supongo que tampoco tenía alternativa. Sólo la muerte acabaría con mi sufrimiento. Pasaron algunos minutos más y entonces sucedió. Me di cuenta de que podía mover un poco la mano. La droga que había tomado debía haber sido eliminada poco a poco por el sudor del esfuerzo y ahora empezaba a relajar su efecto. El entumecimiento que paralizaba mi cuerpo fue desapareciendo y pude moverme torpemente. Con gran lentitud, me fui arrastrando hacia el exterior del círculo mientras el ser en el centro empezó a moverse de forma espasmódica, emitiendo una especie de grito desgarrador que resonó en toda la selva. Al final conseguí hacerme caer de la piedra que formaba el podio notando cómo la presión que ejercía aquel extraño monstruo de maldad desaparecía de mi alma sin dejar rastro. Caí al suelo con la visión de millones de insectos abandonando rápidamente el cuerpo sin vida del inglés del que sólo quedó el esqueleto. Lo último que recuerdo es una paz y tranquilidad como nunca antes había sentido y la convicción de que mi propósito en la vida se había cumplido. Podía descansar en paz.

 

 

Epílogo

 

Los indígenas me recogieron y cuidaron. Me llevaron rápidamente con mis compañeros cuando se lo pedí. A partir de allí el viaje de regreso transcurrió sin incidentes graves a pesar de las peleas que estallaron de vez en cuando y las borracheras del capitán. El holandés no se recuperó y siguió en su estado catatónico, sentado en un rincón, inmóvil con la mirada perdida. Yo, aunque debilitado por la experiencia, pude realizar los trabajos que tenía asignados en el barco. Pero durante las noches me despertaba gritando por la pesadilla en la que volvía a revivir la terrible experiencia. Entonces se me acercaba Ahmet preocupado y volvía a dormirme reconfortado por su compañía.

Cuando llegamos a puerto me estaba esperando el telegrama de respuesta de mi padre. Consistía en una única palabra: MÁTALO. Sin duda mi padre sabía muchas cosas de ese hombre o de su familia pero dada nuestra relación no las conocería nunca.

A pesar del tiempo transcurrido y los cambios que produce el devenir de la vida aún recuerdo las últimas palabras del indígena alto, cuando ya todo hubo acabado. Yo estaba obsesionado por el hecho de que hubieran permitido al inglés realizar aquel monstruoso ritual y le pregunté el porqué.

- Él cumplió la parte del trato que estaba especificada en una profecía que se remonta a tiempo inmemorial –dijo como respuesta – Nos trajo la piedra negra que se perdió cuando nuestro pueblo inició la huida que le llevó a este lugar.

- Pero con ese ritual mató a varios de los suyos – grité consternado por la idea – incluso es posible que luego les matara a todos.

- Es seguro que luego nos habría matado a todos – confirmó – Pero no había opción, habíamos de seguir los mandatos de nuestros antepasados y cumplir la profecía haciendo el ritual que permitiría renacer al dios negro. Hace mucho tiempo se hizo un trato con el poder oscuro. Un trato que nos ligaba a nosotros, los descendientes de la gente que lo hizo. Afortunadamente estaba usted aquí para estropear sus planes.

- Pero entonces... están vivos de casualidad, debido al hecho fortuito de que yo fuera el guía que él escogió.

Estaba indignado por la tranquilidad con que se tomaban ese asunto. Como si salvarse por pura casualidad de una muerte cierta y evitar un cataclismo fuera algo que se pudiera tomar a la ligera. Entonces me miró directamente a los ojos, como si quisiera que le prestara toda la atención posible y con un tono que expresaba familiaridad y cariño, como el que se utiliza para hablar con los niños, contestó:

- Ya veo que usted no lo entiende –dijo meditando cada una de las palabras y añadió –pero el hecho es que en estas cosas no hay casualidades. Hay otros dioses y una ley natural que nos gobierna a todos.

Esas fueron sus últimas palabras y, a pesar de mi escepticismo general por todo lo sobrenatural, los dioses, espíritus y ese tipo de cosas, he de admitir que hay algo más ahí oculto. Algo que espera su momento para volver a tomar su lugar en la creación. Un lugar que le fue arrebatado hace miles de años. Y en lo profundo de la noche aún me despierto en gritos cuando oigo su llamada a través del velo de mis sueños.